Tal día como hoy del año 1744, hace 282 años, en València, el Santo Grial, la reliquia más valiosa de la catedral y de la archidiócesis, se caía al suelo y se rompía en dos partes. Dicho suceso se produjo en la catedral de València, mientras el arzobispo Mayoral oficiaba la misa solemne de Viernes Santo. En el momento en el que se iba a celebrar el sacramento de la eucaristía, el canónigo Vicent Frigola llevaba el Santo Grial desde el sagrario al altar, habría resbalado y, al caer —junto con la reliquia—, habría provocado que esta se rompiera en dos partes. La feligresía que asistía a aquel oficio religioso quedó fuertemente impactada y lo interpretó como un mensaje de la divinidad que anunciaba graves desgracias.
Según las fuentes, la reliquia fue reparada la misma tarde del suceso por el maestro platero Lluís Vicent. Pero, según las mismas fuentes, durante muchos días, en València capital, no se habló de otra cosa que de la rotura del Santo Grial y se generó un clima de exaltación religiosa y de naturaleza apocalíptica que se apoderaría de la sociedad local valenciana y que se mantendría durante semanas. Sin embargo, durante aquel año, no se produjo ninguna riada, ningún incendio, ninguna sequía ni ningún episodio pestilente. Por otro lado, también se relata que el canónigo Frigola quedaría tan afectado por aquel accidente y por el relato apocalíptico que se había generado que, a continuación, enfermaría y acabaría muriendo al cabo de pocos días.
El Santo Grial o Santo Cáliz estaba en el sagrario de la catedral de València desde 1437. Había llegado allí tras un azaroso recorrido. El Santo Grial de València es una pieza que los investigadores contemporáneos datan del siglo I y que sitúan en algún taller de orfebrería de las provincias romanas de Egipto o de Palestina (el tiempo y el lugar donde vivió Jesucristo). Pero no explican cómo llegó a València. En cambio, la tradición dice que san Pedro se lo llevó a Roma (año 42) y, posteriormente, san Lorenzo lo escondió en Huesca (año 258). La misma tradición dice que los monjes del monasterio de San Juan de la Peña, en el Pirineo aragonés, lo custodiaron durante siglos, hasta que lo entregaron al rey Martín I, que lo depositó en el Palacio Real de Zaragoza (1399).
Y, de nuevo, la investigación historiográfica explica que en el año 1424, el rey Alfonso el Magnánimo ordenó que esta reliquia —que la Iglesia considera que es el vaso con el que Jesucristo ofició la Santa Cena— fuera llevada a su residencia real de València. Poco después, iniciaría la conquista del reino de Nápoles (1435) y los elevados costes económicos de aquella operación militar le obligarían a vender esta reliquia, que sería adquirida por el Cabildo Catedralicio de València (1437) por una cantidad importante. Cuando resbaló de las manos del canónigo Frigola y se rompió, ya hacía 320 años que estaba en València y 307 años que estaba en la catedral valentina. En la actualidad, sigue en la catedral y sigue siendo la reliquia más valiosa de la sede y de la archidiócesis valentina.
