Europa vuelve a hablar de defensa como no lo hacía desde la Guerra Fría. Pero esta vez el debate no es teórico ni lejano. Con varios conflictos abiertos en las fronteras del continente y un orden internacional cada vez más inestable, la pregunta es incómoda: ¿puede la Unión Europea protegerse y sostenerse sola? La respuesta, hoy, todavía es no. Pero cada vez hay más voces que advierten que esta situación no es sostenible.
Un aviso desde dentro de las instituciones europeas
El director de la Agencia Europea de Defensa, André Denk, ha sido claro esta semana en un desayuno organizado por el CIDOB en Barcelona: la dependencia militar de Estados Unidos sigue siendo “significativa” y Europa debe empezar a asumir más responsabilidad en su propia seguridad. Su mensaje no es nuevo, pero sí más urgente. En un momento en que Washington redefine prioridades estratégicas bajo la línea de “America First”, la idea de que el escudo norteamericano es permanente ya no se da por garantizada en Bruselas.
Según este diagnóstico, la clave pasa por tres elementos: compras conjuntas de armamento dentro de la UE, una industria de defensa más robusta y una cooperación militar más profunda entre Estados miembros. Una cooperación que a veces puede ser difícil de acordar. En palabras del propio Denk, sería como si una familia de 27 miembros tuviera que ponerse de acuerdo para ver una película de Netflix un sábado por la noche. Difícil, pero no imposible.
El final de la seguridad “externalizada”
Durante décadas, Europa ha vivido bajo un modelo de seguridad externalizada. La OTAN, con Estados Unidos como pilar central, ha sido el garante último de defensa del continente. Este esquema ha permitido a muchos países europeos reducir gasto militar y concentrarse en el desarrollo económico y social. Pero el contexto global ha cambiado. Las guerras abiertas en diferentes puntos del planeta, la competencia entre potencias y la creciente inestabilidad en las fronteras europeas han reabierto un debate que parecía cerrado.
A esto se suma un factor político que pesa cada vez más: el regreso de Donald Trump a la primera línea del poder en Estados Unidos y su discurso reiterado sobre la necesidad de que Europa “pague más por su propia defensa”.
El reto industrial y político
El problema no es solo militar, sino estructural. Europa compra armamento, pero lo hace de manera fragmentada. Cada estado prioriza su industria, sus proveedores y sus alianzas. El resultado es un mosaico poco eficiente y muy dependiente de tecnología norteamericana.
Esta dependencia no es solo logística. También es política. En caso de crisis, la capacidad de actuación europea depende en gran parte de decisiones que se toman fuera del continente. Por eso, cada vez gana más peso la idea de una “autonomía estratégica”, un concepto que busca reducir la vulnerabilidad externa sin romper con los aliados tradicionales.
Pero convertir este discurso en realidad no es sencillo. Requiere inversión, coordinación y, sobre todo, voluntad política. La industria europea de defensa es potente pero dispersa, con grandes actores nacionales que compiten entre sí. Además, no todos los Estados miembros comparten la misma percepción de la amenaza ni el mismo nivel de ambición. Para algunos países del este, la prioridad sigue siendo reforzar el vínculo con Washington. Para otros, el camino pasa por acelerar la integración militar europea.
Un continente en transición
El debate sobre la defensa europea va más allá de la planificación militar y entra de lleno en el ámbito político y estratégico. La UE se encuentra en un momento en que debe redefinir qué papel quiere jugar en un contexto internacional marcado por la inestabilidad, los conflictos abiertos y la competencia entre grandes potencias.
Durante años, Europa ha basado su seguridad en la alianza con Estados Unidos. Esta arquitectura, sin embargo, muestra ahora signos de desgaste en un escenario global más incierto y con Washington reorientando sus prioridades. El resultado es un debate cada vez más presente en las instituciones comunitarias: ¿hasta qué punto puede Europa garantizar su propia defensa?
En este contexto, la Unión Europea se ve obligada a acelerar decisiones que durante años se han aplazado. El refuerzo de la cooperación militar, el desarrollo de una industria de defensa propia y la reducción de dependencias externas pasan de ser objetivos a largo plazo a cuestiones inmediatas. El reto para Bruselas es claro: convertir la retórica de la autonomía estratégica en capacidad real de acción. Un proceso que no será rápido ni sencillo, pero que cada vez aparece más como una necesidad que como una opción.
