Rusia y Estados Unidos han dado por terminado el actual proceso de paz sobre la guerra de Ucrania, unas negociaciones que, después de meses estancadas e interrumpidas desde febrero a raíz del conflicto con Irán, deberán empezar prácticamente desde cero y, previsiblemente, con la participación de países europeos. Tanto el Kremlin como la Casa Blanca se han desmarcado de los escasos compromisos que los presidentes Vladímir Putin y Donald Trump habían alcanzado hace un año en Anchorage, en Alaska, en un encuentro que durante meses representó la única esperanza de un posible alto el fuego. Este escenario ha quedado superado, en buena parte porque Ucrania ha conseguido reforzar de manera notable su capacidad de actuación en la retaguardia rusa, una evolución que tampoco ha pasado desapercibida para Trump.
Las señales del cambio de rumbo han quedado patentes esta semana en Manila, donde el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, y el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, se han reunido por primera vez desde septiembre de 2025 en el marco de la cumbre de ministros de Exteriores de la ASEAN. Washington ha admitido que su mediación no ha dado los resultados esperados y asume que habrá que retomar las conversaciones desde el punto de partida. A pesar de mantener la voluntad de la Casa Blanca de seguir ejerciendo de mediadora, Rubio ha reconocido que un eventual acuerdo de paz requerirá "nuevas ideas", ya que los planteamientos anteriores han quedado superados. "Ciertamente, esto [Anchorage] no fue aceptable en su momento para Ucrania y no creo que lo sea ahora. De hecho, lo será aún menos", ha afirmado.
Lavrov ha recogido el guante y, por primera vez, ha calificado abiertamente de "fracaso" los "acuerdos de Anchorage". La máxima autoridad de la diplomacia rusa ha atribuido el desenlace a la falta de respuesta de Ucrania a la propuesta impulsada por Estados Unidos. "Washington dijo que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, haría lo que Trump propuso. Bueno, no ha funcionado" ha afirmado. Según Lavrov, este "rechazo arrogante" se explica en gran parte por el apoyo militar que Kiev recibe, especialmente en forma de armas y drones que, ha asegurado, se utilizan para atacar civiles e infraestructuras civiles dentro de la Federación Rusa. El ministro también ha sostenido que una parte relevante de esta ayuda procede de Estados Unidos, tanto en lo que se refiere al apoyo de inteligencia como al acceso a la red de satélites Starlink.

Un acuerdo sin resultados palpables
El encuentro de Anchorage fue presentado por el Kremlin como un punto de inflexión diplomático, hasta el punto de que los medios rusos empezaron a hablar del "espíritu de Anchorage", conscientes de que aquella cumbre había puesto fin al aislamiento internacional de Putin, que no había vuelto a Occidente desde el inicio de la invasión de Ucrania, en febrero de 2022. Sin embargo, los "entendimientos" alcanzados entre Moscú y Washington nunca se hicieron públicos, aunque varias informaciones apuntaban que Rusia se habría comprometido a detener los combates si Ucrania abandonaba voluntariamente el Donbás. El Kremlin tampoco reveló qué concesiones estaba dispuesto a asumir, consciente de que cualquier renuncia sobre los territorios ocupados al norte de Jersón y Zaporiyia habría provocado el rechazo de los sectores ultranacionalistas. Con el paso de los meses, Moscú dio por hecho que aquellos acuerdos habían quedado en papel mojado y recuperó el discurso de que, a pesar de mantenerse "abierto" a negociar, continuará la llamada "operación militar especial" hasta alcanzar "la victoria final".
Además, a medida que la ofensiva rusa se iba estancando y los países europeos asumían un papel cada vez más relevante en el apoyo a Kyiv, la Casa Blanca también fue enfriando su interés por mantener vivo el marco pactado en Anchorage. Este cambio de tono se evidenció en junio, cuando Rubio afirmó ante el Congreso de Estados Unidos que la campaña militar en Ucrania había sido un fracaso estratégico para el Kremlin y que Rusia nunca conseguiría ganar la guerra.