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Entre las muchas incógnitas que rodean al líder norcoreano Kim Jong-un, hay una que destaca por encima de todas: la identidad —y sobre todo el silencio— sobre su madre. En más de quince años en el poder, Kim no ha pronunciado nunca públicamente su nombre, un vacío informativo que no es casual sino profundamente político.

Tal como recoge la BBC en un reportaje reciente, esta ausencia no solo forma parte del misterio habitual que rodea la dinastía Kim, sino que toca el núcleo mismo del sistema de legitimidad del régimen. En Corea del Norte, el poder no se justifica solo por la fuerza o el control, sino por la idea del “linaje del Monte Paektu”, una narrativa casi mitológica que vincula a la familia gobernante con el origen sagrado de la nación coreana.

En este relato oficial, el Monte Paektu —una montaña situada en la frontera con China— es presentado como la cuna simbólica de la revolución y de la propia identidad del país. El fundador del régimen, Kim Il-sung, y su sucesor, Kim Jong-il, fueron incorporados a esta mitología de origen, consolidando una idea de continuidad casi sagrada.

El misterio de Ko Yong-hui

Pero la figura de la madre de Kim Jong-un, Ko Yong-hui, rompe esta construcción. Según las investigaciones recogidas por la cadena británica y diversas biografías, Ko habría nacido en Osaka, en Japón, dentro de la comunidad de coreanos residentes en el país durante la colonización japonesa. Posteriormente, su familia habría emigrado a Corea del Norte en el marco de los programas de repatriación del régimen.

Este origen es problemático dentro del sistema de jerarquías sociales norcoreano, conocido como songbun, que clasifica a los ciudadanos según su fidelidad ideológica y antecedentes familiares. Los retornados de Japón son a menudo considerados una categoría “sospechosa” o de segunda línea, difícilmente compatible con la imagen de pureza ideológica que el régimen proyecta sobre la dinastía gobernante.

Según diversos testimonios e investigadores citados por la BBC, Ko habría sido bailarina en una compañía artística de élite cuando captó la atención de Kim Jong-il, con quien habría tenido tres hijos. Sin embargo, la relación nunca fue oficializada plenamente, y Ko habría vivido durante años en un segundo plano, fuera del centro político de Pyongyang.

El silencio, una forma de control

Su muerte, en 2004, tampoco fue anunciada de manera pública por los medios estatales, un hecho que refuerza la voluntad del régimen de mantener su perfil en la máxima discreción posible. En el sistema norcoreano, donde la propaganda construye cada detalle de la familia gobernante, el silencio es también una forma de control.

El caso de la madre de Kim Jong-un no es, por tanto, una simple curiosidad biográfica. Es una pieza sensible dentro de un engranaje ideológico que necesita una genealogía perfecta para sostener su autoridad. Cualquier fisura en este relato —como un origen "impuro" o difícil de encajar en la narrativa oficial— podría introducir dudas sobre la continuidad dinástica.

Por eso, según analistas citados por la BBC, la discreción no es accidental sino necesaria. Hacer visible la figura de Ko Yong-hui podría abrir preguntas incómodas sobre la legitimidad del mismo Kim Jong-un. Y en un sistema político construido sobre la idea de sangre, herencia y destino, las preguntas son casi tan peligrosas como las respuestas.