El ataque y la intervención de Estados Unidos en Venezuela ha encendido todas las alarmas a escala global y ha reactivado temores en diversos países sobre una posible escalada intervencionista de la Casa Blanca. Aunque la mirada se ha fijado sobre todo en Cuba o Colombia como potenciales siguientes objetivos, la inclusión de un territorio europeo entre las aspiraciones geopolíticas de Washington ha causado sorpresa: Groenlandia. El interés estadounidense en esta región autónoma del Reino de Dinamarca, rica en recursos naturales, no es nuevo. Donald Trump ya empezó a hablar de ello pocos meses después de su regreso a la presidencia. Pero el actual contexto internacional, marcado por la captura de Nicolás Maduro y la instalación de un gobierno provisional venezolano con supervisión estadounidense, ha reavivado la especulación sobre posibles nuevos movimientos expansionistas. Esta vez, la polémica ha estallado a raíz de una publicación en la red social X de Katie Miller, esposa del asesor ultranacionalista de la Casa Blanca Stephen Miller, que ha encendido la indignación tanto de ciudadanos groenlandeses como del gobierno danés. En la imagen, se ve un mapa de Groenlandia cubierto con la bandera de Estados Unidos y un mensaje breve pero amenazador: “Pronto”.

Katie Miller no es solo la mujer de Stephen Miller. Aunque ahora mantiene un perfil público más discreto, tuvo un papel clave durante el primer mandato de Trump, llegando a ser directora de comunicación de la Vicepresidencia y, durante el segundo mandato, portavoz del desaparecido Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), abanderado por el magnate Elon Musk. Su publicación en X ha sido leída como una provocación directa y una señal inquietante tras la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. En este contexto, el gesto toma una nueva dimensión, ya que la política exterior de Washington se ha vuelto claramente más agresiva, y las voces que rodean a Trump lo celebran abiertamente. De hecho, el propio presidente ha reactivado este domingo su obsesión con la isla del Ártico: “Necesitamos Groenlandia, absolutamente. La necesitamos para nuestra seguridad”, ha asegurado en una nueva rueda de prensa. Y como prueba de que el plan no es simbólico, Trump ha nombrado recientemente un enviado especial para la isla, ahora bajo soberanía danesa.

Groenlandia, bajo la jurisdicción de la OTAN

El caso de Groenlandia presenta una complejidad que lo distingue de otros objetivos potenciales de la nueva agenda geopolítica de la Casa Blanca, como Cuba o Nicaragua. A diferencia de estos países, la isla ártica forma parte del Reino de Dinamarca y, por lo tanto, se encuentra bajo la jurisdicción de la OTAN. Esto implica que cualquier acción unilateral de Estados Unidos sobre este territorio, por muy que sea en forma de presión diplomática, injerencia económica o, en el escenario más extremo, intervención militar, supondría una violación de dos de los principios fundamentales de la Alianza Atlántica. Por un lado, rompería el artículo 4, que obliga a los aliados a consultarse mutuamente ante cualquier amenaza a la seguridad de uno de sus miembros. Por otro, vulneraría el artículo 5, el núcleo del tratado, que establece que un ataque contra un estado miembro se considera un ataque contra todos. Aunque la OTAN no está concebida para mediar en conflictos internos entre aliados, el principio de seguridad mutua y la confianza estratégica son pilares esenciales de la organización. Si uno de sus miembros atacara a otro —sea formalmente o de facto—, esto comprometería la legitimidad y la cohesión de la Alianza en su conjunto, más aún si el que perpetrara el acto fuera uno de los miembros fundadores y principal actor.

Dinamarca no ha tardado en hacer valer su rol y recordar a Estados Unidos que Groenlandia forma parte de un estado soberano con el que comparten vínculos militares, diplomáticos y estratégicos. El embajador danés en Washington, Jesper Moller Sorensen, ha respondido al mensaje provocador de Miller con un "amable recordatorio" de que, más allá de cualquier deseo de anexión, Estados Unidos y Dinamarca son "aliados cercanos" y deben continuar actuando como tales. "La seguridad de Estados Unidos es también la seguridad de Groenlandia y Dinamarca", ha remarcado. Sorensen ha querido dejar claro que la colaboración entre los dos países ya incluye el ámbito de la defensa ártica y que, en este sentido, Dinamarca ha incrementado significativamente sus esfuerzos para reforzar la seguridad en la región. "Groenlandia forma parte de la OTAN", ha insistido, antes de afirmar que espera de Estados Unidos "el pleno respeto de la integridad territorial del Reino de Dinamarca".

“Groenlandia no está a la venta”

El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, también ha reaccionado a la publicación de Miller. El mandatario ha querido transmitir serenidad, pero también firmeza ante un gesto que considera ofensivo: “Permítanme que lo diga con calma y claridad desde el principio: no hay motivos para el pánico ni para la preocupación”. En un mensaje institucional, ha insistido en que la imagen de Groenlandia envuelta con la bandera americana “no cambia nada en absoluto”, y ha remarcado que el país “no está en venta” y que su futuro “no se decide con publicaciones en las redes sociales”. Nielsen ha señalado que la imagen es “irrespetuosa” y ha defendido que las relaciones internacionales se basan en el “respeto mutuo y el derecho internacional”. También ha recordado que Groenlandia es una sociedad democrática, con autogobierno e instituciones sólidas, y que su estatus se fundamenta en acuerdos reconocidos internacionalmente.


El rechazo de los groenlandeses a cualquier hipotética integración en Estados Unidos quedó claro en marzo del año pasado, durante la visita de una delegación norteamericana encabezada por el vicepresidente JD Vance y su esposa, Usha Vance. Lejos de ser un encuentro protocolario más, la visita desencadenó protestas en las calles de Nuuk, la capital, donde cientos de ciudadanos salieron a expresar su malestar. Las banderas groenlandesas se convirtieron en símbolo de resistencia, ondeando por doquier como reacción ante lo que se percibió como una injerencia en la soberanía del país. Pero la respuesta no fue solo ciudadana, también fue institucional. Nielsen, recién investido, calificó la visita de “falta de respeto” y apeló a la unidad del pueblo ante la presión externa. Su llegada al poder, precisamente, había sido posible gracias a la formación de una gran coalición independentista que aspiraba a reforzar el autogobierno de Groenlandia y avanzar hacia la independencia plena. Una ambición que, en ningún caso, pasaba por ser absorbidos por Estados Unidos.