Discutamos noblemente nuestros problemas y nuestras posibles soluciones, pero "no caigamos nunca en la denigración sistemática de las personas". Quien pronunció esta frase, Cassià Maria Just i Riba (1926-2008), abad de Montserrat entre 1966 y 1989, es una de las figuras eclesiales de más peso en Catalunya. Tanto, que la Generalitat ha instituido este 2026 como el Año Cassià, no solo por su relevancia religiosa, sino por su influencia en el ámbito cultural y social. En una célebre entrevista en RTVE con Montserrat Roig, el día 13 de abril de 1978, el abad le confesó su respeto e incluso miedo a la muerte, a la que tildaba de "muy dura". Él murió —ella también—, pero el espíritu Cassià no se ha evaporado. Nació el 22 de agosto de hace cien años en Barcelona. Formado en el Ateneu Igualadí de la Classe Obrera, y tras una sólida formación montserratina, estudió en Roma y en París. Sus años al frente de la comunidad benedictina de Montserrat fueron fructíferos. En vida, en 1991, creó la Fundació Cassià Just para la integración de personas marginadas social y laboralmente.
Con un perfil claramente definido por la espiritualidad benedictina, vivía a fondo el espíritu del ora et labora, exhibía con sencillez una alta pulcritud musical, gozaba de solidez intelectual, y lo caracterizaba una sobriedad en las formas y en el fondo, además de una clara devoción mariana. También era hospitalario y acogedor, como buen seguidor de la regla de san Benito, y no se le caían los anillos por tratarse con gente de mentalidad opuesta a la suya. Con una defensa firmísima de la lengua y la cultura catalanas, no dudó en alzar la voz cuando era necesario ni en expresar su malestar ante cualquier injusticia. La autoridad moral se impuso al poder establecido en el monasterio gracias a su magisterio firme y a su batuta. Así, Montserrat se convirtió en un verdadero bastión de la resistencia y de la disidencia antifranquista. El cristianismo que se destilaba, se rezaba y se cantaba en Montserrat no podía coincidir con el régimen.
Cassià Maria Just no fue un abad de despacho; fue una voz que no tembló a la hora de reclamar la amnistía para los presos políticos ante el mismísimo jefe del Estado, rompiendo el silencio que muchos otros preferían mantener por miedo a represalias. Si tenía que disgustar a alguien para seguir su conciencia, lo hacía.
El abad Cassià conjugaba fe y país, liturgia y compromiso social, amor por la lengua y universalidad, cuidado por el patrimonio y apertura mental
Su legado va más allá de la resistencia: encarnó el catolicismo catalán postconciliar con la radicalidad de quien cree, de verdad, en una Iglesia abierta, incómoda y, sobre todo, imbricada en la realidad social del país. Su fe no era complaciente ni de salón. Esta mentalidad progresista no le granjeó amigos en la jerarquía eclesiástica —de la cual fue una voz crítica, a menudo la voz que clamaba en el desierto—, pero le garantizó la coherencia que lo llevó a defender los derechos humanos desde un cristianismo que entendía la dignidad humana por encima de cualquier dogma inmovilista. Consideraba a la jerarquía "encorsetada" en cuestiones sensibles como la eutanasia, la homosexualidad o el aborto.
El abad Cassià conjugaba fe y país, liturgia y compromiso social, amor por la lengua y universalidad, cuidado por el patrimonio y apertura mental. Astuto y culto, era plenamente consciente de que su papel como abad de Montserrat trascendía y no se quedaba en la montaña sagrada. Él no vivió con ningún corsé que le apretara las convicciones.
