La alcaldesa Ada Colau es una política con suerte. Con baraka, que dicen los árabes. Arriesgó en la campaña municipal del pasado mes de mayo, encabezando una candidatura de confluencia de la izquierda alternativa en Barcelona frente al alcalde convergente Xavier Trias y ganó. Le robó la cartera a toda la izquierda –desde al PSC a la CUP pasando por Esquerra–, que gentilmente aceptó el nuevo liderazgo de la capital catalana y le entregó los votos que no necesitaba para la investidura. Volvió a arriesgar el pasado 27S cuando se quedó en sus cuarteles de la plaça de Sant Jaume y marcó distancias con Catalunya Sí que es Pot, a cuyo candidato no acompañó en los actos públicos. El fracaso de Lluís Rabell sonó casi a victoria entre las huestes de Colau. Y, por tercera vez, ha vuelto a arriesgar tomando el mando de la candidatura de En Comú Podem y situando al frente a un historiador cercano y de su confianza como es Xavier Domènech.
En algo más de medio año, Colau ha pasado de ser la activista de más renombre en la batalla contra los desahucios a una política con un tirón importante a la hora de llenar plazas, bien sea en Barcelona, su cinturón industrial o, incluso, Madrid. Pero más importante que su capacidad de atracción de masas es su habilidad para desplazarse de un lado a otro entre los distintos espacios que quiere seducir. Así, defiende este domingo en la Caja Mágica de Madrid, al lado de Pablo Iglesias en su mitin central, que "Madrid puede volver a ser nuestra capital" y sintoniza con la izquierda menos soberanista; sin importarle mucho que se ponga de los nervios al presidente del Grupo Municipal de Esquerra, Alfred Bosch, que tiene que apresurarse a decir en Facebook que "Madrid nunca sera nuestra capital". O, hace unas semanas, cuando el que se sintió incómodo fue el PSC tras anunciar la alcaldesa que encabezaría el acto de apoyo a Mas por su imputación por el 9N. Colau lleva el timón y sus aliados a duras penas conocen sus movimientos.
Ahora vuelve a pasar la aspiradora por los votantes del PSC, de la CUP e incluso de ERC. Si la campaña sigue moviéndose en clave española tiene muchas posibilidades de que le salga bien y logre el triunfo el 20D. Pero aún faltan seis días hasta las elecciones y hay que creer que los rivales también juegan.