Borriana (País Valencià), invierno de 1856. Hace 170 años. Los jornaleros del propietario agrario Josep Polo de Bernabé plantaban los primeros mandarinos destinados a la producción y comercialización masiva. El naranjo y el mandarino estaban presentes en el País Valencià desde la época andalusí (siglos VIII a XIII); pero no habían pasado de la categoría de árboles ornamentales de jardín. A mediados de la centuria de 1700, las comarcas centrales del País Valencià habían vivido el inicio del proceso de plantación y producción masiva de naranjos. Pero, ¿por qué los mandarinos no acompañaron aquella iniciativa primigenia? ¿De dónde procedían aquellos primeros árboles mandarinos que Polo de Bernabé plantó en Burriana? Y, sobre todo, ¿a partir de qué momento las mandarinas están presentes en los puestos de nuestros mercados y en nuestras mesas?
¿De dónde venía Polo de Bernabé?
Para entender la iniciativa de Polo de Bernabé hay que conocer su origen. El impulsor de la explotación masiva de la mandarina era un terrateniente agrario nacido en Quartell, un pequeño pueblo del Camp de Morvedre a siete kilómetros de la línea de la costa y a medio camino de Castellón y Valencia. Había nacido a finales de 1812, durante el conflictivo reinado de José I y de la guerra desatada por la oposición al régimen bonapartista. Y era el hijo y heredero del militar de ideología liberal Manuel María Polo de Bernabé y Mundina –originario de Vistabella del Maestrat–, y de su esposa Peregrina Borràs-Berenguer de Entença y Borràs-Garcés de Marcilla, heredera de una familia nobiliaria y propietaria agraria de Sagunt. El heredero Josep se crió en un ambiente familiar que promovía las ideas de la ilustración y del movimiento político liberal
Según la investigación genealógica, hacia 1840 Josep ya había perdido a los padres y ya gestionaba la herencia patrimonial familiar. Pero venía de una experiencia convulsa que da un doble valor a su iniciativa. En la fase central de la Primera Guerra Carlista (1833-1840), los carlistas se apoderaron de la Plana de Castelló y confiscaron el patrimonio familiar de los Polo de Bernabé (1836). Esta maniobra obedecía a una represalia por la ideología liberal de la familia. Superado el conflicto y recuperado el patrimonio –3.000 jornales de tierra cultivable (equivalente a unas 1.600 hectáreas) distribuidos entre Burriana, Vila-real y Almassora– Josep decidió arrancar los viejos algarrobos, cepas y olivos que formaban el paisaje tradicional de aquellos campos e introdujo un nuevo y revolucionario cultivo masivo: la mandarina.
A caballo de los siglos XIX y XX, los trenes de mercancías que salían del País Valencià, ya estibaban la mandarina hasta los mercados de Tortosa, de Reus, y a los mercados barceloneses de la Boquería y el del Born
El viaje de Polo de Bernabé a las Dos Sicilias
Polo de Bernabé, influido por las ideas de la Ilustración que, desde el siglo anterior, proponían la introducción de técnicas y cultivos innovadores para la mejora de los rendimientos agrarios (y para la “felicidad” de los jornaleros del campo) viajó al reino borbónico de las Dos Sicilias. En aquel momento, las Dos Sicilias (los territorios de los viejos reinos de Nápoles y de Sicilia) era el único territorio de Europa que ya explotaba (producía y exportaba) masivamente los frutos cítricos (naranja, limón, mandarina y pomelo). Y esta actividad era tan rentable que había devenido el primer sector económico del país. En este punto es importante destacar que la exportación de los cítricos de las Dos Sicilias, que eran enviados a los principales mercados del continente, ya estaba en manos de la mafia.
El naranjo, el limonero, el pomelo y el mandarino son árboles muy sensibles a los golpes de frío, especialmente a las heladas nocturnas del invierno. Por este motivo, su cultivo –en el Mediterráneo– siempre ha estado limitado a las zonas templadas cercanas a la línea de la costa. Las fuentes documentales revelan que, a mediados del siglo XIX –cuando se produce el viaje de Polo de Bernabé– el cultivo de la mandarina está presente en el litoral costero de Campania, de Calabria y del norte de Sicilia. Por ejemplo, el valle que se abre entre Palermo y Monreale, en perpendicular a la costa, es llamada Conca d’Oro, porque cuando los miles de limoneros que pueblan aquellos cultivos dan el fruto, crean la sensación visual –sobre todo vista desde el mar– de que la tierra está llena de este metal.
¿Desde cuándo tenemos mandarinas en los puestos del mercado y en la mesa de casa?
La iniciativa de Polo de Bernabé comenzó a dar sus frutos –nunca mejor dicho– hacia la década de 1870. Otros propietarios agrarios del País Valencià y del sur de Catalunya siguieron sus pasos. La investigación historiográfica revela que, inicialmente, la producción de mandarina valenciana (la de Polo de Bernabé y la de los primeros propietarios agrarios que secundaron su iniciativa) se destinó, íntegramente, a la exportación a los mercados europeos, desde el puerto de Valencia y compitiendo en igualdad de condiciones con la prestigiosa producción sículo-napolitana. Pero, la misma investigación, revela que a caballo de los siglos XIX y XX, los trenes de mercancías que salían del País Valencià, ya estibaban la mandarina hasta los mercados de Tortosa, de Reus, y a los mercados barceloneses de la Boquería y el del Born.
