Si no la han visto, se la recomiendo. A principios de año se estrenó una serie, Small Axe (Movistar +), que más bien es una antología de películas, de una duración variable y firmadas por el director Steve McQueen (que los lectores más maduros no deben confundir con el actor estadounidense), centradas en explicar las experiencias de la comunidad negra, afrocaribeña, en Reino Unido. La primera entrega, que de momento es la única que he visto, se titula El Mangrove y explica en poco menos de dos horas el conflicto que provocó la apertura de este restaurante, especializado en comida picante de las Antillas, en el barrio londinense de Notting Hill en 1968. Esta es la historia del acoso policial contra el propietario del restaurante, Frank Crichlow. La arbitrariedad policial está impregnada de racismo, pero va mucho más allá. Del odio de una policía que se cree albacea de una identidad británica que considera amenazada por una manera de hacer y de vivir de una comunidad que ha encontrado en el restaurante un centro de identificación colectiva. En El Mangrove sólo se comen platos especiados y picantes y se bebe ron. En el menú no hay, por tanto, ni fish and chips ni los clásicos lamb steak y kidney pie de los pubs ingleses.

McQueen, pues, explora en esta película —pero por lo que parece también en las otras cuatro películas de la serie— los choques de identidades que se producen en todas las sociedades complejas. Las víctimas serán nueve de los manifestantes, incluyendo el propietario, liderados por la joven Althea Jones-Lecointe, representante de los Panteras Negras británicos. Las escenas del juicio, con un juez estrafalario y parcial, y una fiscalía que actúa en connivencia con la policía, son impagables, porque muestran hasta qué punto Isaiah Berlin y Karl Popper estuvieron acertados al considerar que la libertad y la democracia a menudo se afirman en negativo. O sea en la necesidad de liberar a los individuos y los colectivos del control abrumador que les impone una élite dominante, una élite que habla en nombre del pueblo y de la nación para imponer estándares de vida. La historia de los estados nación consolidados es ésta, si bien allí donde aún pervivan grupos nacionales minoritarios, como en Catalunya, la minoría que dirige el estado intente acusarles de supremacistas simplemente porque luchan para sobrevivir. Es el mundo al revés. El juez de la película de McQueen (no se preocupen, no voy a hacer ningún spoiler), al final del juicio se suelta y califica de racistas las actitudes de policías y manifestantes. Equipara, con una total impunidad, a la víctima con el victimario, que es aquel que ataca a alguien movido por el odio o por la venganza.

El colmo del deterioro de los valores democráticos ha sido el asalto al Capitolio por parte de una multitud enfurecida, racista y de extrema derecha, que se ha dejado embaucar por Donald J. Trump

Vi la película antes de ayer, justo el día que se conmemoraba la publicación, el jueves 13 de enero de 1898, de la famosa carta de Émile Zola en el diario L’Aurore en defensa del capitán Alfred Dreyfuss, un judío alsaciano que había sido condenado por alta traición. La carta, que iba dirigida al presidente de la República francesa, reprochaba a los militares la responsabilidad de la condena judicial por el uso de unos “informes mentirosos y fraudulentos” aportados por los expertos en escritura. La carta produjo una serie de crisis políticas y sociales inéditas en Francia, y reveló la existencia de un violento nacionalismo y antisemitismo, atizado por una prensa temeraria y partidista. El caso Dreyfuss se convirtió en el símbolo universal de la iniquidad en nombre de la razón de estado y a Zola en el paladín del intelectual que se compromete para denunciar la ideología de quien acusa a alguien por razones de etnia, de lengua o de religión u otros motivos y propugna la supremacía de un grupo de individuos por encima de otros colectivos. El antisemitismo o el segregacionismo blanco son eso. El anticatalanismo, en un sentido social y lingüístico, también lo es. Los supremacistas de verdad están afectados de demofobia, que es una enfermedad recurrente que rebrota cada vez que se produce una crisis.

A raíz de la crisis de 2008, los periódicos y las grandes revistas se preguntaban si la democracia estaba en peligro en manos de una élite que abusaba de su poder con la connivencia de unos políticos cebados por la corrupción. Lo hemos vivido de cerca, como ya les conté en la columna anterior. La deriva autoritaria no ha hecho más que crecer desde entonces. El colmo del deterioro de los valores democráticos ha sido el asalto al Capitolio por parte de una multitud enfurecida, racista y de extrema derecha, que se ha dejado embaucar por Donald J. Trump. La sorpresa ha sido mayúscula, a pesar del antiamericanismo congénito de mucha gente, porque hasta ahora era inimaginable que un presidente de EE.UU. utilizara el we the people para atacar al corazón de la democracia. El populismo es eso y no si existen los pueblos (o las razas), que es lo que se preguntan los atribulados articulistas de derecha y de izquierda, amantes de las ideologías fuertes, que son las que siempre ponen adjetivos —orgánica o popular — a la democracia.

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