Joan Laporta seguirá siendo cinco años más presidente del Fútbol Club Barcelona y lo hará después de una victoria aplastante frente a su adversario, Víctor Font. El socio blaugrana no se ha dejado manipular por el ruido exagerado de una candidatura sin experiencia ni proyecto que, además, ha cometido todos los errores posibles en la campaña electoral. Laporta consigue dos de cada tres votos depositados en las urnas y Font repite con dificultades el resultado de 2021, aunque en aquella ocasión eran tres los candidatos. Es decir, este domingo el aspirante ha sido menos rival para el presidente reelegido, que podrá realizar su último mandato, así lo dicen los estatutos, con la comodidad de saber que cuenta con un respaldo muy importante de la masa social del club blaugrana.
Laporta ha ganado las elecciones sin bajar del autocar. Ha dado las batallas justas y ha interpretado infinitamente mejor que su adversario lo que es el Barça. Eligió con mimo y astucia la fecha del 15 de marzo para que los socios votaran —solo se le ha torcido desde que las convocó la eliminación de la Copa del Rey por el Atlético de Madrid— y los títulos grandes estuvieran fuera de las elecciones. Fue tozudo a la hora de definir que prefería unas elecciones a dos y no a tres, de ahí la rigidez de sus interventores con el número de firmas de los aspirantes, que dejó a Ciria fuera, impidiendo una fusión en el último momento, y defendió a capa y espada a su entorno, consciente de que estas elecciones iban de liderazgo y de proyecto deportivo y de eso él estaba más que sobrado. Además, entrenador y jugadores hacían una piña con Laporta, como se vio este domingo durante la votación.
Laporta consigue dos de cada tres votos depositados en las urnas y Font repite con dificultades el resultado de 2021, aunque en aquella ocasión eran tres los candidatos
En este contexto, Font no podía ganar, pero hubiera podido sacar mejor resultado. Su inexperiencia le hizo gastar cartuchos en fuego de fogueo que ni llegaban a arañar al presidente-candidato. Referirse a Laporta en todo momento como expresidente hacía pequeño a Font. Cuestionar su liderazgo y repetir que quien mandaba en el club era Alejandro Echevarría no era más que un mal chiste, ya que nadie se cree que Laporta sea una persona que no lidere y mande allí donde está. Y, finalmente, hacer de Echevarría el centro de sus ataques por su pasada pertenencia a la fundación Franco era como hacer cosquillas a un elefante, ya que Laporta era el candidato indepe, el pata negra, avalado desde Jordi Pujol a Carles Puigdemont. Mientras, Echevarría era un solucionador de problemas que tiene la confianza de los jugadores. Y si Laporta era el candidato indepe, ¿Font qué era?
Pues el candidato del establishment que no le perdona a Laporta que no se ajuste a ninguno de los cánones de disciplina y obediencia que ellos esperan. Cualquier otro que no hubiera sido Laporta hubiera perdido, seguramente, estas elecciones. Porque el hartazgo de un determinado poder ha emergido sutil, pero punzante, en esta campaña electoral. En esta campaña, que en algún momento parecía que valía todo para sacar a Laporta, ha sido mucho más fácil hacer editoriales y artículos de opinión proclamando objetividad que practicarla, y eso que no era necesario ser imparcial. Las zancadillas de mucha prensa, alguna ciertamente sonrojante como se vio en el caso de la denuncia fake contra Laporta o la entrevista a Xavi Hernández, han sido evidentes, como va a ser a partir de ahora la rapidez con la que van a recoger velas. El decreciente peso del papel ha quedado claro en estas elecciones.
Ahora, hay que esperar que al reelegido presidente se le deje trabajar y al equipo que pueda disponer de la tranquilidad y la estabilidad institucional para poder conseguir los éxitos que el Barça necesita y se merece.