President, le he oído decir a Miquel Buch, este pobre chico que parecía conseller y reventó los ojos a nuestra juventud, que no tienes escolta en Waterloo. Y me ha sabido muy mal, porque a pesar de nuestras desavenencias, que no son menores, en casa siempre hemos querido que nuestro molthonorable vaya escoltado de dos hombres con una musculatura grecorromana y una mirada fulminante como la de una madre a la que ya le hemos agotado el contador de las mentiras. Y hablando de trolas, president, yo estoy honestamente dispuesto a perdonártelas todas, empezando por el 1-O (¿te acuerdas como, justo medio liberada la tribu, decidiste irte a comer con los amigos?), siguiendo por la declaración de independencia de pocos segundos y la mediación internacional inexistente, y también aquello que dijiste que si te votábamos, volverías, y no continúo con la retahíla porque es larga, fatigosa, y la conoces de sobra.

Yo me ofrezco a firmar la paz, president, a hacer las maletas y venir hacia este país tan poco interesante en el que estás, sin ningún tipo de salobre y lleno de burócratas, y rematar el viaje con una cena épica. Si lo quieres, Carles, porque así te llamaba cuando relajábamos el protocolo, te puedo volver a llevar unos cuantos libros que te alivien la presidencial tarea (todavía debes guardar aquella recopilación de artículos de mi Sagarra, de quien te recomendé abrazar el sentido mediterráneo de la ironía, y aquel volumen de El Príncipe, que te incomodaba porque todavía persistías en exhibir ingenuidad, cosa de mal político), y así podemos pasear por los bosques de Waterloo como dos hombres libres y con la conciencia medio tranquila, que es como la tenemos todos los bípedos con un poco de grandeza y con una vida que tenga más de cinco minutos de interés.

¿No dices que eres un hombre libre, Carles? Pues déjame hacerte de escolta, a mí y a centenares de miles más de conciudadanos sin rostro, para que puedas volver hasta la Ciutadella, retirar a este chico que tenemos ahora sentado en trono y acabar el trabajo como dijiste que harías

Pero pasado todo eso, y ponle los preámbulos que sean necesarios, querido president, yo me ofrezco a hacerte de escolta sólo a condición de que vuelvas a casa. De hecho, estimadísimo Carles, estoy seguro de que no estaré solo. Seré yo mismo, pero también muchos ciudadanos con la paciencia a prueba de balas que, a pesar de todo el cinismo acumulado, todavía estarían dispuestos a romperse la cara para que hagas aquello prometido. Vendremos hasta la puerta de aquella casota tan espantosa que tienes de alquiler y haremos la ruta que quieras. Tú escoges; de verdad, 130. Si quieres, evitamos París, que ya sabes que no soy muy francófono y el barroco me da mucha pereza. Podemos parar, eso sí, en Reims, e inyectarnos una buena dosis de feminidad heroica y después ir con mucha paciencia hacia Lyon y, si te fatiga el camino, detenernos en Grau du Roi, que es uno de los pocos lugares civilizados de Francia donde se respeta la catalana tradición de los toros.

No seré sólo yo, molthonorable. Seremos muchísimos y haremos los turnos que haga falta para que puedas dormir tranquilo y no se te acerque ningún agresor, ni mucho menos la incivil y poco europea pasma española. Conmigo y con unos cuantos a tu alrededor, como si cada ciudadano tuviera el alma de guardaespaldas (así se defendieron aquellas urnas chinas de las cuales pasasteis olímpicamente), llegas a Barcelona en poco menos de una semana; y fíjate si eso de hacerte de escolta sería la cosa más bella del mundo, que todos los gabachos admirarían como los catalanes protegemos a nuestra más alta instancia de las groserías jurídicas del enemigo. ¿No dices que eres un hombre libre, Carles? Pues déjame hacerte de escolta, a mí y a centenares de miles más de conciudadanos sin rostro, para que puedas volver hasta la Ciutadella, retirar a este chico que tenemos ahora sentado en el trono y acabar el trabajo como dijiste que harías.

President, ya sabes de sobra que las verdades a medias no funcionan, que la mentira tiene un límite y que a la puta y a la Ramoneta ya les hemos estrujado los pezones y de allí no sale ni un átomo más de leche. Yo te hago de escolta a precio de bocadillo y alpargata, estimadísimo 130, que el día del referéndum ya demostramos que delante de una buena masa no hay pasma que salga adelante. ¿Cuántos voluntarios quieres, Carles? Si tienes tiempo, lo hacemos a la convergente, es decir cursi, y lo redondeemos con una efeméride; 1714 escoltas, 1992 escoltas, 100.000 escoltas, que por poner no falte. Tú mandas, de verdad. Te lo monto con un repicar digital, president. Si con un referéndum falso y con unos indultos hechos a medida ya tambalea el enemigo, imagínate si le ponemos una bomba en el territorio. Perdona la metáfora, querido president, que ya sé que la violencia te incomoda. Hagámoslo a la pacífica, pues; miles de cuerpos rodeándote.

Yo te haré de escolta, president. Y no estaré solo, mal que te pese.