Jordi Cruz ha hablado de una etapa de su vida que poco tiene que ver con la imagen de éxito que proyecta hoy. Antes de convertirse en uno de los cocineros más reconocidos de España, el chef recuerda que durante su infancia y adolescencia tenía la sensación de no servir para estudiar. “Yo en el colegio pensaba que era muy tonto”, confesó en una conversación con Jesús Calleja durante una de sus expediciones.
El propio Cruz explica que aquella percepción no respondía a una falta de capacidad, sino a una ausencia de motivación. “Tenía dificultad para muchas cosas porque no estaba motivado. El EGB lo saqué raspado, de milagro, y el FP no lo terminé”, relataba. Su experiencia demuestra hasta qué punto un mal rendimiento académico puede condicionar la forma en la que una persona se percibe a sí misma.
El problema no era la capacidad, sino encontrar algo que le interesara
La trayectoria posterior del cocinero cambió completamente esa visión. Cuando encontró en la cocina un ámbito que despertaba su interés, empezó a desarrollar una disciplina y una capacidad de aprendizaje que no había conseguido mostrar en las aulas. El trabajo constante, la curiosidad y la ambición profesional sustituyeron a aquella falta de motivación que había marcado sus primeros años como estudiante.
Su historia también rompe con la idea de que las notas escolares determinan necesariamente el futuro profesional. Cruz no terminó Formación Profesional, pero acabó construyendo una carrera de exigencia técnica y creativa. La cocina se convirtió en el espacio en el que pudo demostrar capacidades que, según su propio recuerdo, no habían encontrado una vía de expresión durante la etapa académica.
Jordi Cruz encontró en la cocina el camino que no vio en las aulas
El contraste resulta llamativo porque el chef ha alcanzado después algunos de los mayores reconocimientos de su profesión. Su recorrido muestra cómo una persona puede sentirse limitada dentro de un sistema educativo y, sin embargo, destacar cuando descubre un entorno en el que encuentra propósito, responsabilidad y una motivación fuerte para aprender.
Años después, Cruz puede mirar aquella etapa con una perspectiva muy diferente. El niño que pensaba que era “muy tonto” terminó encontrando una profesión que exigía precisión, memoria, creatividad y liderazgo. Su testimonio no idealiza el fracaso escolar, pero sí recuerda que unas malas notas o unos estudios incompletos no siempre explican el verdadero potencial de una persona.
