El centro de Varsovia se ha convertido en escenario de una imagen tan impactante como simbólica: una escultura hiperrealista de Vladímir Putin, de tres metros de altura, desfilando por las calles de la capital polaca. La acción, impulsada por la iniciativa ciudadana “Euromaidan-Warsaw”, conmemoraba el cuarto aniversario de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia.

La figura, obra del escultor lituano Martynas Gaubas, mostraba al presidente ruso con un realismo inquietante. El nivel de detalle —expresión facial, postura corporal, gesto— convertía la pieza en una presencia casi incómoda. No se trataba solo de una representación artística, sino de una performance política con voluntad de denuncia.

Según los organizadores, el objetivo era claro: exponer “el imperialismo ruso en su forma más simple y a la vez explícita”. La imagen del líder del Kremlin, paseada públicamente, buscaba confrontar a los transeúntes con la figura que simboliza la agresión militar contra Ucrania y la amenaza persistente sobre Europa del Este.

La posición de Polonia contra la guerra

Polonia es uno de los países que ha mantenido una posición más firme contra Moscú desde el inicio de la guerra. Varsovia ha sido uno de los principales aliados políticos y logísticos de Kyiv, acogiendo millones de refugiados ucranianos y presionando constantemente por un refuerzo de las sanciones contra Rusia. En este contexto, la acción artística no es un gesto aislado, sino parte de una memoria viva del conflicto.

La elección de la fecha tampoco es casual. Cuatro años después del inicio de la ofensiva rusa a gran escala, la guerra continúa marcando la agenda europea, con un frente estabilizado pero lejos de cualquier resolución definitiva. Las conmemoraciones de este aniversario han combinado actos institucionales con iniciativas civiles como la de Varsovia, que buscan mantener la atención pública sobre el conflicto.

El uso del arte como instrumento de protesta política no es nuevo, pero en este caso el realismo extremo de la escultura amplifica el mensaje. No hay metáfora abstracta: hay un rostro, un "cuerpo", una figura identificable. El poder de la imagen radica precisamente en esta literalidad.

El escultor Martynas Gaubas, originario de Lituania —otro país báltico con una relación históricamente compleja con Rusia—, ya ha trabajado anteriormente en piezas de fuerte contenido político. En este caso, su obra trasciende el espacio expositivo tradicional y se convierte en un elemento itinerante de denuncia.

La performance ha generado reacciones diversas entre los ciudadanos: desde muestras de apoyo y fotografías con la figura hasta expresiones de rechazo o incomodidad. Pero, en cualquier caso, ha conseguido su objetivo principal: provocar conversación.

En un momento en que el cansancio informativo sobre la guerra puede debilitar la movilización social, acciones como esta buscan sacudir conciencias. La imagen de un Putin gigante caminando por Varsovia es, en definitiva, una declaración visual: el conflicto no es lejano, ni abstracto, ni superado. Continúa siendo una herida abierta en el corazón de Europa.