Hay blancos pensados para disfrutar de la frescura y la inmediatez, y blancos que invitan a beberlos pausadamente en la mesa. Hoy proponemos uno de cada, ambos catalanes y con una historia propia que vale la pena conocer antes de descorchar la botella. Hablamos del Vents de Vilalba, de Cellers Unió (DO Terra Alta) y del Terrers de Llicorella Garnatxa Blanca 2022, de la Vinícola del Priorat.
Dos blancos únicos del sur de Catalunya
Vents de Vilalba, de Cellers Unió, es una parellada de la DO Terra Alta con una particularidad que llama la atención: tiene solo 9% vol. de alcohol y lo consigue de manera natural, sin ningún proceso de desalcoholización. El secreto está en el viñedo y en el calendario. La parellada es una variedad que acumula pocos azúcares, y la bodega adelanta la vendimia para conservar toda la frescura y limitar el grado potencial. Los viñedos crecen mayoritariamente en suelos de panal, tan característicos de la zona, y el resultado es un vino blanco muy fresco y que tiene solo 9% vol. de alcohol. Destaca por los aromas de manzana, pera y cítricos, y una boca suave y fresca donde la acidez propia de la variedad aporta vivacidad y equilibrio. Es un vino pensado para el aperitivo y las tapas de marisco, pero también para la cocina de hoy: sushi, ceviches o poke bowls de salmón y aguacate. Se sirve entre 8 y 10 °C y es una buena respuesta para quien busca vinos con menos alcohol sin renunciar a los vinos auténticos y bien elaborados.
La ligereza hecha virtud de una parellada de 9 grados y la expresión concentrada del terruño de una garnacha blanca de viñas viejas
Terrers de Llicorella Garnatxa Blanca 2022, de la Vinícola del Priorat, parte de una filosofía muy diferente. La bodega es la heredera de las cooperativas fundadas desde 1917 en Gratallops, el Lloar, la Vilella Alta y la Vilella Baixa, y agrupa a 140 familias que trabajan más de 300 pequeñas parcelas. Este blanco nace de viñas viejas de más de 65 años plantadas en laderas de la Vilella Baixa y la Vilella Alta, y se han hecho solo 1.269 botellas. La elaboración es pausada: vendimia manual, fermentación en barricas nuevas de roble francés y tres meses de reposo en estas mismas barricas en contacto con las lías, antes de acabar de afinarse en botella. En nariz es complejo, con toques de cedro, bizcocho, masa de pan y manzana asada. En boca es amplio y untuoso, pero una acidez refrescante mantiene el equilibrio entre la crianza y la fruta madura hasta un final largo. Un blanco de mesa, que pide platos con cuerpo: carnes asadas, pescados al horno o quesos con cierta curación.
Dos vinos, dos denominaciones del sur de Catalunya y dos filosofías casi opuestas: la ligereza hecha virtud de una parellada de 9 grados y la expresión concentrada del terruño de una garnacha blanca de viñas viejas. Ambos, sin embargo, demuestran que el blanco catalán tiene mucho más recorrido del que a menudo le atribuimos.
