Cuando pensamos en los efectos del cambio climático, es fácil imaginar grandes transformaciones del paisaje, olas de calor o sequías. Pero hay otro cambio que puede acabar llegando directamente a nuestra mesa: lo que comemos también está condicionado por el clima.
Los alimentos no crecen en cualquier lugar ni en cualquier condición. Necesitan unas temperaturas determinadas, agua, unas horas de frío, un calendario concreto de floración y cosecha… Cuando estas condiciones cambian, también lo puede hacer la manera de producirlos.
Y esto no significa necesariamente que dejaremos de encontrar determinados alimentos en el supermercado. Significa que algunos cultivos deberán adaptarse a un clima diferente. Una cuestión especialmente pertinente en una semana que culmina el 24 de octubre, Día Internacional contra el Cambio Climático, una fecha que invita a poner el foco en cómo el calentamiento global está transformando también aspectos muy cotidianos de nuestra vida.
No todos los cultivos lo tienen igual de fácil
En Catalunya, el sector agrario depende especialmente de las condiciones meteorológicas. En 2025, el 73 % de la superficie agrícola declarada era de secano, es decir, cultivos que dependen principalmente del agua de lluvia.
La situación hace que la disponibilidad de agua sea especialmente relevante a la hora de decidir qué se cultiva y cómo. La sequía, las temperaturas elevadas o los episodios meteorológicos extremos pueden afectar el rendimiento de una cosecha, según la evaluación estatal de los riesgos del cambio climático.
La fruta es un buen ejemplo. En Catalunya, la producción de fruta dulce se concentra sobre todo en Lleida, que en 2025 reunía el 83,5 % de la superficie productiva y el 84,6 % de la producción. El sector trabaja con cultivos como la manzana, la pera, el melocotón y la nectarina, todos ellos muy vinculados a unas condiciones meteorológicas concretas.
Cambiar las variedades para mantener los alimentos
Ante este escenario, una de las respuestas es adaptar los cultivos. Esto puede significar buscar variedades más resistentes al calor o a la falta de agua, modificar los calendarios de plantación y cosecha o mejorar los sistemas de riego.
El olivo es un ejemplo. En Catalunya, el regadío ha aumentado un 32,9 % en una década. Esta evolución forma parte de los cambios que está experimentando el sector para adaptarse a unas condiciones de producción también cambiantes.
También el vino está experimentando esta necesidad de adaptación. La sequía extrema de los años 2023 y 2024 comportó una caída de la producción vitivinícola catalana, mientras que la campaña de 2025 se recuperó con fuerza.
¿Y qué acabaremos comiendo?
La respuesta no es que el cambio climático haga desaparecer de golpe la manzana, el aceite o el vino. Es más sutil. Puede cambiar dónde se producen, qué variedades se cultivan, cuándo se cosechan y qué recursos son necesarios para obtenerlos.
A largo plazo, esto también puede modificar el paisaje agrícola e incluso los alimentos que consideramos propios de un territorio. Algunos cultivos pueden perder protagonismo en determinadas zonas mientras otros, más adaptados al calor o a la falta de agua, ganan espacio.
Por eso, cuando hablamos de cambio climático, también hablamos del futuro de nuestra despensa. El clima no solo condiciona cómo será el paisaje: también puede acabar condicionando qué ponemos en el plato.