Donald Trump ha dado un nuevo paso contra los esfuerzos para frenar el cambio climático en Estados Unidos. El presidente norteamericano ha revocado este jueves el llamado dictamen de peligro, aprobado bajo la administración de Barack Obama en 2009, que consideraba perjudiciales para la salud seis gases de efecto invernadero asociados a los motores de combustión. La decisión, presentada por el republicano como una vía para ahorrar “billones de dólares” tanto a los fabricantes de automóviles como a los conductores, se inscribe en el paquete de “acciones históricas” que la Agencia de Protección Ambiental (EPA) quiere activar para revisar normas sobre hidrocarburos y generación eléctrica. En la práctica, sin embargo, es un nuevo capítulo del giro de la Casa Blanca, que desde el segundo mandato de Trump ha dado pasos atrás en la lucha contra el calentamiento global. De hecho, el magnate volvió a la presidencia bajo el lema drill, baby, drill (perfora, nena, perfora), que expresa apoyo al aumento de la perforación de petróleo y gas.
Poco después de ser investido como presidente por segunda vez, Trump hizo evidente su desprecio a las políticas verdes. El 20 de enero de 2025, firmó una orden ejecutiva para volver a retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París, el pacto global suscrito por casi todos los países del mundo para evitar que la temperatura media del planeta supere en más de dos grados los niveles preindustriales. Aquella misma jornada, el presidente también desmanteló el Grupo de Trabajo Nacional sobre el Clima (NCTF), puesto en marcha por la administración de Joe Biden en 2021 para coordinar la acción federal ante la crisis climática, e hizo lo mismo con la Oficina de Cambio Global del Departamento de Estado. Trump también firmó otras órdenes ejecutivas para cancelar o modificar docenas de medidas de Biden sobre objetivos de reducción de emisiones de carbono para 2035 o para restringir nuevas prospecciones de petróleo y gas en tierras y aguas federales.
Carbón, "limpio y precioso"
Trump ha insistido también en reivindicar el carbón a pesar del retroceso del sector en la mayoría de economías desarrolladas, y lo ha llegado a presentar como un mineral “limpio y precioso”. Con la mirada puesta en territorios mineros como Wyoming y Virginia Occidental, el presidente ha querido convertir esta apuesta en un gesto político, firmando diversas órdenes ejecutivas vinculadas a la minería y rodeándose de mineros para reforzar la escenografía. La última imagen de este tipo se vio el miércoles, cuando Trump recibió un galardón de empresarios que lo distinguió como el “campeón indiscutible del carbón”. En aquel mismo acto, el mandatario firmó una nueva orden para instruir al Departamento de Guerra a comprar electricidad procedente de centrales termoeléctricas de carbón.
La cruzada del presidente contra las políticas verdes también ha comportado la imposición de trabas directas a las energías renovables y a la transición energética en los estados gobernados por los demócratas. Desde el año pasado, Trump ha anunciado la cancelación de ayudas por valor de más de 7.500 millones de dólares que debían impulsar más de 220 proyectos repartidos en 16 estados, una decisión que ahora mismo está encallada en diversas disputas en los tribunales. En paralelo, y amparándose en argumentos de “seguridad nacional” que no ha acabado de concretar, el republicano también ha congelado el otorgamiento de arrendamientos clave para grandes parques de eólica marina en la costa este, muchos de ellos dependientes de gobiernos estatales demócratas. La medida ha sacudido el sector, que ya advertía del golpe que supone frenar inversiones de esta magnitud, mientras Trump continúa atacando esta energía con reproches como que “estropea el paisaje” o “mata pájaros”.
Entre las iniciativas golpeadas por el giro energético de la Casa Blanca figura, según explica EFE, el proyecto Vineyard Wind 1, un parque de eólica marina en la costa de Massachusetts impulsado por Iberdrola y que ya opera de manera parcial. Se trata de un proyecto que acumula cerca de 3.500 millones de dólares en financiación comprometida y capital captado hasta ahora, y estaba concebido para alcanzar una capacidad conjunta de generación superior a los 800 megavatios. Con estas cifras, la previsión era que pudiera alimentar con electricidad el equivalente a casi medio millón de hogares y negocios, un volumen que situaba Vineyard Wind 1 como una de las grandes apuestas para consolidar la eólica marina en los Estados Unidos.
