Solemos asociar el kebab a un tipo de comida de poca calidad, vulgar y sucia. Un plato extranjero y grasiento que solo sirve para solucionar una cena improvisada. Y no. El kebab es delicioso. Está claro que hay kebabs malos, igual que hay malas pizzerías o restaurantes de cocina catalana donde es mejor no poner los pies. Pero incluir todos los locales de kebab en el mismo saco sería injusto. Y prueba de ello es Kevabrö, un restaurante que se ha hecho muy popular en las redes sociales por la calidad de su producto, pero sobre todo por su estilo y estética particulares.
Un caos ordenado
Para conocer más de cerca la propuesta de Kevabrö, me acerco al local de la plaza Doctor Letamendi, en el Eixample. Es uno de los tres restaurantes que el grupo tiene en Barcelona, junto con el de Sants y el de Sagrada Família. Kevabrö hace poco más de un año que abrió. Desde entonces no han parado de crecer: quieren cerrar el 2026 con cinco locales en Barcelona, expandirse al extranjero durante el 2027 y superar unas ya espectaculares cifras de facturación. En 14 meses han vendido más de 350.000 kebabs (es decir, más de 800 al día). Entre todos los restaurantes venden 14 toneladas de carne cada mes. Unas cantidades que se explican gracias a un modelo muy bien pensado y ejecutado que, por encima de todo, prioriza la calidad de la comida que sirve.

El kebab te puede gustar más o menos, pero saber distinguir uno bueno de uno demasiado grasiento es importante para no sufrir las consecuencias
Entrar en Kevabrö es como entrar en cualquier kebab de barrio. El local es pequeño, con el clásico escaparate de productos a la derecha, los hornos rotatorios detrás y un pequeño espacio con un par de mesas alargadas —de esas en las que comes en comunidad con quien se te siente al lado. La estética está cuidada hasta el último detalle. Todo parece gastado, usado y trabajado; porque realmente lo está. Pero aquí no han dejado nada al azar. Encima del mostrador, lugar desde el cual también se cogen los pedidos, hay un cartel que anuncia los diferentes platos que se pueden escoger. Un rojo llamativo, acompañado de amarillos chillones y las tipografías más básicas del Microsoft Word, muestra con detalle y una cierta sensación de caos la oferta del restaurante. A pesar de la dopamina que genera mirar el cartel, la oferta es clara y sencilla: dos formatos (dürum o döner), tres recetas (Og Ahmed, Berlín 1972 o Tandoori) y cuatro rellenos (falafel, pollo, ternera o mixto). Entremedio, estridencias amarillas con el precio y alguna broma, como el extra de "sudor de Ahmed" por tres euros, redondean un cartel autoparódico que define a la perfección la filosofía del restaurante.
Producto de calidad y una buena digestión
No son pocas las veces que mi barriga se ha quejado después de comer un kebab con los amigos. Un cliché demasiado a menudo cierto que en Kevabrö no se reproduce. A pesar de haberme atiborrado como un ternero, después de comer lo he digerido todo bien. Es lo que pasa cuando lo que comes es bueno. El kebab te puede gustar más o menos, pero saber distinguir uno bueno de uno demasiado grasiento es importante para no sufrir las consecuencias. En el restaurante me recomiendan diligentemente, y en catalán, la mejor opción para poder probar un poco de todo. Y una vez servidos, con la ayuda de un amigo, empieza el festín.

Delante nuestro tenemos dos bandejas con un döner mixto del Og Ahmed, un dürum de ternera del Berlín 1972 y un dürum de pollo del Tandoori. También una degustación de falafel, patatas fritas, hummus, salsa de yogur, salsa picante y dos postres. Un auténtico festival que suma un total de 44 €. Teniendo en cuenta la ingente cantidad de comida por un precio por cabeza similar al de un menú de mediodía, queda claro que la relación cantidad-precio de Kevabrö es inmejorable. Porque quien viene a comer aquí no acostumbra a pedir todo esto; con un kebab y una bebida sales comido por 10 €.
Kevabrö puede parecer un invento para gentrificar el kebab, pero es un restaurante muy coherente que está haciendo las cosas bien
Que haya mucha comida no significa que no sea buena. Todo sabe a lo que tiene que saber. Envuelto en un pan flexible y crujiente, el pollo es jugoso, la ternera es muy sabrosa y las salsas y condimentos son caseros y muy equilibrados. Mi favorito es el Tandoori de pollo, pero las opciones mixtas y de ternera, tanto en formato dürum como döner, también son muy buenas. En definitiva, Kevabrö puede parecer un invento para gentrificar el kebab, pero es un restaurante muy coherente que está haciendo las cosas bien. Prioriza la calidad, mantiene unos precios muy asequibles y utiliza el humor como recurso para crear una comunidad fiel.