Todo apuntaba a una histórica derrota de Viktor Orbán. Los sondeos previos a las elecciones, las manifestaciones masivas en Budapest y, sobre todo, una participación récord hacían pensar que el primer ministro con más años de mandato de la Unión Europea perdería el poder. Y así ha sido. El recuento de votos al 87% muestra una victoria del partido opositor Tisza, que asciende hasta los 138 diputados, superando así la mayoría absoluta. Fidesz se hunde, con 54 escaños, mientras que la única formación fuera de la lucha bipartidista que se mantendrá en el parlamento, el Movimiento Nuestra Patria, es la tercera fuerza con 7 representantes.

Orbán, en el poder desde 2010, había consolidado un modelo que él mismo ha definido como una “democracia iliberal”, situado a medio camino entre los estándares europeos y un sistema más autoritario, que le había valido aliados en la extrema derecha tanto en Europa como en Estados Unidos. Sin embargo, este sistema ha ido perdiendo apoyo en los últimos años, erosionado por el estancamiento económico, el aumento del coste de la vida y la percepción de enriquecimiento de oligarcas cercanos al gobierno. Aquí es donde Péter Magyar se ha erigido en la principal fuerza opositora, llegando a ganarle en las elecciones con una victoria clara. El antiguo aliado de Orbán ha conseguido que su partido capitalice el voto de castigo, con promesas sobre combatir la corrupción, recuperar los fondos europeos bloqueados e impulsar reformas en ámbitos clave como la sanidad.

El resultado tenía implicaciones que van mucho más allá de un solo mandato. Para Magyar, el objetivo no era solo conseguir la mayoría absoluta de los 100 escaños, sino alcanzar la mayoría de dos tercios —133 diputados— necesaria para impulsar reformas profundas y revertir el sistema iliberal construido por Orbán. Con una mayoría simple, el nuevo gobierno debería convivir con instituciones todavía dominadas por el antiguo poder, fruto de un proceso iniciado en 2010 con el denominado Sistema de Cooperación Nacional, que permitió al líder de Fidesz orquestar una remodelación de la élite del aparato estatal, administrativo y judicial, llenando cargos clave con sus fieles. Esto se acaba ahora. De confirmarse la supermayoría de Tisza, Magyar podrá deshacer este entramado corrupto consolidado durante más de una década.

La sombra del Kremlin

La guerra en Ucrania ha sido uno de los ejes centrales de la campaña, con Orbán situando a Kyiv como la principal amenaza para el país y presentando los comicios como una elección entre “guerra o paz”. El líder ultranacionalista ha llegado a vincular directamente a la oposición con el conflicto, con carteles en los que aparecía Volodímir Zelenski junto a Magyar. No obstante, el debate también ha puesto el foco en su relación con Moscú. En los últimos días han trascendido informaciones sobre la coordinación entre Budapest y el Kremlin para bloquear decisiones de la Unión Europea, incluido un audio en el que el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, se ofrece a facilitar documentos a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, sobre la adhesión de Ucrania y las sanciones a oligarcas.

Cartel contra Magyar con Zelenski a su lado
Cartel contra Magyar con Zelenski a su lado

En este contexto, el debate sobre la injerencia ha sido latente. Orbán ha denunciado la existencia de una supuesta operación extranjera para desacreditar las elecciones y provocar disturbios, advirtiendo que el "cambio es peligroso" y presentando a Fidesz como la única opción segura. “El domingo no solo está en juego el gobierno, sino el destino del país”, afirmaba el viernes, alertando de que se podría “perder todo lo que hemos construido juntos”. Diga lo que diga Orbán, el apoyo internacional más visible ha jugado a su favor. La administración de Donald Trump ha expresado abiertamente su apoyo al ultranacionalista, culminado con la visita del vicepresidente JD Vance, que cargó contra la "vergonzosa" —y falsa— interferencia de la Unión Europea. El propio Trump pidió el voto por Orbán: “Me sentí orgulloso de apoyar a Viktor para su reelección en 2022, y me siento honrado de hacerlo de nuevo”.

Orbán reconoce la derrota

Los analistas apuntaban que, de darse un resultado ajustado, Orbán y su entorno podrían poner en duda la legitimidad de las elecciones, convirtiendo el recuento en una batalla política y mediática. Sin embargo, la amplitud de la victoria de Tisza ha dejado poco margen para la controversia y al ultranacionalista no le ha quedado más remedio que reconocer los resultados. En un breve discurso, el hasta ahora primer ministro ha calificado el desenlace de "doloroso, pero claro" y ha reconocido que los húngaros no le han dado a Fidesz "la responsabilidad ni la oportunidad de gobernar", poniendo fin a más de una década de dominio político casi incontestado.

El fin del bloqueo en Bruselas

La victoria de Magyar abre un nuevo escenario en las relaciones entre Hungría y la Unión Europea, que durante años habían estado marcadas por el choque constante con Orbán. El líder de Fidesz se había convertido en uno de los principales obstáculos dentro de la institución comunitaria, frenando las sanciones contra Rusia y bloqueando decisiones clave sobre la guerra de Ucrania, como el préstamo de 90.000 millones de euros para Kiiv acordado en diciembre. Con el cambio de gobierno, Bruselas confía en una etapa de mayor diálogo, aunque sin giros radicales. Magyar ya ha avanzado que mantendrá el veto a la adhesión de Ucrania a la Unión Europea y que la reducción de la dependencia energética de Rusia será progresiva. Sin embargo, se prevé una actitud menos obstructiva. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo ha resumido con un mensaje claro: "Hungría ha elegido Europa. Europa siempre ha elegido Hungría. Un país reclama su camino europeo. La Unión se fortalece".