El lunes pasado disfruté mucho con la comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero en el Senado a raíz de la comisión de investigación del caso Koldo. Este tipo de entremeses teatrales de los enemigos suelen ser la mar de simpáticos, sobre todo porque los antiguos presidentes españoles tienen suficiente experiencia, información y pátina de inmunidad para meterse con gran alegría en las preguntas de sus interlocutores. Así lo hizo ZP, que disipó muy tranquilo las sospechas de sus rivales políticos en cuanto a su relación con las corruptelas del entorno sanchista, reconociendo que había cobrado una media de 70.000 euros de Análisis Relevante S.L., consultoría que trabajó para Plus Ultra, una línea aérea rescatada por su mismo partido. Mr. “Talante” también compartió con todo el mundo que parte del trato empresarial en cuestión incluía el fichaje de sus dos hijas como expertas en marketing.
Yo entiendo perfectamente que un expresidente del Gobierno, finalizada su existencia política y lejos de la senectud, tenga todo el derecho del mundo a persistir en su existencia laboral y a ganar cuanta más pasta mejor, sobre todo teniendo en cuenta que la más alta instancia de la Administración española cobra poco más de 90.000 pepinos anuales (sueldo notoriamente inferior no solo al del Molt Honorable o el alcalde de Barcelona de turno, sino también al de cualquier empresario de éxito). También comprendo, sin ningún tipo de reserva moral, que un antiguo presidente adquiera más pasta que un ciudadano de a pie por sus servicios de asesoría, pues la agenda y la cintura de un mandatario es bastante diferente de la de un alto ejecutivo. Y puestos a ser comprensivo, también puedo digerir que un exmandatario —que ha abandonado la familia durante lustros— se cure la culpa paterna enchufando a las niñas en su propio chiringuito.
¿Qué pasaría si un expresidente de la Gene acabara fichando de asesor para News Corp de Rupert Murdoch como hizo un tal Aznar?
En casa, como ve el lector, somos la mar de comprensivos. Pero entremos un segundo en el mundo de la ciencia ficción e imaginemos las mismas declaraciones —hechas en una comisión parlamentaria o en la prensa— por parte de un expresidente de la Generalitat. ¿Podríamos ver algún día a Artur Mas, José Montilla y etcétera en comparecencia en una sala de nuestro Parlamento haciendo lo mismo? Aún diría más: ¿qué pasaría, por poner un ejemplo muy gráfico, si un antiguo Molt Honorable fuera fotografiado como Felipe González en aquella famosa instantánea donde el líder del obrerismo peninsular aparecía en un yate y fumándose un habano al lado de una señora rubia de buen ver? Para poner aún más interrogantes; ¿qué pasaría si, después de haberse hecho amigo de George W. Bush y de buscar armas de destrucción masiva en Irak, un expresidente de la Gene acabara fichando de asesor para News Corp de Rupert Murdoch como hizo un tal Aznar?
Pues pasaría de todo. Este estatus (monetario) expresidencial sería inimaginable en Catalunya y no solo por el hecho de que aquí el mundo del bisnes y el enchufe no funcione con tanta alegría como en el kilómetro cero, sino sobre todo porque nosotros mismos —al ver a un Molt Honorable fumándose un puro en un yate— correríamos a colgarlo en la plaza pública de la ética tribal. Este es uno de los triunfos morales del colauismo; nuestros mandatarios tienen que ser gente pobre, que gaste las vacaciones en hotelitos rurales baleares de mala muerte o que, como mucho, pueda haber currado lo suficiente para echar la siesta en una casita en Rupià. ¿Un avión privado? ¿Un chiringuito de lujo para ir cobrándote los consejos? ¡Ángela María, no jodas, que eso es de ladrones! Nuestra espantosa moral, por la cual nos creemos superiores al enemigo (cuando, por el contrario, nos hace sus siervos), implica tener poco dinero.
Mientras los expresidentes españoles viven como faraones y pueden exhibir su currículum de autónomo, aquí fuimos los primeros en destrozar a un Molt Honorable por tener una deixa (que, según dijo, nunca llegó a administrar). En cambio, los españoles aceptan perfectamente que unos funcionarios de sueldo alto puedan vivir como auténticos pachás. Porque a eso, ya ves tú qué cosas, nunca se lo llamará corrupción. Quien elige la definición de las palabras, en efecto, se hace suyo el poder. Mirad si no cómo ríe, todavía hoy, este nuevo rico que se llama Zapatero.