La crianza de un hijo es uno de los desafíos emocionales más intensos que puede vivir una persona. Los padres desean lo mejor para sus hijos, buscan su bienestar, felicidad y seguridad. Sin embargo, el deseo de proteger puede transformarse en una forma de limitar su autonomía, algo que la psicóloga Aiora resume con una frase contundente: “Sobreproteger no es amar más”. Esta afirmación pone el foco en la importancia de educar a los hijos de manera equilibrada, permitiendo tanto el apoyo necesario como el espacio para aprender de sus propias experiencias.
El proceso educativo entre padres e hijos: avances y dificultades
La educación parental es un camino lleno de retos, cambios y aprendizajes continuos. Desde los primeros meses de vida, los padres actúan como figuras de seguridad, estímulo y guía. En la infancia temprana, el cuidado físico —alimentación, higiene, descanso— es prioritario, pero conforme el niño crece, su desarrollo emocional, social y cognitivo exige un equilibrio entre apoyo y autonomía.
Aiora explica que muchos padres caen en la sobreprotección por un miedo profundo: el miedo a que sus hijos sufran, fracasen o se enfrenten a dificultades que los padres mismos recuerdan como dolorosas. Este miedo, aunque comprensible, puede traducirse en control excesivo, anticipación de problemas y evitación de experiencias riesgosas, incluso cuando esas experiencias forman parte del aprendizaje natural de la vida.
Educar no es prevenir absolutamente todo malestar, sino acompañar el crecimiento del niño, incluso en momentos de frustración o caída. Permitir que un hijo fracase, se equivoque o encuentre obstáculos no es descuido, sino una forma de prepararle para la vida adulta, donde la resiliencia y la capacidad de resolver problemas son fundamentales.
Las consecuencias de la sobreprotección en la vida adulta
El principal riesgo de la sobreprotección, según Aiora, es que impide al niño desarrollar habilidades esenciales para la vida independiente. Algunos de los factores negativos asociados a este estilo educativo son:
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Dificultad para tomar decisiones: Cuando los padres siempre eligen por el hijo o le resuelven las situaciones, el menor no desarrolla juicio propio ni confianza en su criterio.
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Baja tolerancia a la frustración: Algunos adolescentes y adultos jóvenes sobreprotegidos pueden tener dificultades para manejar la frustración, el rechazo o el fracaso, porque nunca han enfrentado experiencias desafiantes por sí mismos.
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Dependencia emocional o práctica: Los hijos sobreprotegidos pueden tender a buscar apoyo constante, no por necesidad, sino por hábito de no haber ejercitado la autonomía.
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Ansiedad y perfeccionismo: La presión por no equivocarse, a menudo inculcada implícitamente por padres que temen el error, puede generar ansiedad y una búsqueda constante de aprobación externa.
Aiora recuerda que amar no es proteger de todo mal, sino preparar para la realidad. El verdadero amor educativo consiste en establecer límites consistentes, ofrecer apoyo emocional, permitir experiencias controladas de riesgo y enseñar a los hijos a escalar retos con respaldo, pero sin intervención constante.
El proceso no es sencillo: implica observar, escuchar, ajustar expectativas y aceptar que las caídas forman parte del aprendizaje. Un padre o madre no debe sentirse culpable porque su hijo tropiece —es parte del desarrollo—, pero sí responsable de ofrecer un entorno seguro para que ese tropiezo sea una oportunidad de crecimiento.
En definitiva, la advertencia de Aiora no es una crítica a la protección, sino una invitación profunda a distinguir entre cuidar y controlar, y a comprender que la autonomía es un regalo de amor tanto como lo es la seguridad.
