Temía este día. El día en el que saliera el "Joc de cartes" dedicado a un restaurante que no te puedes perder en Barcelona y que, en un principio, tenía que ser un gastronómico de barrio. Ya cuando lo estaba grabando me quedó un mal sabor de boca. Era la segunda vez que participaba, pero fue mucho peor que la primera, al menos en lo que se ve. Y no porque la primera vez ganara y esta vez no, sino porque la primera estaba en un momento complicadísimo, estresante y doloroso de mi vida, e igualmente lo di todo. Desde fuera puede parecer fácil. En aquella primera ocasión, iba con Xavier Pellicer, el rey de las verduras, y el programa era un homenaje a su trayectoria. Sí, soy competitiva y a nadie le gusta perder. Pero en esta segunda ocasión, se nota por mi tono que había otras cosas detrás que no se ven en el objetivo. Será la perimenopausia o que tengo los ovarios llenos, pero ya no soy esa mujer complaciente que ríe todas las gracias. Podría contar que esta competición empieza mucho antes de que se haga el programa, para elegir compañeros o temas, pero —al menos yo— con el pan de la gente no juego.

El cocinero Carles Gaig se merece todos los dieces. Tiene la edad de mi padre, y me emociona por su vitalidad, su maestría, su alegría de vivir, su sabiduría y su amor profundo y real a la cocina catalana. Mi amistad con su familia, con sus hijas, con la estupenda dueña Fina Navarro y con el gran y dulce cocinero Josep Armenteros tiene muchos años de crianza y no hay pantalla que la pueda destruir. Sus macarrones del cardenal me hacen llorar, porque son los únicos que se parecen a los que me hacía mi abuela. Pero hay que recordar que lo que se ve en la tele es elegido entre mil momentos y es editado para que haya goles en propia puerta. Marta, has quedado más retratada tú que yo, que reconozco sin pudor que voy de diva. Podría decir que siempre queda peor el que critica que el criticado. El vencedor sentimental fue mi buen amigo David Seijas, con un discurso sincero, que supo jugar las cartas para caer bien a todo el mundo, pues su historia vital lo merece. Estoy muy orgullosa de él porque sé lo que le ha costado dejar de beber y seguir trabajando en el mundo del vino.

Mi amor por la comunicación del vino siempre será más grande que la rabia que da que se metan con tu talante

Este "Joc de cartes" ha sido, sin duda, el mejor programa de la temporada, ya que los restaurantes tenían mucho nivel. Pero en vez de jugarlo todo al comodín aliñado del crujiente de una ensalada, se habría podido alabar que un restaurante con tanto prestigio internacional como el Nobu —con presencia en cincuenta países, con un chef maestro de chefs, como es Nobu Matsuhisa y socio de Robert De Niro— abriera sus puertas a las cámaras del programa. Las vistas a la ciudad del Hotel Nobu son increíbles e, incluso, el espacio quedó disminuido. La crítica se centró más en mi ego —un recurso muy fácil— que en el restaurante. Al ser el primero en concursar, pareció muy caro; en cambio, al final veías que estaba en línea con los demás. Lo elegí por muchas cosas, pero la principal es que soy asesora vinícola de restaurantes gastronómicos y hoteles de lujo internacionales, y te aseguro que la repercusión, el trabajo y el prestigio internacional que tiene el Nobu en todas partes son únicos, excepcionales y envidiables. Precisamente, el que siempre destaca es el que se tiene más ganas de rebajar. Lo que me impresionó más la primera vez que fui es el savoir faire de la sala, a cargo de un inteligentísimo y preparadísimo Albert Regàs. Joven y muy profesional, con una gran experiencia en Japón. Es muy difícil gestionar una sala tan grande y exigente, con un servicio tan cuidado de temperaturas, de timings, de ambiente, de maridajes descontextualizados utilizando vinos de km 0 para combinar con una cocina procedente de tan lejos. Gracias, Albert, al chef Rafa Peró y a todo el equipo por apostar por mi profesionalidad, y perdón porque no se haya estado a la altura de vuestra elegancia. Hay gente que es poco agradecida en el mundo, y el Nobu, que está siempre lleno, ha sido muy generoso al participar. Es sabido que son muchos los restaurantes que no quieren ir al programa y se entiende perfectamente. Lo que hizo inclinarme, sobre todo, en mi elección es que me hizo mucha gracia que Albert fuera el nieto de Oriol Regàs, creador de la discoteca Bocaccio, del restaurante Via Veneto o del mítico Up & Down, entre tantas cosas. Mi abuelo también era un personaje potente en la ciudad, no por los vinos, sino por la vía materna, más transversal. Mi abuelo era Vicenç Febrer, el "Lleó de Sants", de la misma calle Vallespir: lucha libre, vender bicicletas, política, mediático… de quien he sacado este carácter tan excéntrico, ¡del que no me avergüenzo!

El titular era influencers versus sumillers. Este es uno de los últimos capítulos de Marc Ribas como presentador, que será sustituido por Arnau París. Tras haber realizado un casting exhaustivo, entre cuyos candidatos también estaba una servidora, era lógico y orgánico que fuera Arnau. Un regalo envenenado, porque quien gana pierde en tranquilidad. Pija, engreída, prepotente… nada que no me hayan dicho antes en las redes. Como siempre, di carnaza a mis haters. “Sants is the new Soho”, decía mi camiseta de Òscar León. Mientras tanto, sigo experimentando con la parte líquida para acompañar un shiitake bien crujiente. Porque mi amor por la comunicación del vino siempre será mayor que la rabia que da que se metan con tu talante.