ERC es un partido de cargos sumisos dispuestos a agachar la cabeza siempre que sea necesario para poder seguir en el partido. Oriol Junqueras se ha construido un entorno de gente intelectualmente floja y de moral lánguida para poder ejercer el poder. Son gente sin autoestima —ni personal, ni política—, porque sin principios ni la posibilidad de amarlos, tampoco tienen posibilidad de amarse a sí mismos. O de gesticular para que parezca que lo hacen. Haber vaciado el partido de todo aquel que pueda representar o construir una cierta resistencia ideológica ha convertido a ERC en un partido incapaz de ejercer ningún tipo de resistencia ideológica en la arena política. O quizás sea una premisa que funciona a la inversa: para poder convertir a ERC en un partido ideológicamente ambiguo —siendo generosa— para poder apuntalar a los gobiernos socialistas sin costes, ha sido necesario vaciarlo de cualquier actor político que pudiera, individual o colectivamente, cuestionar las órdenes junqueristas.
Lleno de gente dócil y obediente, ahora la blandura y la obediencia internas les impiden defenderse también desde dentro. Gabriel Rufián hace y deshace en función de lo que sus mismísimos le dicten en cada momento, llenando unas siglas históricas —importantes para el país, más allá de las circunstancias políticas presentes— de lo que le conviene para alcanzar los objetivos que le dicta el ego. Ahora quiere unificar la izquierda española convirtiendo la catalanidad en una cuestión administrativa desprendida de nación, de la historia de las violencias que hemos heredado: desprendida de cualquier rastro de la represión política a la que hemos sido sometidos durante generaciones por el hecho de ser catalanes y que, al mismo tiempo, ha configurado la catalanidad. Esta ha sido la estrategia de la izquierda española desde que existe como izquierda española, y parece que Rufián ha entendido que la forma más efectiva de aglutinarla es hacer el papel de catalán renegado. Duran i Lleida le reiría las gracias.
En ERC no queda nadie con fuerza ni convicciones capaz de pagar el precio de expedientar y expulsar a Rufián
En ERC no queda nadie con fuerza ni convicciones capaz de pagar el precio de expedientarlo y expulsarlo. Parece que tampoco queda nadie capaz de, internamente, hacer trabajar los argumentos que explican por qué decirse independentista y dejarse la piel por unificar la izquierda española son dos trayectorias incompatibles. Y actuar consecuentemente. Los males de ERC, sin embargo, no son males que se puedan hacer extensivos a otros partidos nacionalistas de otras naciones que pertenecen al Estado español, que ya se han desentendido del proyecto asimilador de Rufián. Parece que el de Santa Coloma confunde los elogios en X, que lo erigen en verdadera oposición a Santiago Abascal, con sus posibilidades reales de aglutinar y hacer funcionar un proyecto político que, en realidad, para lo único para lo que es funcional es para borrar a la nación del mapa. Rufián toma decisiones basándose en una caja de resonancia en la que el elogio se le vuelve tan venenoso como la crítica que se quita de encima murmurando: “ah, convergentes”.
Históricamente, en términos de discurso, el propósito de la izquierda española siempre ha sido desordenar las prioridades de los catalanes, desdibujar su sistema de opresiones, incompatibilizar el eje social con el eje nacional, subalternizar la catalanidad, enaltecer la condición de trabajador hasta convertirla en el único condicionante del voto y, así, hacer pasar su nacionalismo enmascarado y etnocéntrico por discurso de clase. Gabriel Rufián abraza desemmascaradamente este marco homogeneizador —y, por lo tanto, catalanófobo— sin oposición porque, desde el diecisiete, ERC se ha dedicado a sobrevivir renunciando a cualquier capacidad de defenderse. Si la idea es enmascarar unos malos resultados fusionándose en una candidatura españolista, el giro de ERC sería bastante más irreversible que las consecuencias de librarse de Rufián. Pero parece que Junqueras funciona con una lógica —electoral, política, ideológica— que cuesta leer, y ahora que no quiere pagar el pato de tomar ninguna decisión que lo defina ni que trace los límites de ERC, va pensando que mañana será otro día. Quizás la pregunta que debe hacerse Oriol Junqueras sea qué tipo de día será, y qué importancia da a las siglas de ERC.
