Todo el mundo tiene derecho a intentar ganarse honestamente la vida como pueda, incluso en la política, pero no resulta muy honesto disfrazar de causa noble de interés colectivo lo que es una estricta batalla entre particulares que se disputan su supervivencia laboral.
En el espectáculo que han ofrecido los partidos de izquierdas, llenándose la boca de proclamas hiperdemocráticas y antifascistas, no hay el mínimo debate sobre el proyecto político que debería llevar a cabo una supuesta candidatura unitaria. De hecho, no tienen gran cosa en común; algunos ni siquiera disimulan su odio mutuo. La razón de tanta guerra es que buena parte de los interlocutores, si no salen elegidos, dado su mediocre currículum, se van al paro. Así que están dispuestos a defender la conquista del pan, que decía Kropotkin, pero de su pan, con uñas y dientes.
Un ejemplo de que la batalla no es por las ideas, sino por las personas, es el acuerdo de Esquerra Republicana con Podemos que Gabriel Rufián ha impuesto a Oriol Junqueras. El partido de Irene Montero no solo se ha posicionado contra la independencia de Catalunya y contra el concierto económico, sino también contra el nuevo sistema de financiación autonómica que ERC pactó con el PSOE. Hace apenas unas semanas, el portavoz de Podemos, Pablo Fernández, se posicionó a favor de una reforma del sistema de financiación autonómica "que esté de acuerdo con las necesidades de todos los territorios y que permita que no haya comunidades autónomas de primera, segunda, tercera y cuarta", añadiendo que lo que habían acordado el PSOE y ERC respondía a "juegos de intereses para complacer a determinados partidos políticos". En su día, Ciudadanos no se habría expresado de forma muy distinta.
¿Por qué ERC ha aceptado las exigencias de Rufián? Porque, a corto plazo, no tenía más remedio. El populismo de Rufián ha sido el único factor que ha mantenido a ERC al alza en las encuestas. Él mismo lo ha dicho, comparándose con el atractivo que tenía el gorila Floquet de Neu en el Zoo de Barcelona.
Cuando obligaron a Rufián a encabezar la candidatura municipal en Santa Coloma de Gramenet, el diputado percibía el rechazo que su estilo generaba en buena parte de la militancia republicana y sospechó que, si nada cambiaba, no duraría mucho como líder parlamentario. Así que optó por iniciar una campaña de promoción personal como referente de las izquierdas españolas que, hay que reconocerlo, ha sido un rotundo éxito mediático. Tanto, que si ahora ERC no hubiera aceptado sus exigencias, el partido no tendría un recambio de la misma potencia electoral e incluso podría encontrárselo como adversario. No hace falta decir que, si ERC hubiera sacrificado a Rufián, el partido habría perdido algunos escaños que todavía le pronostican los sondeos.
No resulta muy honesto disfrazar de causa noble de interés colectivo, como hacen los partidos de las izquierdas, lo que es una estricta batalla entre particulares que se disputan su supervivencia laboral
Así que la dirección de ERC ha tenido que plegarse a la voluntad de su portavoz en el Congreso, que además ha impuesto una purga en el grupo parlamentario, quitándose de encima a diputados como Francesc-Marc Álvaro, con quien las relaciones personales no eran precisamente amistosas. Junqueras, cuando fichó a Álvaro como independiente, pese a que procedía de Convergència, le prometió dos legislaturas y ha intentado cumplir su palabra colocándolo como candidato al Senado, una elección factible, pero no segura.
Pero ahora a quien más molesta Rufián es a Ada Colau, que no ha tardado ni un minuto en atacar ferozmente a su rival. Colau, la misma Colau que le arrebató la alcaldía a ERC con un acuerdo con Manuel Valls, pretendía ocupar en Barcelona el espacio a la izquierda del PSC sin rival alguno. Ha cometido un error de cálculo, porque lo que Rufián no podía hacer era obligar a Junqueras, que sueña con ser president de la Generalitat, a disolver las históricas siglas de ERC en un conglomerado español con los Comuns, Sumar, Podemos, Más Madrid, Izquierda Unida y el sursum corda.
La unidad de las izquierdas la hacen imposible aquellas personas de segunda fila que, con su partido, tendrían alguna posibilidad de ser elegidas y que, con la unidad, deben ceder el puesto a otro partido. Entonces ya no salen elegidas y se van al paro. Para entendernos: Irene Montero puede salir elegida si es la número uno e incluso si ocupaba el número dos en un pacto con Frente Amplio, pero, en ese caso, la persona que con Podemos ocuparía el número dos quedaría relegada por el pacto al número cinco o seis, con el evidente riesgo de no salir elegida. Y la número tres se queda fuera sí o sí. Seguro que estas personas se opondrán a cualquier acuerdo, siguiendo la tesis de Alfonso Guerra: "Mejor perder con los nuestros que ganar con los suyos".
La cosa es distinta más allá de Madrid y Barcelona. Sumar, con Podemos dentro, obtuvo un solo diputado en quince provincias, además de dos en Sevilla y tres en València. Si ahora van juntos quizá repitan el resultado, pero si van por separado, seguro que no. Un diputado es dinero a repartir y varios puestos de trabajo. Aquí el acuerdo no es tan difícil porque la fracción de uno es más que cero.
Mientras dura el espectáculo, los agricultores protestan, los trenes no funcionan, los maestros y los médicos hacen huelga, mucha gente busca una vivienda donde vivir y no la encuentra. Diversos especialistas en ciencia política ya han señalado como una amenaza para la democracia lo que denominan la privatización de la política, convertida en una batalla entre particulares que, alejados de la realidad social, se disputan las migajas que los poderes del Estado distribuyen para mantenerlos dentro del sistema y conseguir que nada cambie.