En medio de la nueva guerra que sacude el Próximo Oriente, una vieja cuestión vuelve a aparecer con fuerza: el futuro de los kurdos. Con entre 30 y 40 millones de personas repartidas entre Turquía, Irán, Irak, Siria y Armenia, son considerados el pueblo sin estado más grande del mundo. A pesar de tener lengua, cultura e identidad propias, nunca han conseguido consolidar un país propio.
Su historia moderna está marcada por una paradoja. Después de la Primera Guerra Mundial y la desintegración del Imperio Otomano, el mapa del Próximo Oriente se redibujó sin tener en cuenta las aspiraciones kurdas. Desde entonces, han quedado divididos entre varios estados, a menudo atrapados en conflictos regionales y enfrentados a gobiernos que han intentado reprimir su nacionalismo. Esta situación ha alimentado una expresión que resume su experiencia histórica: los kurdos, a menudo dicen, “no tienen más amigos que las montañas”.

Cultura e identidad propias
A pesar de estar dispersos en diferentes países, los kurdos comparten una identidad cultural clara. Su lengua, emparentada con el persa, tiene varios dialectos, y su cultura incluye tradiciones, música, gastronomía y vestimentas propias.
La mayoría son musulmanes sunitas, pero también hay minorías religiosas significativas. El nacionalismo kurdo moderno comenzó a tomar forma a finales del siglo XIX, cuando diversos movimientos políticos e intelectuales comenzaron a reclamar autonomía o independencia.
Durante el siglo XX, sin embargo, estas aspiraciones chocaron repetidamente con intereses geopolíticos más amplios. Diversas potencias occidentales, primero el Imperio Británico y más tarde los Estados Unidos, prometieron en diferentes momentos apoyo a las aspiraciones kurdas, pero estas promesas raramente se materializaron.
Represión y conflictos
En muchos países de la región, la historia kurda ha estado marcada por la represión. En Turquía, el conflicto entre las fuerzas de seguridad y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) ha provocado más de 40.000 muertos desde los años ochenta y ha desplazado a cientos de miles de personas.
En Irak, el régimen de Saddam Hussein protagonizó una de las campañas más brutales contra la población kurda. A finales de los años ochenta, el gobierno iraquí utilizó armas químicas contra poblaciones del norte del país. Después de la guerra del Golfo de 1991, sin embargo, los kurdos lograron establecer una región autónoma que aún hoy gobiernan.

En Irán, las zonas kurdas también tienen una larga tradición de resistencia al poder central. El territorio fue uno de los epicentros de las protestas de 2022, desencadenadas por la muerte bajo custodia de Mahsa Amini, una joven iraní de origen kurdo. Más recientemente, las movilizaciones contra el gobierno a finales de 2025 y principios de 2026 también tuvieron una fuerte presencia kurda.
Combatientes experimentados
La historia de conflictos ha convertido a las milicias kurdas en fuerzas militares experimentadas. Los peshmerga, nombre que significa aproximadamente “los que afrontan la muerte”, han sido durante décadas el principal instrumento de defensa kurdo. Su papel fue especialmente relevante durante la guerra contra el Estado Islámico en Siria y en Irak, cuando actuaron como fuerza terrestre clave para la coalición liderada por los Estados Unidos. Su conocimiento del terreno y su movilidad han compensado a menudo la falta de armamento pesado. Según analistas citados por el diario británico The Guardian, estas milicias podrían volver a jugar un papel importante en el contexto actual si Washington decidiera apoyar a grupos kurdos opositores al régimen iraní.
Un factor potencial en la guerra
En este escenario, los combatientes kurdos podrían intentar controlar zonas de mayoría kurda al oeste de Irán con el apoyo aéreo de Estados Unidos. El objetivo no sería tanto avanzar hacia el interior del país como obligar a Teherán a desviar recursos militares hacia la frontera. Esto podría debilitar al gobierno iraní y, potencialmente, animar a otras minorías del país a rebelarse.

Sin embargo, los riesgos son evidentes. Los líderes kurdos lo saben mejor que nadie: a lo largo de la historia, las intervenciones de potencias externas a menudo han terminado dejando a las comunidades kurdas expuestas a represalias.
Por eso, al menos de momento, los principales dirigentes del Kurdistán iraquí insisten en que mantendrán una posición de neutralidad. Una decisión que refleja una lección repetida a lo largo de décadas de conflictos: cuando estallan las guerras en Oriente Próximo, los kurdos suelen quedar atrapados en medio.