Hace unos días, un amigo me contaba que su hijo había tenido que irse a vivir a Madrid para encontrar un buen trabajo en el ámbito de la consultoría. Lo decía sin ilusión alguna, con un punto de resignación. No es el único; cada vez más jóvenes catalanes se marchan a la capital de la metrópoli para encontrar trabajos bien remunerados y con valor añadido en ámbitos diversos, desde la abogacía a la consultoría, pasando por las ingenierías o el alto funcionariado del Estado. El modelo económico extractivo de Madrid lo atrae todo, mientras que Catalunya insiste en la economía de escaso valor añadido, salarios bajos y el turismo de masas. La burocracia, la parálisis política y el “no a todo” de una parte de la población, muy visible en la dificultad desesperante para abrir nuevas fábricas o para construir plantas de energía renovable, impulsan este modelo económico que empobrece al país cada día más. Si un joven bien formado tiene ganas de trabajar y ganar dinero, más le vale buscar trabajo en Madrid, porque en Catalunya las oportunidades son escasas.
Es imposible saber cuántos jóvenes catalanes viven hoy en Madrid, sobre todo porque muchos de ellos no se han empadronado allí y siguen siendo, a efectos legales, residentes en Catalunya. En cambio, sí podemos saber cuántos catalanes viven expatriados en otros países. Es una cifra altísima, que crece cada año: hoy son 427.423 personas. Es decir, casi la misma población que tiene la provincia de Lleida. Catalunya tiene hoy, pues, cinco provincias, una de ellas fuera del país, y se reparte por los cinco continentes. Todo el mundo sabe cuál es el perfil de los catalanes que se marchan al extranjero. Son jóvenes bien formados que se marchan casi siempre para encontrar oportunidades laborales de alto valor añadido y bien remuneradas, que no pueden encontrar en Catalunya. Por eso un 40% tienen educación superior. Es decir: formamos en casa —muchas veces en escuelas y universidades públicas— a grandísimos profesionales que después trabajan en otros países. Hace un tiempo, un amigo mío, de viaje por Suiza, tuvo que acudir al hospital y fue atendido, para su sorpresa, en catalán, ya que el médico que trabajaba ahí era catalán. En cambio, es posible que si mi amigo va a su hospital de referencia, en el Vallès Occidental, no sea atendido en catalán. Qué paradoja: Catalunya exporta médicos y enfermeros perfectamente competentes en catalán e importa médicos y enfermeros que no lo hablan. Jugada maestra.
Urge una llamada global a todos los catalanes para volver a la patria, para hacerla más grande, para hacerla mejor y para arraigar a sus hijos
Esta realidad tiene otros efectos. La participación electoral de los catalanes expatriados es muy baja. Por ejemplo, en las elecciones al Parlament de Catalunya de 2024, votaron a un total de 14.869 personas, lo que supuso, apenas, un 5% de nuestros expatriados con derecho a voto. Estas cifras tan bajas no se explican por el hecho de que los catalanes de fuera no quieran votar, sino porque el sistema electoral de voto por correo es complicado, lento y no existe ninguna garantía de que el voto llegue a tiempo para ser contado. Por tanto, muchos de los catalanes que viven en el extranjero ya desisten de ejercer su derecho al sufragio porque dan por sentado que votar será una aventura incierta. Esto podría resolverse fácilmente con el voto electrónico; si somos capaces de realizar una transferencia bancaria entre países europeos, debería ser muy fácil emitir un voto con garantías. Pero la normativa no lo permite, claro, no vaya a ser que la participación aumentara considerablemente y, por tanto, también el resultado electoral. Otra posibilidad sería crear una ley electoral catalana, que ya sería hora, y determinar que en el Parlament de Catalunya se reservasen uno o dos escaños para los catalanes de la diáspora: uno para los que viven en la UE y otro para los que viven fuera de la UE. Si Lleida envía 15 escaños al Parlament de Catalunya, la provincia exterior bien puede enviar un par, ¿no? En esa hipótesis, no sería tan importante el número de votantes, porque tendrían dos escaños garantizados al margen de la participación. Esta posibilidad no es una tontería: un país tan centralista como Francia reserva once diputados de la Asamblea Nacional a los franceses que viven fuera del país.
Es significativo que muchos catalanes expatriados, si pueden, vuelvan a casa. El pasado año lo hicieron más de 30.000 personas. Por tanto, muchos de ellos se marchan con la idea de que su estancia en el extranjero sea temporal, quizás para ganar dinero o para formarse mejor. Muchos, cuando tienen hijos, quieren volver al país. Pero no siempre pueden hacerlo. Por esa razón sería bueno que nuestro Govern les ayudara y esta política fuera una prioridad. En vez de presentar un plan para atraer a científicos estadounidenses que quieran irse de la América de Donald Trump (que se saldó con cero llegadas), nuestro Govern debería presentar un Plan Nacional de Retorno transversal, riguroso, burocráticamente sencillo, personalizado y bien dotado económicamente para facilitar el regreso a casa de catalanes que vivan fuera y quieran volver. Hay que ayudarles a encontrar trabajos bien remunerados (si hace falta, pagando la diferencia de sueldos), a encontrar vivienda y a encontrar escuela para sus hijos. Hay que incentivar el regreso a casa de nuestros mejores hombres y mujeres, y no expulsarlos. Urge, en definitiva, una llamada global a todos los catalanes para volver a la patria, para hacerla más grande, para hacerla mejor y para arraigar a sus hijos. Un país decente es el que recupera a sus hijos que se han tenido que marchar y no el que les obliga a expatriarse porque es incapaz de darles oportunidades.
