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Pedro Sánchez pretendía dar por zanjadas las explicaciones sobre la corrupción que afecta al PSOE y al Gobierno en dos momentos clave con el mismo discurso: su comparecencia en el Congreso y la del Comité Federal. En ambas insistió en que José Luis Ábalos, Santos Cerdán —imaginamos que también Leire Díez— son "personas concretas que se aprovecharon de sus posiciones", tratando de desvincular al Ejecutivo y al partido de las actuaciones investigadas. Como si la influencia en ambas direcciones —partido y Gobierno— no fuera lo que les permitió la corrupción.

El presidente aspiraba a cerrar el caso Zapatero con un respaldo explícito en el Congreso y a enterrar el asunto ante el Comité Federal. Frente a su intención, la realidad. El lunes expiraba el plazo para que el expresidente documentara el origen del lote de joyas valorado en 1,3 millones de euros, el frente de mayor daño reputacional de Zapatero, convertido en meme coronado de alhajas.

El Gobierno también trató de centrar la atención en el polémico volcado íntegro de la agenda de Gertrudis Alcázar, histórica secretaria de Zapatero durante más de 26 años. La imagen política del lunes ha sido otra: la de Alcázar compareciendo en la comisión de investigación del Senado y manteniéndose fiel al anuncio que hizo nada más comenzar su intervención: "Voy a mantenerme en silencio". Un episodio más del particular plató político que ha montado el PP en la Cámara Alta a cuenta de una comisión atrapalotodo, tan llamada a rellenar directos como estéril para la investigación.

Sánchez da por amortizadas las responsabilidades porque encapsula a los implicados con el argumento de que se repiten los principales en todas las tramas Ábalos-Koldo-Cerdán-Díez, además de los secundarios Vicente Fernández como ex de la SEPI y Antxón Alonso, dueño con Cerdán de Servinabal, todos fuera del Gobierno y del partido. Pero ha llegado Santiago Pedraz con el nuevo escrito de cada lunes para imputar a la actual presidenta de la SEPI, el corazón de las empresas públicas del Estado, por cinco operaciones de la subtrama de Leire Díez, Vicente Fernández y Antxón Alonso.

Para Sánchez, el problema de encapsular causas que da por muertas es que luego no sabe qué hacer con los vivos

Para Sánchez, el problema de encapsular causas que da por muertas es que luego no sabe qué hacer con los vivos. Pasó con la directora de la Guardia Civil, Mercedes González, y pasa ahora con la presidenta de la SEPI, Beatriz Gualda. La primera mintió sobre las reuniones con Leire Díez y el presidente decidió mantenerla; la segunda está imputada por la conexión entre el rescate de la empresa vasca Tubos Reunidos, en 2021, y el interés de Leire Díez y su grupito de marras —los del chat Hiroruk— en que fuera rescatada a cambio, supuestamente, de cobrarse el favor en forma de consultoría ejecutada por el anterior presidente de la SEPI, Vicente Fernández.

En este punto, no es fácil para el lector seguir el minuto y resultado de las operaciones y las tramas. Sí a sus protagonistas. A favor de la estrategia de encapsular el daño, hay que señalar que no hay nuevos miembros del Gobierno implicados. Ningún hombre más de Sánchez. Lo que sucede —y por eso la mancha crece— es el desenterramiento de las andanzas del clan de Leire Díez durante los últimos cinco años: operaciones hoy bajo sospecha porque el negocio era su influencia, mordidas mediante.

Todo lo que tocaron es radioactivo —además de presuntamente delictivo—. Eso le está pasando al PNV. La dirección del partido vasco puede documentar la reunión con Tubos Reunidos en 2025, años después del rescate de 2021. Sus actas internas recogen las peticiones de ayudas de una empresa con demostrado arraigo vasco y hoy casi en quiebra. Dando por buena la cronología —y no habiendo nada en el sumario que desmienta al PNV—, la toxicidad viene de la presencia de Vicente Fernández en la reunión como uno más de Tubos Reunidos. Solo un ejemplo para entender el daño expansivo del clan Leire Díez. Y lo peor vendrá con Santos Cerdán. Cualquier anotación o documento del exsecretario de Organización llevará la marca del PSOE de hoy. Por eso es un encapsulamiento prácticamente imposible. Porque la causa se parece más a un bote de pintura derramado en Ferraz que a un par de manzanas podridas rodando por el suelo.