Se ha celebrado en Barcelona una gala cinematográfica que más bien parecía mi instituto en los años ochenta, con chapitas horteras y reivindicaciones naif de no a la guerra (a una, ¿eh?, no a todas, que solo nos levantamos un poco del muelle asiento de nuestras vidas para criticar aquellas en las que participen los malos, a saber, los de Trump y Netanyahu). Entre discursillos con pose ofendida de muchos de quienes desfilaron vestidos por las firmas de las que luego se dedican a criticar su inhumano trato a los trabajadores en sus talleres de allende los mares, destacó, por su falta de elegancia y oportunidad, el de Sílvia Abril.

La rotunda ganadora en los Premios Goya ha sido la película Los domingos, que, desde el ateísmo de su directora, trata de forma exquisita lo que supone, en su familia y en su entorno social, que una muchacha que aún no ha cumplido la mayoría de edad decida ingresar en un convento de clausura. A Abril, ese acercamiento mesurado y respetuoso de la creencia y de las dudas, le debió de parecer improcedente y desde luego ajeno a su naturaleza, hasta el punto de decir, y cito textual: “Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano”. Por supuesto, nada de preguntarse sobre el porqué de la carencia, y menos de captar cómo en realidad no es una tirada hacia lo cristiano, sino una vuelta al origen, un retorno a casa.

¿Se puede reivindicar la paz y la libertad en Palestina mientras se critica el mensaje filial más grande que se ha emitido desde una religión?

En un acercamiento constitucional a la polémica que han suscitado sus palabras, la libertad de expresión de Abril ganaría cualquier juicio frente a quienes denunciaran una violencia contra los sentimientos religiosos, porque la jurisprudencia ha ido relegando a las violaciones prácticas de los actos de culto un delito que una mayoría social reclama que sea eliminado o al menos minimizado en el Código Penal. Pero esto que escribo no va de eso, sino de militancia cristiana. Yo soy cristiana de crianza, luego atea, y tras el nacimiento de mi primer hijo, de nuevo en sintonía con lo sagrado. Y por eso me provoca una profunda pena pensar que una mujer como ella, que en el ámbito personal ha declarado estar pasando un momento complicado, que espero que acabe pronto, carezca de fe en la trascendencia de su vida y de esperanza en la existencia de razones para cualquier dolor que enfrentamos y de caridad con quienes no piensan como ella. Alguna vez he oído: "Ojalá creyera en Dios; en este momento me haría mucha falta". Sí, solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando la tempestad está a punto de arrasarnos. Pero esa es justamente la mejor prueba de lo que Abril niega, lo que jamás haría uno de los animales por los que hoy muchos sienten más respeto que por sus hermanos creyentes. ¿Se puede reivindicar la paz y la libertad en Palestina mientras se critica el mensaje filial más grande que se ha emitido desde una religión? “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” condensa el sacrificio de la propia vida por los demás y el recordatorio de que somos hijos de un mismo Dios que nos quiere infinitamente. También a Sílvia, por supuesto.