El nuevo plan de Trump para hundir la economía de Irán: ¿funcionará?

Donald Trump ha cambiado de nuevo el rumbo de su estrategia contra Irán. Después de meses de guerra, ataques militares e intentos fallidos de llegar a un acuerdo, el presidente de Estados Unidos apuesta ahora por asfixiar la economía iraní y obligar al régimen de Teherán a ceder. Este miércoles, Trump anunció en Truth Social lo que describió como "la operación económica más devastadora jamás empleada contra ningún país" y advirtió que cualquier estado que ofrezca una vía de alivio económico a Irán también sufrirá consecuencias. 

La nueva ofensiva busca cortar las principales vías que permiten a Irán mantener ingresos a pesar de las sanciones. Trump ha señalado específicamente el contrabando de petróleo, las transferencias de dinero, las empresas pantalla, los registros de barcos y otros mecanismos utilizados para esquivar las restricciones internacionales. La Casa Blanca también mantiene el bloqueo naval de los puertos iraníes y presiona a los países que continúan comerciando con Teherán. 

Irán, acostumbrado a las sanciones

El problema para Trump es que esta política no parte de cero. Irán vive bajo sanciones económicas estadounidenses desde hace décadas y ha desarrollado una extensa red comercial para reducir su impacto. China es especialmente importante: según datos de Kpler citados por Reuters, el país asiático compró más del 80% del petróleo iraní exportado en 2025. Una persecución más agresiva de este comercio podría convertir a Pekín en uno de los principales obstáculos para la estrategia de Washington. 

Esto explica una de las grandes incógnitas del nuevo plan. Para que la estrategia funcione, Estados Unidos necesitaría la cooperación de otros países para cerrar las rutas financieras y comerciales que permiten respirar la economía iraní. Pero castigar a entidades chinas u otros actores extranjeros podría abrir nuevos frentes diplomáticos en un momento en que Trump también quiere preservar la relación con Pekín.

Los efectos de la guerra, además, ya traspasaban las fronteras de Irán. El conflicto ha reducido drásticamente el tráfico por el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz, una de las principales rutas mundiales para el transporte de hidrocarburos. Antes de la guerra, por este paso circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido en el mundo. Este jueves, el barril de Brent se acercaba a los 92 dólares, mientras los mercados continuaban asumiendo que la crisis podría prolongarse. 

El coste para EE. UU. (y Trump)

Pero la presión económica también tiene un coste para Estados Unidos. El encarecimiento de los combustibles y de los productos derivados del petróleo puede acabar afectando directamente a los hogares norteamericanos, justo cuando se acercan las elecciones legislativas de noviembre. El conflicto, que ya se aproxima a los seis meses, se ha convertido así en un problema militar, diplomático y también electoral para Trump.

Las dudas también llegan desde fuera de Washington. Daniel Citrinowicz, antiguo responsable del área de Irán en los servicios de inteligencia militar israelíes, ha advertido de que una presión económica más intensa puede causar un daño considerable, pero no necesariamente modificará los cálculos del régimen iraní. Su lectura es que Teherán puede asumir costes económicos muy elevados si considera que ceder ante Trump pone en riesgo su supervivencia política.

La respuesta iraní apunta en esta dirección. El ministro de Exteriores, Abbas Araqchi, ha calificado las amenazas de Trump de "terrorismo económico" y ha acusado a Washington de intentar desviar la atención de sus propios problemas económicos. Al mismo tiempo, responsables iraníes insisten en que Teherán sigue dispuesto al diálogo, pero que negociar no significa rendirse.

La pregunta, por tanto, no es solo si Trump puede hacer más daño a la economía iraní. Es si está dispuesto a mantener la presión durante los meses o años que podrían ser necesarios para que esta estrategia dé resultados. Después de haber anunciado varias veces una victoria inminente, el presidente afronta ahora una prueba de resistencia: determinar quién aguanta más, la economía iraní bajo presión o la paciencia política de Estados Unidos.