Hace unos días hablaba con una amiga que hace un montón de años dejó de vivir en Barcelona. Me anunció que vendría a pasar unos días pronto. "Me gustaría dar una vuelta por mi antiguo barrio y comer en aquel restaurante tan bueno", me dijo. Yo acepté encantada asistir a aquel peregrinaje gastronómico y urbano que seguramente estaría repleto de recuerdos, antiguos y nuevos. Y me hizo pensar en las veces que viajamos para comer.
Sea lejos o cerca, cogiendo el avión o quizás solo el metro, cuando visitamos un restaurante fuera de nuestra órbita es por diversos motivos, pero siempre nos mueve la emoción. Por un lado, quizás queremos satisfacer nuestra curiosidad gastronómica y, por el otro, sentir que volvemos a un lugar donde hemos sido felices anteriormente. La anticipación del viaje nos pone nerviosos gratamente y es gran parte del tema. Ir allí nos hace soñar con lo que encontraremos. Llegar allí nos llena el corazón. Y salir contentos nos refuerza, nos hace sentir vivos.
Y ahora que ya estamos cerca de celebrar una nueva edición de la Guía Michelin, gala que tendrá lugar el próximo 1 de diciembre en Huesca, no está de más recordar que, al fin y al cabo, estamos aquí, bien interesados en cuestiones del comer y del beber, en buena parte gracias a esta casa de neumáticos
Por eso los peregrinajes se hacen tanto en los lugares donde nunca hemos estado como en aquellos a los que volvemos siempre que podemos. Pienso en cruzar el Besòs hasta Badalona para desayunar chino o comer en Almarge, en acercarse en coche hasta la Fonda Sala, 539 Plats Forts o hasta Villa Más, o en volar a Bilbao para bajar a Axpe y comer en Etxebarri. Estos peregrinajes, en cierta manera, me hacen pensar en las visitas de coleccionistas de arte al taller de los artistas, en Paul Durand-Ruel visitando a Berthe Morisot o Claude Monet. Iban para conocer, para captar de cerca la obra, para aprender algo. Y así vamos los gastrónomos, aunque la cocina no sea un arte, pero con una misma cosa en común: una fuerte ilusión por conocer y entender qué se hace en aquella casa.
Este año he visitado algunos restaurantes muy lejanos: el que más lo era respecto a casa, Eksted, en Estocolmo; el más remoto, en general, por estar lejos de todo y de todos, Knystaforsen, en medio del bosque sueco. Es cierto que los caminos hacia los restaurantes, si son largos o tienen alguna peculiaridad, todavía ponen las emociones más a flor de piel. En verano hice un trayecto en taxi con los ojos vendados por dentro de Barcelona. Hace unos años, una noticia de última hora me hizo coger inmediatamente un taxi de Donostia a Getaria para comer en Elkano. Cuando aterricé en Shanghái hace dos años, atravesar la ciudad por primera vez para probar unos xialongbao fue exhilarante.
Y ahora que ya estamos cerca de celebrar una nueva edición de la Guía Michelin, gala que tendrá lugar el próximo 1 de diciembre en Huesca, no está de más recordar que, al fin y al cabo, estamos aquí, bien interesados en cuestiones de la comida y de la bebida, en buena parte gracias a esta casa de neumáticos que ahora ya hace 126 años supo combinar en una estrategia de marketing muy hábil su necesidad de vender con la pasión de todos los franceses: la gastronomía. Hacer una lista suculenta de lugares donde comer bien era un gran aliciente para desplazarse y gastar rueda. Negocio redondo, como Bibendum, que ha sabido cautivar a más de 45 países de todo el mundo.
