Este 24 de febrero de 2026 hace cuatro años desde el inicio de la invasión rusa en Ucrania. La guerra continúa sin signos claros de una resolución inmediata; al mismo tiempo, Rusia y Ucrania acumulan enormes pérdidas humanas y materiales. Mientras en la línea de frente ucraniana la resistencia continúa sosteniendo la soberanía del país, a miles de kilómetros de distancia, en pueblos remotos de Rusia, la guerra deja marcas igualmente profundas.
En Sedanka, un pequeño pueblo pesquero en el extremo este de Rusia, casi todos los hombres en edad militar han marchado hacia el frente en Ucrania. Según la BBC, de 258 habitantes, 39 hombres firmaron contratos para combatir, doce han muerto y siete están desaparecidos. Natalia, vecina del pueblo, explicaba a la cadena británica: “No hay nadie para cortar leña para el invierno, para calentar nuestras estufas”. La mayoría de estos hombres provienen de comunidades indígenas como los Koryaks e Itelmens, que, a pesar de poder ser eximidas de movilización, han sido presionadas a unirse a la guerra mediante narrativas estatales que promueven estereotipos sobre su destreza como guerreros.
Las cifras globales ilustran la magnitud del coste humano. La misma BBC, cruzando datos de registros oficiales, obituarios y memoriales, ha identificado 186.102 soldados rusos muertos hasta ahora, con una estimación de que el número real podría llegar entre 286.000 y 413.500, teniendo en cuenta que muchos decesos en el campo de batalla no se registran. El 2025, según el mismo medio, ha sido el año más mortal para el ejército ruso desde el inicio de la guerra, con 80.000 muertes estimadas. Ucrania también ha sufrido pérdidas masivas: el presidente Volodímir Zelenski declaró recientemente a France 2 que al menos 55.000 ucranianos han muerto y que muchos más están desaparecidos, con estimaciones que llegan hasta 200.000.
¿De dónde son los soldados rusos que van a la guerra?
Este desequilibrio entre regiones y pueblos es claro. Según la BBC, el 67% de los muertos rusos provienen de zonas rurales o pequeñas ciudades, a pesar de que solo el 48% de la población vive en estos lugares. Las muertes son especialmente altas en zonas empobrecidas de Siberia y el Extremo Oriente ruso, donde la combinación de pobreza, falta de perspectivas y un alto reclutamiento ha convertido a los hombres en el principal sustento del esfuerzo bélico. Así, el coste de conseguir soldados no es solo numérico: las comunidades locales quedan debilitadas, sin hombres en edad laboral y con servicios esenciales en peligro.
La situación en Sedanka es paradigmática: escuelas en estado de emergencia, casas soviéticas declaradas inseguras, tejados reparados solo después de la presión mediática y promesas de apoyo a los familiares de los soldados que aún no llegan. Todo esto mientras la guerra en el frente ucraniano continúa. La falta de personal también es un problema para Ucrania: la necesidad constante de soldados jóvenes y armamento condiciona la capacidad de resistencia y estrategia, tal como se ha observado en los últimos años.
Cuatro años después, la guerra de Ucrania no solo ha dejado un rastro devastador en los campos de batalla, sino que también ha afectado a comunidades alejadas del frente. La humanidad de la guerra trasciende fronteras: mientras en Ucrania las ciudades luchan por sobrevivir, en el Extremo Oriente ruso pueblos enteros sufren la pérdida de sus hombres y la fragilidad de su infraestructura, mostrando que el coste de la guerra es global, humano y duradero.
