1. Cuando faltan dos meses para que se cumplan tres años del referéndum del 1 de octubre, el independentismo encara la estación siguiente con el reto de repensar el proyecto para después de la independencia sin haber podido hacer la independencia. Nada más lejos de la voluntad del articulista de marear el lector con juegos de palabras pero me da la impresión que, más o menos, esta es la paradoja: como hacer la independencia sin independencia (hoy por hoy). El independentismo saldrá adelante, a la corta o a la larga, si, desde ya, es capaz de hacer creíble el país independiente desde la (buena) gobernación del día a día. Y con independencia que Catalunya siga siendo, a la fuerza -mientras no se convoque un referéndum aceptado por todas las partes-, una autonomía en el destartalado estado de España. Difícil, cierto. Pero no imposible.

Toda la discusión sobre si una Catalunya independiente habría gestionado mejor o no la pandemia se habría acabado si la Catalunya actual hubiera podido responder en mejores condiciones, tanto materiales como de gobierno, es decir, con más recursos y con una mejor gobernanza, a los estragos de la Covid-19, que la han metido en la zona roja del mapa europeo de la pandemia. Ya me dispensaréis la analogía, pero si el actual Govern y el departamento de Salut y algunos otros actores hubieran actuado ante la emergencia sanitaria como lo hizo el Govern y el departamento de Interior y los Mossos d'Esquadra después de los atentados yihadistas del 17-A -ahora hará también tres años-, la pregunta sobre la independencia y la gestión de la pandemia provocaría la mitad o menos de los silencios, la indignación, la socarronería o la burla descarnada que provoca y no sólo entre los no independentistas.

La prueba es que los errores cometidos en la fase de nueva normalidad o reanudación, especialmente el descontrol de los rebrotes en el área de Lleida y en Barcelona y las contradicciones discursivas en la dicotomía seguridad sanitaria/economía -no se puede decretar un confinamiento encubierto y al mismo tiempo llamar a los turistas a llenar los aviones-, han servido para dar munición a los que sostienen que menos mal que el gobierno de Pedro Sánchez centralizó el control de la pandemia porque el desastre ha venido cuando lo han gestionado las autonomías. Muy pronto olvidan, estas voces interesadas, que ha sido bajo el mando único español cuando más muertes ha producido el coronavirus y no en la actual etapa de control autonómico. Un control delegado que, en realidad -como casi todo, en España- ha quedado en manos de los jueces, que son quienes, además de suspender el tercer grado a los presos políticos, también determinan si los gobiernos autonómicos, como el de Quim Torra, pueden decidir o no cerrar los bares o aplicar el confinamiento perimetral de un barrio o un municipio. España se ha convertido en una monarquía togada, que es la mejor garantía para que la justicia vaya por barrios y el rey emérito mantenga la sonrisa inviolable.

España se ha convertido en una monarquía togada, que es la mejor garantía para que la justicia vaya por barrios y el emérito mantenga la sonrisa inviolable

No, ciertamente, la España aporellista no se podía permitir que Catalunya fuera la Nueva Zelanda o la Finlandia ibérica en materia de éxitos en la gestión de la pandemia. Pero el independentismo, si quiere ser creíble no como utopía disponible sino como realidad productiva, tampoco se puede permitir que con o sin independencia la pandemia se desborde en Catalunya como lo ha hecho en Italia o Francia. El próximo embate, el Gran Rebrote, todavía no descartado, no tendría que coger al gobierno de Catalunya con el pie cambiado y, en septiembre, el retorno a las escuelas tendría que ser una ventana de oportunidad para hacer las cosas bien, y no la amenaza de una nueva pesadilla como todavía ahora lo es, a pesar de las garantías que se ha esforzado en dar el Govern.

2. Los datos de la última encuesta del CEO dibujan un práctico empate entre ERC y Junts per Catalunya si ahora se celebraran nuevas elecciones al Parlament. La tendencia es que ERC, a la cual otros sondeos otorgaban una victoria cómoda, recula, mientras JxCat, que quedaba bastante atrás, recorta distancias y atrapa a su socio y rival. ERC puede perder de nuevo, JxCat puede volver a ganar, pero la victoria del uno o del otro dependería de 1 o 2 escaños, como sucedió el 21-D a favor de los de Carles Puigdemont, con 34 escaños contra pronóstico, por 32 de los de Oriol Junqueras. ¿Todo igual, pues?

ERC estaría pagando las fantas, como se dice ahora, de su colaboración gratis total con Pedro Sánchez -la famosa mesa de diálogo- y, en paralelo a la clamorosa falta de resultados, el endurecimiento de la represión -anulación de los terceros grados y los permisos a los presos políticos con argumentos antidemocráticos como el de la reeducación política- mientras el presidente del Gobierno se lava las manos y Marchena y los fiscales del Tribunal Supremo bailan. El escenario ultrarepresivo y la inacción de Sánchez e Iglesias – "la izquierda cobarde" contra la que clama Rufián en el desierto del Congreso de los Diputados- reforzarían, en cambio, el discurso anti-rendición de JxCat. Además, Junts rentabilizaría el relanzamiento de la figura de Puigdemont como más que probable candidato con un partido finalmente a medida, lejos del espectro de Convergència-PDeCat. Pero la pregunta es: ¿qué gana el independentismo -y no digo ya Catalunya- con el enfrentamiento cainita entre ERC y JxCat?

La pelea permanente entre JxCat y ERC, ERC y JxCat, servirá para determinar quién queda primero pero puede ser, de nuevo, una victoria interna pírrica para el independentismo

Una cosa es ir cada uno por su cuenta a las elecciones y la otra apuñalarse por las esquinas. La sempiterna lucha entre las dos fuerzas independentistas centrales que Puigdemont y Junqueras intentan relativizar en público -en privado, coinciden fuentes próximas al uno y al otro en que poca cosa ha cambiado- se traduce en un empate en las urnas que no amplía electoralmente ni la base ni el perímetro ni el carril central del independentismo. La pelea permanente entre JxCat y ERC, ERC y JxCat, servirá para determinar quién queda primero pero puede ser, de nuevo, una victoria interna pírrica para el independentismo que en ningún caso justifica tres de años de discordia y enfrentamiento con prisión y exilio por el medio. Como mucho, disminuye la fuerza real del grueso del independentismo, que, sin una estrategia compartida, se vería en el trance de pactar de nuevo un gobierno con fórceps para dedicarse a la mera gestión de un gris día a día que las incógnitas asociadas a la evolución de la pandemia convierten en un escenario tan desconocido como pavoroso.

3. El coronavirus ha devaluado los cuerpos a precios del siglo XIX después de dos décadas de empoderamiento global en múltiples revoluciones: primaveras árabes, 15-M, revueltas de las mujeres, de los feminismos y las identidades (trans)género, de los negros, de los jóvenes milenials, el procés.... España ha entrado en recesión: el coronavirus ha fabricado 1 millón de parados y ha hecho caer al 20,1% el PIB catalán... Una nueva vuelta de tuerca en la precarización de las clases medias se añade a la extraña nueva cotidianeidad de millones de trabajadores invisibilizados en el teletrabajo malentendido mientras la falta de seguridad sanitaria -¡la seguridad es la base del funcionamiento de la economía liberal!, como demostró Foucault en su estudio de la biopolítica-, el riesgo latente de contagio y muerte nos obliga a vivir, enmascarados, en estado de vigilancia perpetua.

El coronavirus tampoco ha conseguido bajar el "suflé" independentista pero lo ha enfriado por la vía de la desmovilización y la desaparición forzosa de los cuerpos en la calle

La mascarilla -necesaria- nos borra y altera nuestra relación cotidiana con los otros. Suspendemos las vacaciones. Las celebraciones familiares. Los abrazos. La distancia social se impone. La despolitización por la vía del terror biológico, vírico, por el miedo, es un hecho: somos un poco más robots sin dejar de ser consumidores con deseos, el motor y la garantía de continuidad del sistema. El sueño de Donald Trump -aplazar las elecciones presidenciales- se hace realidad en el Hong Kong sometido a Pekín. En las recientes elecciones gallegas y vascas se suspendió el derecho a voto a electores contagiados. Por primera vez desde el 2012 no habrá Diada con manifestación del millón de personas o más. Se anuncia una Diada dura, de manifestaciones delante de todos los edificios de la administración del Estado pero ya veremos si transversal y multitudinaria. El coronavirus, como los fiscales del Supremo, tampoco ha conseguido bajar el "suflé" independentista pero, sin duda, lo ha enfriado por la vía del alejamiento social, de la desmovilización y la desaparición forzosa de los cuerpos en la calle por razones sanitarias. Por aquí, el independentismo también pierde fuerza.

El independentismo sin independencia tendrá que incorporar en su agenda de los próximos meses y años el factor Covid-19. Estamos en medio de lo que se puede convertir en una crisis civilizatoria que obliga a todo el mundo a repensar dónde estamos. La única certeza es que casi nada volverá a ser como era. Ergo también la independencia tendrá que ser repensada como horizonte de posibilidad en el día a día de la gente si quiere mantener su potencial de cambio.

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