Donald Trump entró en la guerra contra Irán convencido de que sería corta, de que la superioridad militar de Estados Unidos e Israel obligaría a Teherán a ceder y de que podría proclamar rápidamente una nueva victoria. Casi seis meses después, el conflicto sigue abierto, Irán no se ha rendido, el estrecho de Ormuz sigue siendo una fuente permanente de inestabilidad y el presidente estadounidense parece tener cada vez más dificultades para encontrar una puerta de salida. La frustración empieza a tener consecuencias inesperadas: Trump ya no solo amenaza a Irán, sino también a algunos de los aliados que podrían ayudarle precisamente a terminar la guerra. El caso más sorprendente es Omán, uno de los socios más antiguos de Washington en el Golfo y, sobre todo, el intermediario que durante décadas ha mantenido abiertos canales de comunicación entre Estados Unidos y Teherán.
"Si Omán se interpone, los bombardearemos sin piedad", llegó a advertir Trump esta semana en una entrevista con Fox News. Posteriormente, preguntado por sus palabras, insistió en que el gobierno de Mascate "no se ha comportado muy bien" y que Estados Unidos podría ocuparse de ello "muy fácilmente". CNN presentó el episodio directamente como una amenaza del presidente de Estados Unidos de bombardear a un aliado estadounidense. Según recogen medios estadounidenses, la declaración ha causado estupefacción entre diplomáticos y especialistas en el Golfo, no solo por la agresividad del lenguaje, sino porque Omán está haciendo exactamente aquello que Washington le ha pedido en numerosas ocasiones: hablar con Irán cuando Estados Unidos no puede o no quiere hacerlo directamente.
BREAKING: Trump to Fox News:
— Clash Report (@clashreport) August 17, 2026
If Oman gets in the way, we will bomb the shit out of them. pic.twitter.com/1UOaTlzbfD
Amenazar al mediador que necesitas
La paradoja es especialmente evidente en el caso del estrecho de Ormuz. Omán e Irán negocian desde hace semanas fórmulas para regular el tráfico marítimo a través de esta vía, una de las más estratégicas del planeta. Una parte del estrecho discurre por aguas omaníes y Mascate ha facilitado durante el conflicto rutas para que los barcos pudieran evitar algunas de las zonas más peligrosas. Pero Trump parece temer que Omán llegue a algún tipo de entendimiento con Teherán que deje a Washington al margen o conceda a Irán una capacidad excesiva para condicionar el tráfico marítimo.
Reporter: You said you would bomb the shit out of Oman if they got in the way of reopening the Strait of Hormuz.Would you say you're out of patience with Oman, a strategic partner?
— Acyn (@Acyn) August 17, 2026
Trump: I don't think they behaved very well, but we'd handled them very easily just like we do… pic.twitter.com/sFRHqIfVhE
Lo más desconcertante es que el mismo Trump había aceptado explícitamente la mediación omaní. El memorándum de entendimiento firmado por Estados Unidos e Irán en junio preveía que Mascate mantuviera conversaciones con Teherán sobre la futura administración y los servicios marítimos del estrecho. Por eso Marc J. Sievers, exembajador de Estados Unidos en Omán, se ha declarado "perplejo" ante las amenazas. Sievers considera difícil imaginar que el comando militar estadounidense esté preparando realmente un bombardeo contra un país que mantiene una relación estratégica con Washington.
Hasan Alhasan, investigador del International Institute for Strategic Studies (IISS) y uno de los principales centros de análisis geopolítico y de seguridad internacional, ve detrás de esta irritación una contradicción más profunda: Omán puede actuar como mediador precisamente porque conserva una política propia hacia Irán y no sigue automáticamente las directrices estadounidenses. Castigar esta independencia podría destruir el instrumento diplomático que Washington necesitará si quiere negociar algún día el fin de la guerra. Alhasan lo resume definiendo la ira de Trump contra Mascate como "equivocada y miope". Equivocada porque sucesivas administraciones estadounidenses han necesitado a Omán para hablar con Irán; miope porque probablemente volverá a ser imprescindible para negociar tanto una futura paz como cualquier sistema estable de navegación por Ormuz. Aquí radica la gran contradicción de la situación actual: Trump necesita una victoria para poder acabar la guerra, pero puede necesitar a Omán para poder declararla acabada. Y mientras no encuentra la manera de doblegar a Irán, ha empezado a amenazar precisamente una de las pocas puertas que todavía tiene abiertas para salir del conflicto.
Omán, la puerta que Trump no se puede permitir cerrar
Precisamente por eso la crisis con Omán resulta tan difícil de entender, afirman los analistas. Mascate ha ejercido durante décadas un papel excepcional en la región. Mantiene relaciones estrechas con Washington pero también canales abiertos con Teherán. Ha intervenido para conseguir la liberación de ciudadanos estadounidenses encarcelados en Irán, ha participado en negociaciones con los hutíes de Yemen y tuvo un papel fundamental en los contactos secretos que acabaron conduciendo al acuerdo nuclear de 2015. Su utilidad diplomática proviene de no estar completamente alineado con ninguno de los dos bandos. Amenazar a Omán para que ejerza esta autonomía puede provocar exactamente el efecto contrario de lo que busca Washington: reducir aún más las opciones diplomáticas disponibles.
Una guerra que debía durar semanas
El episodio de Omán es solo la última señal de un problema mayor. La guerra que Trump inició en febrero junto a Israel debía demostrar rápidamente la vulnerabilidad de la República Islámica. Pero la caída del régimen no se ha producido y la guerra se ha ido transformando. The Washington Post ya explicaba a finales de julio que las promesas israelíes de una victoria rápida habían dado paso a un conflicto prolongado y a una frustración creciente en la Casa Blanca. Los sectores más duros del régimen iraní siguen controlando el país y Washington todavía no dispone de una estrategia clara para poner fin a la guerra.
📺 🇫🇷 Sur #LCI, le général #Yakovleff :
— Ryo (@iamlouay) August 17, 2026
💬 Oui, je prétends bien connaître les Américains, mais Trump, c'est autre chose. La colère de Trump, elle résulte du fait qu'il n'a pas gagné sa guerre. Il ne sait pas comment en sortir, donc il lui faut des coupables d'une façon ou d'une… pic.twitter.com/GdRmRfSENn
El centro del conflicto también se ha desplazado. El principal argumento inicial de Washington era destruir la capacidad nuclear iraní. Pero, con el paso de los meses, la batalla por el estrecho de Ormuz se ha convertido en una obsesión para la administración Trump. Por este corredor marítimo pasa aproximadamente una quinta parte de los suministros energéticos mundiales. Y mientras Teherán mantenga la capacidad de amenazar a los barcos que lo atraviesan, puede seguir presionando a Estados Unidos y a la economía mundial sin tener que derrotar militarmente a Washington. La misma estrategia de seguridad de la Casa Blanca considera que mantener abierto Ormuz es un interés esencial de Estados Unidos.
Ni las bombas ni la presión económica
Trump ha intentado alternar dos estrategias. Primero, intensificar los bombardeos contra objetivos iraníes. Después, cuando las reservas de armamento estadounidenses han empezado a preocupar al Pentágono y el conflicto ha entrado en una fase menos intensa, aumentar la presión económica sobre Teherán. Pero ninguna de las dos vías ha conseguido hasta ahora la concesión decisiva que Washington busca.
La Casa Blanca sostiene exactamente lo contrario. Defiende que las capacidades militares iraníes han sido devastadas y que el bloqueo económico está asfixiando al régimen. Un funcionario de la administración asegura que Washington todavía dispone de muchas "palancas" para aumentar la presión. Pero los resultados políticos son más difíciles de mostrar. A principios de agosto, The Washington Post constataba que el conflicto, que Trump había pronosticado que duraría pocas semanas, ya entraba en el sexto mes y empezaba incluso a erosionar el apoyo del presidente entre algunos republicanos. El exdiplomático estadounidense Alan Eyre, miembro del equipo negociador del acuerdo nuclear de 2015, ha descrito la administración como "un mastodonte que se debate mientras se hunde lentamente en un pozo de alquitrán": cuanta más fuerza hace para salir, más difícil es escapar.
El plazo de 60 días expira sin paz
La sensación de callejón sin salida se ha acentuado esta semana porque el lunes expiró el plazo de 60 días previsto en el memorándum de entendimiento que Estados Unidos e Irán habían firmado en junio para intentar llegar a un acuerdo definitivo. Pero la paz no ha llegado. Irán sigue rechazando el sistema de navegación que Washington quiere imponer en Ormuz; Estados Unidos ha respondido a los ataques iraníes con nuevos bombardeos, y Teherán ha atacado a su vez objetivos de países del Golfo que acogen fuerzas estadounidenses. El resultado es una situación peculiar: la intensidad militar ha bajado, pero ninguna de las dos partes ha ganado y ninguna parece dispuesta a aceptar las condiciones de la otra.
Trump necesita, además, una salida rápida por una razón política. Faltan solo unas semanas para las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, en las que los republicanos se juegan el control del Congreso. Una guerra larga y sin una victoria clara es precisamente el tipo de conflicto que el presidente estadounidense había prometido evitar.
De Irán a Omán y Corea del Sur
Es en este contexto que los analistas interpretan la agresividad creciente de Trump con los aliados. Andrew Leber, especialista en Oriente Próximo de la Carnegie Endowment for International Peace, considera que el presidente ha quedado atrapado en una situación que no puede resolver ni con superioridad militar ni con amenazas. Cuando Irán no modifica su posición, Trump dirige la presión hacia los países que tiene más al alcance.
Omán no es el único. Trump también ha criticado a Corea del Sur después de que Seúl rechazara implicarse militarmente en la guerra. Y esta semana ha publicado incluso un mapa con un círculo sobre Ormuz y territorios costeros de Irán, Omán y los Emiratos Árabes Unidos bajo la etiqueta de "NUEVO territorio de EE.UU.". El patrón es cada vez más evidente: los países que no resuelven el problema de Trump pasan rápidamente de ser aliados a convertirse en objeto de sus reproches.
El Golfo también pierde la paciencia
El problema para Washington es que la frustración es recíproca. Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Bahréin están cada vez más irritados con la gestión norteamericana de la guerra. Varios responsables árabes y occidentales explican que los gobiernos del Golfo temen que Trump sea incapaz de gestionar la diplomacia necesaria para poner fin al conflicto. "Trump empezó esta guerra y nosotros pagamos el precio", resumió un responsable del Golfo a The Washington Post. La preocupación no es solo militar. Los ataques iraníes, la inseguridad en Ormuz y las tensiones sobre las infraestructuras petroleras afectan directamente a economías que dependen de la estabilidad regional. Algunos gobiernos, como Arabia Saudí, Pakistán y Turquía, incluso han suscrito alianzas de seguridad, aunque continúan dependiendo enormemente de Estados Unidos. Washington conserva bases militares esenciales en Qatar y Bahréin y continúa siendo el gran proveedor de armas de buena parte del Golfo.
