La extrema derecha en Francia no había sido una amenaza electoral. Hasta ahora. Hay bastante ojeando los quioscos franceses esta semana para palpar los nervios que hay en el ambiente. Las míticas portadas de Libération han sido un buen ejemplo. "Extrema derecha, un peligro más que nunca," titulaba el jueves. Sábado, jornada de reflexión, optaba por un juego de palabras (que sólo funciona en francés): "Soyez adroits, votez à gauche" (Sed inteligentes, votáis a la izquierda). También el director de Le Monde lo advertía desde el editorial del viernes: "El rol del diario no es dar apoyo a un candidato. Pero ante el riesgo de la abstención llamamos a todo el mundo a votar y afirmamos que las candidaturas de Marine Le Pen y Eric Zemmour son incompatibles con todos nuestros principios". Y la portada del semanario Le Nouvel Observateur lo resumía: "Una elección de alto riesgo".

Este es el terreno de juego. Francia va hoy a la primera vuelta de las elecciones presidenciales en un ambiente de alta incertidumbre. Estos comicios son los que habitualmente generan más interés y las encuestas prevén una abstención récord, que llegaría hasta el 30% de los electores. Y las dinámicas son las que son. El presidente Emmanuel Macron sigue el frente, pero se ha ido desinflando y ha acabado pidiendo la hora al árbitro. En cambio, Marine Le Pen está más fuerte que nunca, a pesar de la división de la extrema derecha, y es una amenaza real. Y la izquierda sigue desaparecida del mapa, desde que en 2017 el Partido Socialista dejó el Elíseo casi por la puerta de atrás. Así, según las encuestas, el escenario más probable es que se repita la segunda vuelta de hace cinco años, Macron contra Le Pen, pero con una correlación de fuerzas bastante diferente.

Observar la campaña de Emmanuel Macron ha sido observar una no campaña. La planificó con un perfil bajísimo. Su equipo creía que le daba más réditos hacer de presidente que de candidato. Más todavía oye al presidente rotatorio de la Unión Europea y una especie de mediador entre Vladímir Putin y Volodímir Zelenski. Tan confiado estaba que rechazó cualquier debate, también en la televisión pública, y sólo ha celebrado un solo mitin. Y efectivamente el rol de líder internacional le sirvió para despuntar a los sondeos al principio, pero después acabó siendo un espejismo. Se ha impuesto otro relato, el de los precios que no paran de subir. Y también se ha impuesto la imagen de un presidente arrogante.

Hoy el poder adquisitivo es la principal preocupación de los ciudadanos franceses. Es justamente lo que hizo salir los chalecos amarillos en las carreteras hace tres años. Y ha sido el principal quebradero de cabeza del quinquenio del presidente de la República. Y le ha acabado explotando nuevamente en la cara. No sólo eso. La única polémica de la campaña ha sido suya: el escándalo de la consultora privada norteamericana McKinsey, contratada por el Elíseo y con una enorme influencia, que está siendo investigada por fraude fiscal.

La dinámica inversa a la de Marine Le Pen, que empezó la campaña con un terreno de juego muy complicado: la fotografía con Vladímir Putin de hace cinco años en el Kremlin. El 24 de febrero, día de la invasión, la candidata del Reagrupamiento Nacional tuvo que destruir millones de folletones electorales donde salía justamente esta imagen. Salió inmediatamente a rechazar, sin ambigüedades, la agresión rusa a Ucrania, que finalmente no le ha pasado factura. Al contrario, ha ido progresando encuesta tras encuesta.

Lo mismo que le ha pasado con la irrupción de Eric Zemmour: aquello que al principio le restaba, al final le ha acabado sumando. La radicalidad de Zemmour ha servido para blanquear todavía más la figura de Le Pen, que en la cartelería electoral se presenta incluso como una "mujer de Estado". Además los analistas coinciden en que ha hecho una campaña muy sólida, incluso moderada, evitando las estridencias. No le ha hecho falta ni renunciar a su programa ni a sus propuestas contra la inmigración, que mantiene intactas. La extrema derecha hoy puede sumar un tercio de los votos en conjunto.

O lo que es lo mismo: los dos candidatos de la extrema derecha pueden sumar más votos que los seis de la izquierda a las encuestas. El único de entre los seis que tiene unas pocas posibilidades de colarse por sorpresa a la segunda vuelta es la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon, que ha ido progresando durante la campaña. En cambio, el Partido Socialista, con Anne Hidalgo al frente, sigue en caída libre desde su salida del Elíseo. La política apadrinada por Pedro Sánchez y Ada Colau –que se han mantenido en silencio estas semanas– no pasaría del 2%. El partido de François Mitterrand, Lionel Jospin o François Hollande no superaría el 2%.

Como tampoco levanta cabeza la otra gran pata del sistema político de la Quinta República, la derecha gaullista: Valérie Pécresse, de Los Republicanos, podría quedar en quinta posición, con menos del 10% de votos. Es sintomático que el expresidente Nicolas Sarkozy haya evitado darle apoyo.

Abstencionistas e indecisos

Todas las encuestas durante la campaña electoral, y antes, señalan el mismo escenario: Emmanuel Macron ganando el primer round y Marine Le Pen clasificándose para la segunda vuelta. En esta segunda vuelta es donde se complicaría más todo. El sondeo de Elabe de este viernes daba un 51% al actual presidente de la República y un 49%. Se ha reducido considerablemente el margen: hace un mes, el mismo estudio pronosticaba un cojín de doce puntos, de 61% contra 49%. Muy lejos todavía queda el 66%-33% de las elecciones de hace cinco años.

En el escenario que salga de la primera vuelta jugará un papel clave la abstención, que muchas encuestas sitúan en la cifra récord (en una presidenciales) del 30%. Otros sondeos muestran que uno de cada cinco franceses decidirá su voto durante el fin de semana. Los expertos consultados señalan que la clave estará en la abstención diferencial: quién se moviliza o desmoviliza más.

Es ya la tercera bola de partido de la extrema derecha en Francia. El Jacques Chirac vs. Jean-Marie Le Pen de 2002 fue un accidente, fruto de la alta abstención. En 2017, a pesar de haber trabajado la clasificación, ya se daba por descontado que Emmanuel Macron derrotaría a Marine Le Pen. Pero, ¿y en 2022? Todas las miradas están ya puestas en la segunda vuelta, en el domingo 24 de abril. "Nada es imposible", decía Le Pen en el cierre de campaña en Perpinyà.