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Domingo pasado por la tarde. Un bar amplio, con mucha gente. Inevitablemente, empezamos a comentar la final del Mundial, España-Argentina, que se juega dentro de pocas horas. En las mesas de alrededor, algunas parejas y familias. Unas hablan en catalán entre ellas y otras en castellano. Casi todos llevan puesta la camiseta de la selección española, muchos la blanca. También una niña de tres o cuatro años, con la cabeza coronada de rizos, que corre entre la gente. Mis interlocutores son gente formada: profesionales liberales, empleados de banca, etcétera. También gente que se siente catalana y, la mayor parte, soberanistas o independentistas. Alguien suelta la pregunta fatídica: Y vosotros, ¿queréis que gane España o Argentina? Todos menos uno están a favor de España. A pesar de Messi, como puntualiza un amigo abogado. Algunos se sienten poco o muy culpables y alegan, por ejemplo, que hay ocho jugadores del Barça y nueve catalanes en la selección. Afortunadamente, durante la conversación, a nadie se le ocurre soltar esa imbecilidad según la cual "no hay que confundir el fútbol con la política" o esa otra que sentencia que "solo es fútbol".

Pienso en el nacionalismo banal de Michael Billig. En lo superficial y a la vez poderosa que es su acción. Especialmente si se produce a través de la emocionalidad y el espectáculo, que tan bien condensa el fútbol. Y si se mezcla la euforia resultante de la sensación psicológica de fundirse con la masa. Nosotros en la multitud, la multitud en nosotros. Los goles, las victorias y la rivalidad regalan unas grandiosas alas a esta euforia. Quien dispone de un Estado y de su panoplia de resortes controla este tipo de capital simbólico, como diría el sociólogo Pierre Bourdieu, un capital que le permite ganar la batalla, el envite, e imponer un imaginario determinado. Para forzar, para condicionar nuestra mente.

El entretenimiento, la distracción, como instrumento para impedir el pensamiento crítico, para limitar la libertad. Otra vez tenemos que dar la razón a Huxley y a su Un mundo feliz. La dominación no se ejerce por medio de la vigilancia, la represión o la fuerza. No es como en 1984, de Orwell. Tiene lugar de un modo mucho más sutil, más penetrante, perfectamente camuflada en algo que parece simple entretenimiento. El nacionalismo banal no es un golpe de martillo o una dentellada de cincel. Actúa como el agua que envuelve y abraza la piedra en el lecho del río, y le va dando forma de una manera constante, acariciadora, indolora. Pero, al fin y al cabo, eficaz.

Es realmente preocupante, desde el punto de vista de los que creemos que Catalunya es una nación, la facilidad con la que muchas personas catalanistas han celebrado las victorias de la Roja

No es verdad que el nacionalismo banal —aquello que hace que se normalice una determinada filiación colectiva— por sí solo forje la identidad. No es verdad que los efectos del nacionalismo banal sean inapelables y definitivos. Las cosas no son tan simples. La gente, todo el mundo, es más inteligente. Y reinterpreta, elabora, redimensiona, distingue. Los efectos del nacionalismo banal pueden irse con la misma facilidad con la que llegan, pero dejan, eso sí, un poso. No son una condena definitiva, pero tampoco son inocuos.

Es realmente preocupante, desde el punto de vista de los que creemos que Catalunya es una nación, la facilidad con la que muchas personas catalanistas han celebrado las victorias de la Roja. Con el fútbol y los goles, y prácticamente sin que se dieran cuenta, les han suministrado, como si fuera lo más natural del mundo, grandes dosis de Felipe VI, de Pedro Sánchez, de la bandera, del himno y, en definitiva, de España. Que el conseller de la Presidència de la Generalitat, Albert Dalmau, decidiera retratarse en X (Twitter) celebrando la victoria española luciendo, encantado de haberse conocido, un brazalete con la rojigualda —de aquellos que no hace tanto solo se ponían los fachas—, nos habla con suficiente elocuencia de todo este asunto.

Catalunya tiene poca capacidad para ejercer el nacionalismo banal y el poder simbólico. Catalunya no tiene un Estado propio y no se lo dejan tener. Catalunya no tiene una selección de fútbol y tampoco se la dejan tener. A algo similar se refería Vázquez Montalbán cuando afirmaba que el Barça es el ejército desarmado de Catalunya. Pero yo diría que hay algo más. Lo que hemos vivido estos días con la Roja es la consecuencia y un síntoma que refleja, que hace de espejo de la Catalunya de hoy. Una Catalunya atascada en un bache muy profundo en términos nacionales, de identidad, de cultura y de lengua, aunque no solamente. Una Catalunya en un momento de cambio de rasante histórico, que tiene por delante unos años trascendentes.

Las pantallas de televisión montadas por un puñado de ayuntamientos y las multitudes entusiasmadas que se congregaban frente a ellas nos pueden irritar, nos pueden molestar y preocupar, pero no debemos quedarnos boquiabiertos, fijándonos exclusivamente en el dedo. No nos podemos quedar en el síntoma y perder de vista el conjunto, los grandes desafíos que en este momento histórico tenemos por delante. Y el conjunto es oscuro y los desafíos, muy amenazadores. Esto es lo que es realmente importante. Y va mucho más allá y es mucho más serio que la celebración de un Mundial.