La Unión Europea ha aprobado finalmente el paquete de ayudas a Ucrania después de meses de bloqueo marcados por el veto de Hungría, en un giro que llega poco después de la derrota de Viktor Orbán en las elecciones nacionales. Los embajadores de los Veintisiete han acordado este miércoles en Bruselas dar luz verde al préstamo de 90.000 millones de euros para Kiev, así como al vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, una doble decisión que había quedado encallada por la falta de unanimidad. El desbloqueo se ha producido al constatarse que Budapest ya no mantiene su veto, imprescindible para modificar el presupuesto comunitario, así como en un contexto marcado también por la reactivación de infraestructuras clave en Ucrania, como el oleoducto Druzhba, y después de que otros países reticentes, como Eslovaquia, hayan acabado retirando sus objeciones.
A pesar del aval político de los embajadores, la activación efectiva del préstamo todavía requiere un último trámite formal por parte del Consejo, que debe validarlo por procedimiento escrito, un paso que se prevé que se complete el jueves. Una vez superado el proceso, se podrán empezar a movilizar los primeros fondos hacia Ucrania. En cuanto al nuevo paquete de sanciones contra Rusia, las medidas de carácter económico se aplicarán de manera inmediata después de la adopción oficial, mientras que las sanciones individuales —como la inclusión de oligarcas y entidades en listas negras— no entrarán en vigor hasta que los nombres correspondientes sean publicados en el Diario Oficial de la Unión Europea (DOUE).
El camino para el desbloqueo de las medidas no ha sido fácil. Este mismo miércoles el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, ha anunciado que ya se han completado las reparaciones de el oleoducto Druzhba, una infraestructura estratégica para el suministro de petróleo ruso hacia el centro de Europa que había quedado fuera de servicio después de un ataque. Según ha explicado el mandatario, los trabajos se han llevado a cabo “tal como se acordó con la Unió Europea”, y permiten “reanudar el funcionamiento” de la arteria energética.
El giro, sin embargo, se explica sobre todo por el cambio político en Hungría después de la derrota de Orbán en las elecciones ante Péter Magyar. Durante meses, el gobierno del ultranacionalista había mantenido una posición sistemáticamente contraria a las iniciativas europeas de apoyo a Ucrania, bloqueando ayudas, sanciones a Rusia e incluso negociaciones presupuestarias a largo plazo. Su alineamiento con Moscú había generado fuertes tensiones en Bruselas, hasta el punto de que algunos socios comunitarios veían a Hungría como un caballo de Troya del Kremlin. En este contexto, la cuestión del oleoducto Druzhba había sido uno de los principales puntos de fricción con Kiev y una de las justificaciones utilizadas por Budapest para mantener el veto a cualquier medida favorable a Ucrania.
El bloqueo húngaro llegó a un punto crítico cuando Budapest decidió frenar el desembolso de los 90.000 millones de euros destinados a cubrir las necesidades financieras de Kiev, así como cualquier otra iniciativa favorable a Ucrania. Esta posición supuso una ruptura inédita de los compromisos adoptados por los Veintisiete en la reunión del diciembre pasado, y provocó una fuerte reacción dentro de la Unión Europea. Varios líderes expresaron su malestar, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, calificó la decisión de “completamente inaceptable”, advirtiendo que ningún estado miembro tiene derecho a desdecirse de los acuerdos adoptados colectivamente en el marco europeo.
