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Florencio Ramos, psicólogo especializado en adolescentes, resume con una frase provocadora una etapa que muchos padres reconocen: desde los 14 hasta los 21 años, todo lo que diga un padre o una madre parece no valer. Aunque el consejo sea razonable, aunque tenga sentido y aunque busque proteger, el adolescente suele escucharlo con resistencia, distancia o rechazo automático.

La idea no significa que los padres dejen de importar. Al contrario, siguen siendo una referencia emocional. Pero en esa edad cambia la forma de recibir los mensajes. Lo que antes funcionaba con autoridad directa, ahora puede generar oposición. Hasta los 14, más o menos, muchos hijos aceptan instrucciones porque todavía viven la palabra adulta como guía principal. Después, necesitan diferenciarse.

La autoridad ya no funciona igual

A partir de la adolescencia, el grupo de amigos, los referentes externos, los profesores, entrenadores, redes sociales o incluso un hermano mayor pueden tener más capacidad de influencia que los padres. Lo curioso es que a veces dicen exactamente lo mismo. La diferencia no está en el contenido, sino en quién lo dice.

Para el adolescente, hacer caso a sus padres puede sentirse como volver a ser niño. Por eso discute, minimiza o responde con un “ya lo sé” incluso cuando no lo sabe. Está construyendo identidad, independencia y criterio propio, aunque muchas veces lo haga de forma impulsiva o contradictoria.

No es dejar de educar

El error sería pensar que, como no escuchan, ya no hay que decir nada. Ramos apunta a otra cosa: los padres deben cambiar la estrategia. Menos sermón, menos repetición y más presencia inteligente. Una cosa es imponer cada detalle y otra sostener límites claros en lo importante. Entre los 14 y los 21, educar ya no consiste en controlar cada decisión, sino en mantenerse disponible, marcar normas básicas y elegir bien las batallas. Si todo se convierte en conflicto, el adolescente desconecta. Si todo se permite, pierde estructura.

Por eso la frase de Ramos es útil si se entiende bien. No quiere decir que los padres no valgan, sino que su palabra ya no entra por la misma puerta. En esa etapa, muchas veces primero hará caso a cualquiera antes que a ellos. La tarea adulta es no tomárselo como una traición, sino aprender a acompañar sin desaparecer.