La autonomía sigue siendo uno de los elementos más determinantes en la experiencia diaria con un coche eléctrico. Aunque las cifras oficiales han crecido de forma notable en los últimos años, el kilometraje real depende en gran medida del estilo de conducción y de cómo se gestione la energía disponible. Más allá de la capacidad de la batería, existen hábitos que permiten optimizar cada kilovatio y prolongar la distancia recorrida con una sola carga.
La eficiencia en un vehículo eléctrico es especialmente sensible a las variaciones de aceleración y velocidad. A diferencia de un motor de combustión, donde el consumo puede resultar menos perceptible en el corto plazo, en un eléctrico cualquier incremento de potencia solicitado tiene un impacto directo en la descarga de la batería. En este sentido, la forma de conducir se convierte en una herramienta clave para maximizar la autonomía.
Suavidad y estabilidad en la conducción
El primer aspecto fundamental es la gestión del acelerador. Los motores eléctricos entregan el par máximo de manera instantánea, lo que permite aceleraciones contundentes desde parado. Sin embargo, ese despliegue inmediato de potencia incrementa de forma notable el consumo energético.
Una aceleración progresiva y constante reduce los picos de demanda y mejora la eficiencia global. Mantener una velocidad estable, especialmente en vías rápidas, también resulta determinante. A medida que aumenta la velocidad, la resistencia aerodinámica crece de forma exponencial, lo que obliga al sistema a consumir más energía para sostener el ritmo.
Cabe destacar que muchos modelos incorporan modos de conducción específicos orientados a la eficiencia. Estos programas ajustan la respuesta del acelerador y moderan el funcionamiento de sistemas auxiliares para reducir el gasto energético. Su uso en trayectos urbanos o desplazamientos habituales puede aportar varios kilómetros adicionales de autonomía.
Anticipación y aprovechamiento de la regeneración
El segundo elemento clave es la anticipación. En un coche eléctrico, levantar el pie del acelerador con suficiente margen antes de una detención permite activar la frenada regenerativa. Este sistema convierte la energía cinética en electricidad que se almacena de nuevo en la batería.
Cuanto más progresiva sea la deceleración, mayor será la capacidad de recuperación energética. En entornos urbanos, donde los semáforos y las retenciones son frecuentes, una conducción fluida y planificada permite recuperar parte de la energía que, de otro modo, se perdería en forma de calor en los frenos convencionales.
Llama especialmente la atención que evitar cambios bruscos de ritmo no solo mejora el confort de marcha, sino que también incrementa la eficiencia. Una conducción constante, con menos aceleraciones y frenadas innecesarias, optimiza el rendimiento del sistema eléctrico en su conjunto.
El tercer aspecto tiene que ver con la gestión de los consumos secundarios. El climatizador, la calefacción o la refrigeración de la batería pueden representar un porcentaje significativo del gasto energético, sobre todo en condiciones extremas de temperatura. Reducir su uso cuando no es imprescindible contribuye a conservar autonomía.
Además, mantener la presión adecuada en los neumáticos y evitar sobrecargar el vehículo disminuye la resistencia a la rodadura. La suma de estos tres principios —suavidad, anticipación y control de consumos— permite ampliar la autonomía real sin modificar el vehículo, únicamente adaptando la forma de conducir a las particularidades de la movilidad eléctrica.
