El consumo de alcohol entre adolescentes ha sido tradicionalmente un tema de preocupación para padres, educadores y profesionales de la salud. Según estudios recientes, a pesar de que el consumo de alcohol entre jóvenes españoles ha disminuido en los últimos años, más de la mitad de los adolescentes ha consumido alcohol en el último mes, con una edad de inicio alrededor de los 13–14 años. Esta realidad sigue siendo relevante porque, como explica Alfonso Navarro, psicólogo, “el cerebro de un adolescente no está preparado para beber alcohol”. Sus palabras ponen el foco en la vulnerabilidad neurológica, emocional y social que caracteriza esta etapa de la vida y los riesgos asociados al consumo precoz.
Una etapa vulnerable: problemas, estadísticas y consecuencias
La adolescencia es un periodo de desarrollo cerebral intenso y continuo. Las regiones clave del cerebro, como la corteza prefrontal, responsable de la toma de decisiones, el control de impulsos y la planificación, todavía están en proceso de maduración hasta aproximadamente los 25 años. Esto significa que los efectos del alcohol pueden ser más dañinos que en adultos, afectando el desarrollo cognitivo y emocional.
Investigaciones científicas muestran que el consumo de alcohol durante la adolescencia se asocia con déficits en funciones cognitivas como la memoria, el aprendizaje, la atención o el control de impulsos. Además, el uso intensivo y repetido de alcohol puede modificar la estructura del cerebro, como la disminución del volumen de materia gris y alteraciones en la conectividad entre regiones cerebrales, lo que puede persistir incluso hasta la edad adulta.
A nivel estadístico, aunque algunos informes indican que el consumo ha bajado en adolescentes españoles, todavía un porcentaje significativo los consume. Estos datos muestran que, aunque hay mejoras, el inicio temprano del consumo continúa siendo frecuente y supone un riesgo para la salud pública.
Los efectos negativos no se reducen solo al potencial daño cerebral. El alcohol en adolescentes también se asocia con comportamientos de riesgo como accidentes, relaciones sexuales sin protección o toma de decisiones impulsivas. Esto complica aún más la situación, ya que la falta de juicio y control propios de la edad interactúa con la influencia del alcohol.
Posibles soluciones y abordajes preventivos
Frente a esta problemática, se han desarrollado diversas estrategias de prevención. Las campañas de sensibilización en escuelas y comunidades buscan retrasar el inicio del consumo, educar sobre riesgos y promover alternativas saludables. Programas escolares centrados en habilidades sociales y emocionales ayudan a los adolescentes a resistir presiones sociales y gestionar emociones sin recurrir al alcohol. El aumento de impuestos al alcohol ha sido señalado, incluso por la OMS, como una medida eficaz para reducir el consumo en todos los grupos de edad, incluida la adolescencia.
Además, la implicación de las familias y el diálogo abierto entre padres e hijos se considera fundamental. Actividades comunitarias que ofrecen ocio saludable sin alcohol también contribuyen a crear entornos protectores.
En consonancia con esto, Alfonso Navarro subraya que evitar el consumo de alcohol en la adolescencia no es solo una cuestión de prohibición, sino de comprender el impacto que tiene en un cerebro que aún se está formando. Educar, prevenir y ofrecer apoyo son claves para proteger a los jóvenes y reducir los riesgos asociados al consumo precoz de alcohol, fomentando un desarrollo más saludable y un futuro con mayores oportunidades.
