La situación que describiré no tiene nada de anecdótica, porque tiene que ver con la manera en que los propios políticos catalanes, cuando destruyen la filosofía, fomentan la antipolítica y después se quejan. 4 de noviembre de 2025, 10 de la mañana, Parlament de Catalunya. Los representantes de la plataforma Docents de Filosofia comparecen ante la Comisión de Educación formada por todos los partidos políticos del arco parlamentario. Estamos inquietos, pero el objetivo es “claro y distinto”: reivindicar la filosofía y su estudio en Catalunya, que tiene de lejos la peor dotación horaria de todo, todo, el Estado español. De esta indigencia de pensamiento ya hace años, como mínimo 25, porque recuerdo muy bien estar embarazada y ya presentaba las mismas quejas y las mismas alegaciones a los parlamentarios de entonces, insistiendo en que nos estábamos jugando que mi hijo, y todos los hijos e hijas, en el futuro aprendieran a filosofar, es decir, a pensar. Como podéis imaginar, en aquel momento no me salió bien. Pero ahora los tiempos son otros y, bien mirado, quizás nuestra comparecencia ya no haría falta, porque hoy es un tópico pedagógico compartido por la mayor parte de la opinión pública, políticos incluidos, considerar que el pensamiento crítico que la filosofía promueve a raudales es más necesario que nunca para la formación de una ciudadanía responsable y para la supervivencia de la maltrecha democracia que estos mismos políticos dicen defender. Santa ingenuidad… Sí que hay que estar de nuevo aquí, porque una cosa es lo que los políticos dicen y otra muy diferente lo que hacen (¡o no hacen)!
Desde el año 1995, y especialmente en Catalunya, lo que han hecho los partidos políticos de todos los colores ha sido recortar drásticamente —eliminando más de la mitad— las horas de docencia destinadas al pensamiento y la filosofía en la ESO y el bachillerato, aquellas etapas educativas, precisamente, en las que es más necesaria la formación crítica de la juventud para que puedan afrontar los tiempos convulsos que les caen encima en el siglo XXI (crisis económicas y políticas, pandemias y confinamientos, catástrofes ecológicas, amenazas de guerras, fake news y mentiras en las redes sociales…). Mirad, si no, cómo ahora todas las estadísticas se asustan al constatar que los chicos de 16 a 24 años (porque suelen ser ellos, pero esto es otro tema) se inclinan por votar a partidos de extrema derecha, fascinados por la retórica machista y autoritaria de individuos patrios tan impresentables como Abascal, Alvise o Ayuso y Orriols, que les dan el consuelo de recetas fáciles y engañosas. ¡Ahora corramos todas a apagar el fuego!
¿“Desgaste”?, ¿“inseguridad”?, ¿“desafección”? No se me ocurren términos más exactos para describir la situación que vive la educación pública catalana, el profesorado en general, que se deja la piel cada día, y el de Filosofía en particular
Volvamos a la comparecencia del Parlament, porque los discursos políticos siempre van en otra dirección. Sin entrar en tecnicismos que tanto aburren a todo el mundo pero que tanto gustan a los burócratas del Departament d'Educació, cuando la citada plataforma Docents de Filosofia, que ha trabajado incansablemente meses y años, plantea sus sensatas alegaciones al Decreto 171/2022 que nos tiene hasta el gorro, de golpe nos ilusionamos, parece que hemos llegado al “momento ¡eureka!”. Y es que cuando las compañeras comentan que es tan sencillo como distribuir las tres horas de una materia optativa cualquiera de 1.º de bachillerato —de aquellas en las que solo se pierde el tiempo y que los propios alumnos califican de “marías”— entre Catalán, Castellano y Filosofía, que pretenden enseñar a leer, escribir y pensar con dos paupérrimas horas a la semana, entonces los ojitos de los parlamentarios parece que se iluminan (esto del castellano les debe de gustar porque va en la línea de las imposiciones del TSJC) y nos dan la razón, con contundencia, con convencimiento. Anna Erra de Junts, Mar Besses de ERC, Cristian Escribano del PP, Jéssica Albiach de los Comuns, Pilar Castillejo de la CUP, David González del PSC (!) y Manuel Jesús Acosta de VOX, se abrazan a la causa noble de reivindicar el pensamiento, ¡eureka! Después de 25 años, esta vez sí, efusivos apretones de manos, se aprueba la resolución parlamentaria con el consenso de TODOS los partidos del Parlament. Un momento, ¿todos? No, el PSC, que ahora gobierna la Conselleria de la Sra. Niubó, no se opone pero de momento se abstiene, porque tienen que estudiar la viabilidad legislativa de la propuesta, ¡mal presagio! Sabemos qué significa.
Efectivamente, antes de las fiestas de Navidad nos llega la respuesta del Departament d'Educació socialista a modo de regalo, y nos dice literalmente que hay que “evitar modificaciones estructurales que provoquen el desgaste en el profesorado y los centros educativos, inseguridad normativa y desafección dentro de la comunidad educativa”. Queda desestimada nuestra propuesta, con argumentos que apelan a la legalidad y a la complejidad administrativa de la cosa (¡que obviamente nosotros no entenderíamos!). El Christmas es de un cinismo tan descarnado que desarma (¡la era Trump llega deprisa al Departamento!): “¿desgaste”?, “¿inseguridad”?, “¿desafección”? No se me ocurren términos más exactos para describir la situación que vive la educación pública catalana, el profesorado en general, que se deja la piel cada día, y el de Filosofía en particular. La Conselleria d'Educació catalana es como un Leviatán burocrático que solo respeta la letra de la ley mientras desconoce su espíritu porque no sabe para quién trabaja. Educar es un trabajo frágil que se dirige a las generaciones futuras, a las que tiene la responsabilidad de enseñar y ayudar a orientar en el mundo, inculcándoles valores que querríamos democráticos. Y si no lo ha entendido todavía, quizás sea porque después de tantas reformas educativas y trabajar por las condenadas competencias, los políticos que han de legislar han caído ellos mismos en su grado más elevado de incompetencia, ¡paradojas de no saber qué hacen! Si es el caso, que lo es, hay magníficas reflexiones que se lo explican, como el último libro de la experimentada filósofa Concha Fernández Martorell, Teoria poética del aprendizaje, que les invito a leer y consultar con urgencia. Encontrarán buenas ideas.
También puede pasar que se trate de mala fe y que quieran perpetrar el “crimen perfecto” contra la ciudadanía a través de la filosofía. Sospechamos un poco. ¿Y si resultara que los políticos catalanes, desde hace muchos años, solo quieren disponer de personas ignorantes incapaces de pensar, dóciles y manipulables al por mayor? Si es el caso, que también lo es, les recomiendo la lectura de Les Tietes, mujeres entendidas e irónicas que en este medio digital han levantado la misma sospecha y han denunciado este maquiavelismo perpetrado a conciencia por los últimos consellers y conselleres de Educació. Porque está claro que esta actuación de los políticos de la Conselleria es la mejor manera de dinamitar la democracia desde dentro, de hacer olvidar los valores de igualdad, tolerancia, libertad, solidaridad…, la manera más eficaz de promover la antipolítica, y después se quejan.
También ayuda bastante que los consensos a los que llegan en el Parlament sean solo papel mojado; que aquello que el legislativo resuelve y promete en comisión parlamentaria, el ejecutivo se lo pase por el forro con excusas administrativas incomprensibles y cargadas de mala fe, y esto una legislatura tras otra. Y me pregunto: ¿de qué sirven las comisiones, las comparecencias y los acuerdos unánimes si después “alguien”, amparado por la burocracia intocable, puede boicotear su ejecución? ¿Qué legitimidad tienen estos parlamentarios cuyo trabajo consiste en darnos la razón (que la tenemos) y estrecharnos las manos, a sabiendas de que después no sirve para nada? Todo ello representa un teatro un tanto demasiado cínico, y darse cuenta de ello da mucha vergüenza; lo diré en inglés, que queda mejor: “Shame on you!”. Haberlo revivido 25 años después desacredita mucho su profesión, estropea su autoridad y fomenta la antipolítica. Después de cometer de nuevo el “crimen perfecto”, que no se quejen.
