Cuando todavía no hemos superado la resaca después del largo confinamiento, el Govern se ha visto obligado a decretar un nuevo confinamiento total. Esta vez en Lleida y en siete municipios de la comarca del Segrià y de las entidades descentralizadas de Sucs y Raimat. Lo decidió este domingo por la mañana pero el cierre no fue efectivo hasta la medianoche del mismo domingo. Me cuesta entender la razón de estas demoras. Cuando el 4 de julio se decidió cerrar la comarca del Segrià, se permitió la salida de aquellas personas que no tuvieran su domicilio en algún municipio de la comarca. ¡Un virus no es un padrón municipal! Espero y deseo que quien esté tomando estas decisiones sepa lo que está haciendo, porque, francamente, me parecen bastante arriesgadas. Ya sé que este virus es escurridizo y que los expertos no lo saben todo, pero si tomas una medida como es aislar una ciudad, una comarca o confinar a los ciudadanos en su casa, diría que el efecto tiene que ser inmediato y no dilatarlo en el tiempo y aplicar todo tipo de excepciones.

La inseguridad se propaga a través de la duda. La crisis sanitaria está generando muchas dudas y está poniendo a todo el mundo en su lugar. Antes incluso de conseguir la anhelada presidencia de la Generalitat, ERC, que es el partido responsable de los departamentos de Salut, Educació y Treball, Afers Socials i Famílies, ya ha demostrado hasta qué punto se puede gestionar mal una pandemia. La acumulación de errores ha sido —y es— tan grave, que la “propaganda” no puede esconder que los consellers Vergés, Bargalló y El Homrani son un desastre monumental. No son los únicos, Miquel Buch, del PDeCAT, ha demostrado sobradamente que tener un buen timbre de voz no es garantía de tener ideas y de saberlas articular. Que el president Torra no haya podido sustituir a los consellers “más quemados” demuestra hasta qué punto Catalunya también ha caído en la anomalía democrática que se propaga por todas partes. Si un presidente no puede destituir a un ministro, porque quien lo ha nombrado es un partido coaligado —o el pacto entre “familias” de su grupo— y no él, es que no tiene autoridad. De esta anomalía sacan rédito los adversarios, si bien el Govern Torra tiene la suerte de que los socialistas y los comunes tampoco son gran cosa y que pertenecen a la mayoría gubernamental española que ha gestionado todavía peor la crisis sanitaria. Cuando no se tienen argumentos, se suele caer en el exabrupto. El diputado socialista español José Zaragoza sobresalió con su tuit machista y xenófobo contra la consellera Vergés. También recurren al tópico unionista —asumido, ay, por exconvergentes— que este ejecutivo solo gobierna para los independentistas, como si con la pandemia no hubiera quedado demostrado que el Govern gestiona mal el día a día para todo el mundo.

En una situación de crisis como la actual, gestionar significa dirigir, avanzarse a los acontecimientos. Aspirar a construir un país mejor debería significar que por fin se acaba con el caciquismo partidista

El Govern incluso gestiona mal las alegrías. La consellera Maria Àngels Chacón, también del PDeCAT, dejó pasar como si nada el anuncio que Seat invertirá 5.000 millones de euros entre el 2020 y el 2025 en nuevos proyectos de R+D para el desarrollo de vehículos en su centro técnico, especialmente eléctricos, y en la renovación de equipos e instalaciones en las plantas de Martorell (Baix Llobregat), Barcelona y el Prat de Llobregat (Componentes). Modest Guinjoan ha explicado el alcance de la medida en su columna de este diario. Tan preocupada como dice estar por la ideología y por el modelo industrial catalán, aquí la consellera de Empresa i Coneixement ha perdido la ocasión de confrontarse, por ejemplo, con la concejala de los comunes, Janet Sanz, que tiempo atrás reclamó aprovechar la crisis sanitaria para acabar con la industria automovilística. Como recogen los manuales de politología: la política es la traducción en medidas —en acción— de la ideología.

Oriol Junqueras respondía a la pregunta que le formularon ayer en una entrevista sobre qué nota pondría al Govern y a ERC durante la pandemia, que no se trata de poner notas, sino de elogiar que “que todo el Govern se ha dejado la piel, del primero al último”. Es un ejercicio de autocomplacencia extraordinario, propio de otras épocas. La cuestión, me parece, no es dejarse la piel o “ganar experiencia y preparase para hacerlo mejor”. Un gobierno no es una escuela donde aprender a hacer política o a gestionar (el gobierno anterior, sea dicho de paso, ya tenía un proyecto para rehacer la Escuela de Administración Pública que no prosperó). A la mesa del consejo ejecutivo se llega graduado. El problema es que los consellers y conselleres son nombrados por razones que no tienen nada que ver con su capacidad política (un conseller tiene que ser un político que vaya acompañado de un equipo técnico de primera línea y no de los habituales “amigos” políticos), y que los departamentos se reducen o se amplían para satisfacer a los partidos —una de las mayores majaderías, que viví en primera línea, fue agrupar en un mismo departamento Governació y Habitatge—. Es de esta manera que se acaba por confundir un gobernante con un aprendiz, como si los consellers fueran como los meritorios de antaño. En una situación de crisis como la actual, gestionar significa dirigir, avanzarse a los acontecimientos. Aspirar a construir un país mejor debería significar que por fin se acaba con el caciquismo partidista.

PD: Que la juez en funciones del número 1 de Lleida haya anulado con tanta facilidad la decisión del Govern de la Generalitat de confinar otra vez Lleida y siete municipios más del Segrià, demuestra que la autonomía no sirve para gobernar. Aunque Cataluña dispusiera de un buen Govern, las constricciones son tantas que solo queda una salida: la independencia.

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