Una butifarra excepcional y cocina catalana para enamorar a los gourmets

¡Hola, hola, gourmeteros! Hay calles de Barcelona que, con el paso de los años, acaban asociadas a una determinada cocina. Si algunos rincones de la ciudad se han convertido en puntos de referencia para los restaurantes asiáticos, la calle Sicília tuvo durante mucho tiempo una pequeña identidad vasca. En el número 202, de hecho, estaba el Udala, un restaurante de cocina vasca que formó parte del paisaje gastronómico de la zona durante décadas y que estaba vinculado a la familia del exjugador de baloncesto Nacho Solozábal. A pocos metros, en el número 180, también estaba el Jaizkibel, otra casa de cocina vasca. Hoy, aquella huella gastronómica se ha ido desvaneciendo, pero en la misma calle hay una brasería que, sin ser vasca, sabe tratar la carne con una destreza que haría feliz a cualquier buen comedor del norte.

Hablamos de Vic Braseria, en el número 202 de la calle Sicília, un restaurante de cocina catalana y brasa que pone el producto en el centro de todo. El nombre ya da pistas sobre una de sus grandes apuestas: la carne, con una atención especial a los productores de confianza y a los ingredientes de proximidad, muchos de los cuales llegan de la comarca de Osona. Pero reducir la casa a una brasería sería quedarse corto. La carta combina recetas de toda la vida con algunas elaboraciones que sorprenden, sin perder de vista el gusto ni la generosidad.

El espacio acompaña. Es un local muy agradable, decorado con gusto, elegante sin resultar encorsetado y lo suficientemente desenfadado para sentirse cómodo tanto en una cena como en una comida de trabajo o un encuentro con amigos. A mediodía, además, ofrecen un menú a un precio asequible que ha ayudado a convertirlos en una dirección conocida por los trabajadores de la zona y por los vecinos de toda la vida. Entre los clientes hay también representantes de la vida política barcelonesa, dada la proximidad de diversas sedes de partidos. Una clientela diversa que confirma que el restaurante funciona más allá de las ocasiones especiales.

Carpaccio de Wagyu
Carpaccio de Wagyu

Croquetas sin bechamel

Empezamos con dos de las estrellas de la casa: las croquetas de carne de olla y las de pollo a la catalana. La primera sorpresa llega cuando nos explican que no llevan bechamel. De entrada, podríamos pensar que esto las hará secas o demasiado compactas, pero pasa justamente lo contrario. Son melosas, sabrosas y tienen una textura muy agradable, de esas que invitan a hacer otra. La de pollo a la catalana esconde, además, una ciruela dentro, como la que encontraríamos en el plato tradicional. Un detalle que conecta la croqueta con la memoria de la cocina catalana.

Les croquetes de la Vic Braseria
Las croquetas de la Vic Braseria

La brandada de bacalao con tostaditas continúa en una línea más delicada. Tiene una textura finísima, casi de crema, y un gusto suave que permite disfrutar del bacalao sin que nada lo tape. La brandada, por su parte, se acaba con aceite Rifer, del Montseny, un toque que pone en valor un producto del territorio y redondea un plato tan sencillo como efectivo. Después llega el cap de llom, acompañado de pan de coca con tomate. El corte de cerdo, de calidad y cortado bien fino, y el pan pasado por la brasa.

Wagyu japonés: cuando la carne se deshace en la boca

Entre los platos que más nos sorprenden está el carpaccio de wagyu, elaborado con carne que el restaurante recibe a través de un distribuidor de confianza, gran conocedor de su cocina, que les hace llegar producto directamente de Japón. El wagyu es una carne bovina conocida por su marmoleado, es decir, por las finas vetas de grasa intramuscular que le dan una textura especialmente tierna y jugosa. Cuando se presenta en un carpaccio, esta grasa se funde con la temperatura de la boca y deja una sensación casi sedosa.

Aquí lo acompañan unos puntos de mayonesa de wasabi muy sutiles, lejos de cualquier picante que pueda eclipsar la carne, y un toque de aceite de trufa. El conjunto es equilibrado y delicado: los acompañamientos están para sumar, no para robar protagonismo al producto.

El wagyu vuelve a aparecer en otro bocado que nos hace levantar las cejas: el bikini. Dos cortes de carne entre dos rebanadas de pan de molde pasadas por la sartén con mantequilla. Es sencillo, sí, pero también es una pequeña fantasía. El pan queda dorado y crujiente por fuera, mientras que el relleno convierte cada bocado en una celebración de la carne.

El bikini de la Vic Braseria
El bikini de la Vic Braseria

Entremedias, la selección de quesos catalanes de kilómetro cero nos recuerda que el territorio también se puede recorrer a través de la leche: los hay de vaca, de oveja y de cabra, acompañados de mermelada de higos —ahora que es temporada— y nueces caramelizadas. Una combinación redonda, con el contrapunto dulce y crujiente que pide un buen surtido de quesos.

Y todavía hay lugar para una alcachofa confitada, tierna hasta el punto de que se puede comer entera, servida con una crema de alcachofa y acabada a la brasa. El fuego deja esa nota ahumada que transforma un producto de temporada en un plato con personalidad propia.

La butifarra que justifica una segunda visita

Llegamos a los principales y aquí la brasa se pone seria. La butifarra clásica llega a la mesa enroscada, tal como la encontraríamos en la carnicería, acompañada de judías —o secas, que cada uno las llame como quiera— y alioli. Tiene el punto de cocción, el sabor y la textura que esperas de una gran butifarra. Nos atrevemos a decirlo: es una de las mejores que hemos probado nunca.

Y es precisamente este plato el que ya nos hace pensar en una segunda visita. En Vic Braseria trabajan una degustación de butifarras con sabores que cambian según la temporada. Nos explican que pronto llegará una con castañas, y también nos hablan de la butifarra de músico, inspirada en la combinación de frutos secos tan vinculada a los postres catalanes. La idea es tan original que nos quedamos con ganas de volver antes incluso de haber terminado la cena.

Botifarra clàssica
Botifarra clàssica

Pero todavía falta una de las grandes piezas de la casa: la media de ternera (el 'chuletón'), servida a cortes, con un interior rosado que entra por los ojos y una proporción de grasa que aporta sabor sin hacerse pesada. La carne es tierna de verdad y llega acompañada de una piedra caliente, para quien quiera terminar de cocer algún corte a su gusto, y sal gorda para añadir si lo considera necesario.

En la mesa también encontramos chimichurri, más alioli, patatas al caliu y unas patatas fritas caseras que son un vicio. Es un plato contundente, generoso e ideal para compartir; de esos que piden buena compañía y un poco de paciencia para disfrutar sin prisas.

La mitjana de la Vic Braseria
Vic Braseria

Higos al horno y una promesa de regreso

Con el depósito a punto de desbordar, cerramos la comida con unas higueras al horno con nata. No son un postre ligero en el sentido estricto de la palabra, pero sí una manera amable de acabar sin cargar todavía más el menú de dulzura. La crema catalana, uno de los clásicos que también triunfan en la casa, queda pendiente para la próxima vez.

Porque sí, volveremos. Por las butifarras de temporada, por aquella de castañas que ya nos han hecho salivar, por la crema catalana que no hemos podido probar y, también, por la calçotada urbana que nos han explicado que preparan. Vic Braseria es una casa que combina el respeto por la cocina catalana con una brasa bien trabajada y un producto que habla por sí solo. No necesita grandes artificios ni discursos grandilocuentes: necesita hambre, buena compañía y tiempo para disfrutar de cada plato.