La salida en tromba de la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, intentando marcar las líneas rojas de la negociación al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, y oponiéndose a cualquier acuerdo con Podemos, no es otra cosa que el inicio de las hostilidades entre los diferentes sectores socialistas. También una respuesta a la decisión anunciada el lunes por Sánchez en el sentido que los votos socialistas no servirían para hacer presidente a Mariano Rajoy. Entre una declaración y otra han pasado menos de 24 horas, pero lo cierto es que la combinación de ambas da una idea exacta del bloqueo de la legislatura española y confirma la hipótesis de que la convocatoria de unas nuevas elecciones en España no es una posibilidad descabellada. La presidenta andaluza, reforzada por los 22 escaños que aportan los socialistas andaluces a los 90 obtenidos por el PSOE en toda España, ha abierto una batalla que aparentemente tiene mucho de refriega en el interior del partido.
Así, no existe una gran diferencia de fondo entre la actitud de Díaz con Sánchez y la que protagoniza José María Aznar con Mariano Rajoy. Aunque, hoy por hoy, la presidenta andaluza tiene un control del PSOE que ya le gustaría tener al expresidente del PP de su organización. Díaz tiene poder y autoridad mientras que Aznar forma parte de un álbum de cromos de pasadas temporadas y que al repasarlos han ido cogiendo un cierto color sepia. Alza la voz y su predicamento es superior fuera de las cuatro paredes del partido que en el seno de la organización conservadora. En todo caso, lo que sí intuye Aznar es que el aún presidente del Gobierno –desde ayer, en funciones– quedará inmovilizado por la posición del PSOE y que difícilmente podrá mantenerse como candidato si hay nuevas elecciones. De ahí las prisas por un congreso del partido y su radical posicionamiento a favor de un proceso abierto que bloquee candidaturas impuestas desde la Moncloa.
No deja de ser paradójico que el horizonte postelectoral español coincida con el final de tres meses en muchas ocasiones grotescos en la política catalana y que han estado centrados en la negociación entre Junts pel Sí y la CUP para un acuerdo de investidura y de nuevo gobierno en Catalunya. A falta de cuatro días para la votación del domingo de la asamblea de la CUP, cuesta discernir cuál será la posición de los asistentes al conclave de Girona. Por ahora, sólo sabemos que peor difícilmente se hubiera podido hacer.