Durante la larga Edad Media, la Serenísima República de Venecia fue una de las principales potencias comercial y militar de Europa y la plataforma de lanzamiento de todos los viajes a Extremo Oriente. Y un país dominado por una sorprendente dualidad: la genuina Venecia — núcleo de aquel emporio mercantil — y su traspaís, formado por ciudades más pequeñas, pero muy ricas y dinámicas, que con su extraordinaria determinación seguían, sin desfallecer, la estela rampante de la capital. Y este traspaís es el que hemos ido a conocer. Las monumentales ciudades de Padua, Verona, Ferrara, Trento, Vicenza y Bassano del Grappa.

¡En el siguiente viaje iremos a Flandes. No te lo pierdas!

1. Padua. Lonja del Palazzo della Ragione. Réplica medieval del caballo del condotiero Gattamelata. Cedida Salvador Peiró

Padua, nuestro primer campamento base

Padua — Pàdoa en lengua veneciana — fue nuestro primer campamento base. Nada más llegar, lo primero que pisamos fue Prato del Valle — la plaza más grande de Italia — y lo primero que vimos, tocamos y olimos fue la extraordinaria exposición de plantas medicinales del Orto Botanico di Pàdova (el jardín botánico más antiguo del mundo, creado en 1545). Nos faltaba el sentido del paladar; y en un pequeño restaurante en la parte histórica nos deleitaron con una exquisita muestra de gastronomía véneta: flores de calabacín rellenas con ricotta, rissotto con espárragos verdes y rollo de conejo con pastel de patata. Todo regado con Prosecco, Moscato y Forzate del país.

2. Padua. Piazza della Frutta. Tomando el vermut. Cedida Elvira Permanyer

Padua es los Scrovegni, considerada la “Capilla Sixtina” del norte de Italia. Y con los Scrovegni, obra maestra del pintor Giotto, uno de los precursores del Renacimiento, tuvimos una doble experiencia: por la mañana, a primera hora, y, de nuevo, por la noche, con el programa  “Giotto sotto le stelle” (Giotto bajo las estrellas); para admirar — con diferentes luces y tonos naturales— cómo el genial toscano representó magistralmente los pasajes de la vida de Cristo. Entremedias descubrimos el Palazzo delle Raggione, lonja del poder y la justicia en la época medieval, con una extraordinaria sala cubierta con la bóveda de madera suspendida, es decir, sin columnas y en forma de casco de barco invertido, más grande del mundo.

3. Padua. Via Roma. Probando los helados de la Portogallo, la heladería más premiada del mundo. Fuente Marc Pons

Padua es una ciudad viva. Con unas animadísimas Via Roma y Ghetto Ebraico y unas bulliciosas plazas delle Erbe y della Frutta. Y nos sumergimos en la cotidianidad local. Tomamos un helado en Portogallo, icono de la ciudad y la heladería más premiada del mundo (una larga cola de media hora para conseguir un helado lo testimonia). Visitamos la basílica de San Antonio de Padua mientras los feligreses locales celebraban oficio religioso.  Y nos sentamos a cenar en una terraza de Riviera dei Ponte Romani. En cambio, la cafetería Pedrocchi estaba a rebosar. Y sin pensarlo dos veces, el vermut lo hicimos en la encantadora plaza delle Frutte, bajo las bóvedas de la Raggione.

4. Padua. Capilla de los Scrovegni. Giotto sotto la stelle. Cedida José Luis Marro

Ferrara, una incursión en los antiguos Estados Pontificios

Ferrara, a setenta y cinco kilómetros al sur de Padua y, prácticamente, sobre el delta del río Po; nos esperaba para mostrarnos su misteriosa belleza. La ciudad “sepia” (por el color envejecido de la terracota de las fachadas) nos esperaba para mostrarnos la calma que domina sus calles, plazas y canales. Su imponente castillo medieval, la fortaleza urbana de la poderosa familia de condotieros Este; y su judería, que fue uno de los puntos de destino de la diáspora judeocatalana de 1492 (los katalanim, claramente diferenciados de los sefarditas por la lengua). Nos sumergimos en la calma del Ghetto Ebraico para imaginar la llegada y el establecimiento de aquellos catalanes de fe mosaica.

5. Ferrara. Ghetto Ebraico. La judería donde se estableció la diáspora judeocatalana de 1492. Cedida José Luis Marro

Durante la baja Edad Media, Ferrara fue un dominio independiente vinculado a Venecia hasta que fue absorbida por los Estados Pontificios. Y eso marcó su traza definitiva. Acabaría siendo el espacio donde se darían la mano las culturas véneta y romañola. Y eso tiene un reflejo en la lengua: el “ferrarés” —que todavía se habla en las calles de la ciudad— es un emiliano (de la Emilia-Romaña) cargado de “veneciadas”.  Y en la gastronomía: en un pequeño restaurante del Ghetto Ebraico nos deleitaron con varios platos de la cocina tradicional ferraresa: sformato di zuca all’amaretto con pancettina crocante e fiori di zuca, pasticcio di maccheroni in crosta dolce y tortellini in brodo di cappone al vino rosso.

6. Ferrara. Castillo de los Este. Terraza de los Naranjos. Cedida José Luis Marro

Verona, nuestro segundo campamento base

Después de Padua y Ferrara, nos esperaba Verona. Sería el campo base durante la segunda y más larga parte de nuestra “aventura véneta”. Desembarcamos en la cabecera del Ponte della Vitòria, que nos regaló la mejor vista de la ciudad: el Castelvecchio y la Città Antica. Y entramos por la Porta Borsari, como los viejos romanos. Verona es mucho más – ¡es infinitamente más! – que las figuras shakespearianas de Romeo y Julieta y que su famoso anfiteatro – “la Arena” –. Verona es misteriosa y deliciosa a partes iguales. Con su bulliciosa piazza delle Erbe, dominada por la Torre dei Lamberti y con sus enigmáticas calles y plazas que se despliegan en el interior del reducto histórico y alrededor de las majestuosas “quattro chiese” (las cuatro iglesias).

7. Verona. Puente del foso de Castelvecchio. Cedida José Luis Marro

Viniendo de Ferrara, la vieja Verona nos recibió con un sol radiante y al día siguiente amaneció cubierta, con una llovizna que humedecía la ciudad y que reforzaba la imagen misteriosa que, de por sí, proyectan plazas y calles de la parte más oculta del barrio histórico. Con aquel escenario que la naturaleza nos había preparado, nos fuimos a “descubrir” el Teatro romano y el, también romano, Ponte di Pietra, sobre el río Adige. Y, acto seguido, paseando por las misteriosas calles de Città Vecchia, cubiertos por la enigmática atmósfera que nos regalaba el tiempo, “descubrimos” los templos románicos de Santa Maria Matricolare, Santa Anastàsia y San Fermo Maggiore. Es difícil decir cuál es el más impresionante.

8. Verona. Un plácido y delicioso aperitivo en Piazza delle Erbe. Cedida Anna Mata

Verona es también gastronomía y enología. Y durante los días que estuvimos allí nos deleitaron con la cocina tradicional veronesa; que, a pesar de ser de base veneciana, tiene una fuerte influencia de los valles alpinos. En Verona probamos el tagliere di salum e formaggi con mostarda, el tortelli all’amarone ripieni di carne conditi con il sugo del brasato y el guaniciale di maiale con riduzione di amarone. Todo regado con vinos del valle del río Adige. Y, para terminar, San Zeno, la cuarta “chiesa”, la "nuestra chiesa” para los veroneses, que nos había quedado pendiente. Con un autobús urbano y mezclados entre los locales que iban a trabajar, visitamos la imponente San Zeno y su enigmático entorno.

9. Verona. Basílica de San Zeno. Fuente Marc Pons

Trento

Trento, la ciudad del famoso concilio contrarreformista, a 100 kilómetros al norte de Verona, era una de las etapas cruciales de nuestra “aventura véneta”. Trento, la hermana gemela de Innsbruck, nos recibió con el cielo cubierto, con las campanas del Duomo repicando y con los escaparates de sus centenarias pastelerías mostrando los apfelstrudel tradicionales de la repostería alpina. En Trento fuimos a “descubrir” una ciudad singularmente especial. En sus calles, plazas, bóvedas y comercios, la lengua que suena es románica – el trentino o el italiano –; pero la traza de sus tiendas, la arquitectura de sus casas y el urbanismo de sus calles es alpina. Es tirolesa.

10. Trento. Fontana di Nettuno y Duomo de San Vigilio. Fuente Marc Pons

En Trento fuimos a “descubrir” el Duomo, una deliciosa catedral románica, propia de un escenario de cuento. Y a la Basílica de Santa Maria Maggiore, para sentarnos en las mismas bancadas donde – en el siglo XVI – se sentaron los cardenales que tuvieron que hacer frente al desafío protestante. Pero Trento no es tan solo concilio. Es también gastronomía. Y en un pequeño restaurante de la parte histórica nos deleitaron con una muestra de la cocina tradicional trentina: fondue de casolet y jamón de San Daniel, rissotto de espárragos, cremoso de col negra, y carrilleras de ternera con puré de zanahorias. Y para acabar, una incursión al majestuoso castillo del Buonconsiglio y un ascenso a la Torre dell’Àquila.

11. Trento. Castello del Buonconsiglio y Torre del Águila. La ciudad y los Alpes Dolomitas al fondo. Cedida José Luis Marro

Bassano del Grappa y Vicenza

Bassano del Grappa y Vicenza, a una cincuentena de kilómetros de Verona, fueron las últimas etapas de nuestra “aventura véneta”. En Bassano nos teníamos que detener, sí o sí. Su espectacular puente de madera, el Ponte Vecchio sobre el río Brenta, justifica la incursión. Era día de mercado, y su deliciosa Piazza Libertà era un bullicio de paradistas de frutas, verduras y textil y de locales que compraban. Pero, además, Bassano es la cuna de la grappa, el famoso aguardiente italiano. Al final del Ponte Vecchio nos detuvimos en la taberna de uno de los productores más tradicionales de la plaza para hacer una cata de grappa y de mezzo-mezzo, el famoso vermut veneciano.

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Experiencias El Nacional son viajes únicos diseñados, creados e impulsados gracias a la colaboración de un triángulo esencial: Marc Pons, articulista, historiador, diseñador del itinerario y profesor-acompañante del grupo; Viatges Viñolas, responsable de la gestión de servicios y seguimiento diario del viaje, y ElNacional.cat, impulsor y difusor del proyecto.