Mientras los pobres catalanitos llevamos lustros sufriendo las inclemencias de Rodalies —y experimentando esta desdicha de forma creativa, como marca la tradición de la tribu, la cual ha transformado su rabia en un personaje incluso simpático, como el "català emprenyat"—, al sindicato de los maquinistas le ha bastado con organizar una simple reunión con el ministro Óscar Puente para afrontar la vida con más tranquilidad. En efecto, y como sabrá el informatísimo lector, los sindicatos Semaf, UGT y CCOO —que amenazaron con una huelga que debía finalizar hoy mismo— se reunieron este lunes en Madrit (que es donde pasan las cosas importantes, aunque no afecten a la metrópoli) con el capataz socialista de los trenes. Estos representantes deben ser unos fucking genios, pues salieron del Ministerio de Transportes con la promesa de un aumento de 3.600 profesionales hasta el año 2030 y un 15% más de inversión en infraestructuras y seguridad, con un gasto adicional de 1.000 millones de euros.
Después de este home run, servidor no dudaría ni un minuto en mandar a estos extraordinarios sindicalistas a resolver el conflicto de Gaza, las batallas de Ucrania o incluso la Guerra de las Galaxias, pues resulta verdaderamente extraordinario que un millar de profesionales consiga tal ensalada de prebendas en solo cuatro horas de reunión (y con el único inconveniente de viajar a la capital del reino, de donde el ministro no quiere salir, porque esto de venir a Catalunya le da una pereza descomunal). De hecho, esto explica la celeridad del acuerdo, porque el ministro Puente debe de sentirse mucho más cómodo negociando con una agrupación de trabajadores mayoritariamente nacidos fuera de Catalunya que, durante la creación de la sociedad mixta encargada de hacer funcionar los trenes (con el éxito que se ha hecho patente), se negó sistemáticamente a depender de la Generalitat. En este sentido, podemos afirmar que los maquinistas son como los polis del 1-O, igual de étnicos pero sin repartir hostias.
Siempre que Catalunya fuerza la máquina en cualquier cosa, España solo puede responder con la fuerza de la etnia
Ya he escrito muchas veces que una de las ventajas de la incertidumbre actual es que ha clarificado de forma meridiana el panorama político catalán y español. Mientras la Generalitat todavía es incapaz de predecir la afectación real de la red de trenes, los desveladísimos maquinistas (una gente la mar de curiosa que organiza huelgas oficiales, guardándose también la potestad de no ir a trabajar cuando les sale de las narices) volverán a sus cabinas de mando con mil millones de pepinos extra para seguir haciendo de embajadores del reino en Catalunya. Nunca habíamos visto que, por poner solo un ejemplo, los maestros o las enfermeras consiguieran un incremento similar de funcionarios. Pero el PSOE tiene la habilidad de practicarnos un 155 descafeinado, porque los catalanes somos gente moralmente angélica y nadie tendría la osadía de confundir a un maquinista con un guardia civil, a pesar de que ambos colectivos griten la frase “quieto todo el mundo” con efectos prácticamente idénticos.
A partir de ahora, cuando los líderes nacionales de UGT y de CCOO se paseen por las calles del país y se enorgullezcan de defender los intereses de los currantes catalanes, habrá que pensar que esto es más cierto que la caída de la manzana por el efecto de la gravedad, pero que la cosa se aplica solo cuando los individuos afectados pertenecen a la secta de los maquinistas. En cuanto al resto de oficios, sean corredores de maratones o actores del ramo pornográfico, tendrán que esperar a otra vida, porque su tarea no implica —al parecer— el peligro de morir, privilegio único de los amos del tren. Uno duda de si habría que emprender, como ya se hizo con los obispos hace décadas, una campaña para asegurar que nuestros dignísimos conductores de trenes hayan nacido en Catalunya, a riesgo de que su genética nacional les impida entrar en el Ministerio de Transportes como los soldados trumpistas irrumpieron en el lecho matrimonial de Nicolás Maduro. Porque si quieres más pasta y compañeros de curro, tienes que jurar bandera.
Como veis, y disculpadme la metáfora chusquera, siempre que Catalunya fuerza la máquina en cualquier cosa, España solo puede responder con la fuerza de la etnia. Por eso, cuando el independentismo aprieta, aunque sea un poco, Santiago Abascal triunfa más que el socialista Gabriel Rufián. Son cosas de manual, pero va bien recordarlas. Primero fueron los políticos, después los jueces y la policía… y ahora tenemos los maquinistas.
