Antoni Puigverd se preguntaba ayer, en un artículo de un lirismo melancólico y funerario, si en los últimos 40 años hemos estado a la altura del esfuerzo que Pompeu Fabra hizo para dar categoría al catalán. Aunque el miércoles hacía 150 años del nacimiento del maestro ordenador, últimamente detecto en la prensa una preocupación por la salud de nuestro idioma bastante hipócrita y extraña.

Con el masoquismo habitual, Puigverd recordaba que Fabra es el único catalán moderno que ha conseguido hacer llegar a buen puerto un proyecto de país. Josep Pla dice lo mismo en el Homenot que le dedicó en plena dictadura. La diferencia es que Puigverd podría haber escrito, sin miedo de hacerse daño, que este honor costó a Fabra morir en el exilio más pobre que una rata. En cambio, se recrea en la miseria sin poner luz al contexto.

Me parece que la manía de los diarios para volver a sobar la lengua del país tiene que ver con la necesidad de reciclar fantasmas que ayuden a justificar el retroceso de los políticos independentistas. Los ataques de Madrid a la inmersión parecen destinados a dar respiración artificial a los discursos que defienden la recuperación desesperada del autogobierno. El autonomismo nació para explotar el miedo de los catalanes a la extinción y, desde que se desvaneció este temor, se ha ido quedando sin espacio político.

Cuando se recuperó la Generalitat, la cultura del país salía de una época durísima, pero la situación de 1980 no se parece nada a la de hoy y da poco margen al chantaje. Catalunya ya no vive cerrada dentro de sus fronteras. Internet te permite relacionarte con el mundo directamente. Aunque Puigverd y otros intelectuales lo disimulen, la salud del catalán ya ni siquiera se juega en las escuelas, que han perdido el monopolio de la enseñanza y de la formación del individuo.

Antes de lamentarse de que el país no haya estado a la altura de los esfuerzos fabrianos, Puigverd tendría que preguntarse si no es propio de un hombre que lo ha cedido todo visitar un cementerio para defender la lengua en la que habla. Quizás no hemos insistido lo suficiente en una cosa. Lo que estuvo a punto de matar el idioma del país fue, sobre todo, el terror que la guerra y la represión pusieron en el cuerpo de sus hablantes, más que no las prohibiciones y las olas migratorias.

Las lenguas se alimentan de la vida de sus usuarios. Si la vida es pequeña, los pensamientos también se vuelven pequeños, y el imaginario de la lengua se va encogiendo y va perdiendo texturas genuinas. Una lengua de esclavos o de hombres reprimidos es una lengua en peligro. Es aquello que decía Pompeyo Gener cuándo aseguraba que el catalán estaba más vivo que el español porque tenía más formas de decir matar, robar y secuestrar, y porque "en Catalunya todo el mundo lleva a un rey dentro".

Los españoles siempre atacarán el catalán. No sólo porque saben que un idioma es un mercado. También porque saben que conecta el país con la edad media. Catalunya es el catalán porque el catalán relaciona a sus hablantes con el recuerdo de un imaginario más antiguo y más próximo que el español, que hace de Barcelona una capital capaz de competir con Madrid a nivel geopolítico.

Guste más o menos, la fuerza del independentismo es la consecuencia natural de la normalización de la lengua del país y, por lo tanto, también es culpa de Fabra, como los franquistas adivinaron muy bien. No sé si Puigverd tiene noticia que el gramático murió convencido de que la única solución de Catalunya era la lucha armada contra España, según explica Joan Sales en una carta a Joan Corominas.

Cuanto más vivo esté el catalán, más cerca estaremos de la independencia. Y cuanto más libres seamos, más lo revitalizaremos. No digo nada que no escribiera Joan Maragall hace más un siglo. Me parece que quedó en un cajón, prohibido por la censura española.

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