Tal día como hoy del año 1838, hace 188 años, en Vilallonga del Camp (entonces corregimiento de Tarragona y actualmente comarca del Tarragonès), en el contexto de la Primera Guerra Carlista (1833-1840), se producía un enfrentamiento armado que se saldó con la masacre de una partida de voluntarios liberales, formada por más de cien civiles armados procedentes de Reus (en aquel momento, el segundo núcleo demográfico y económico del Principat); y que daría lugar a la expresión que ha trascendido en el tiempo “¡Métele, que es de Reus!”.
Aquel enfrentamiento se inició en las afueras de Vilallonga. Los voluntarios liberales, comandados por Josep Ayné, teniente de la Milicia Nacional (un cuerpo de civiles armados), se vieron sorprendidos por una partida, también de voluntarios civiles pero del bando carlista, que, en aquel envite, eran cuantitativa y militarmente muy superiores. Los liberales, empujados por la caballería enemiga se retiraron hasta el interior del pueblo y se refugiaron en el templo parroquial, pensando que los carlistas –por su ideología confesional– no harían nada por entrar en el interior de aquel sagrado.
Pero el comandante Manuel Ibáñez Ubach, jefe de aquella partida carlista y conocido popularmente como el “Llarg de Copons”; ordenó encarar la artillería hacia la fachada principal del templo. Según la tradición oral, en aquel momento alguien de su entorno le planteó la posibilidad de que dentro del templo hubiera alguien más, pero Ibáñez, convencido de que dentro de aquel edificio solo estaban los de Reus –es decir, liberales, por fuerza (la capital del Baix Camp era una plaza totalmente liberal)— ordenó fuego a discreción al grito de: “¡Métele, que es de Reus!”, provocando la muerte de todos los liberales.
Tres años antes (1835), una columna liberal de Lleida (también una ciudad eminentemente liberal) comandada por el capitán Antoni Niubó, de la Milicia Nacional, había obtenido la rendición de la guarnición carlista de Guimerà (valle del río Corb, Urgell) –comandada por el Rosset de Belianes– y habría ordenado el fusilamiento de 71 prisioneros de guerra carlistas. Estas masacres llamaron la atención de los gobiernos europeos, que obligarían a las partes en conflicto a sentarse y firmar unas normas básicas de guerra –el Convenio de Elliot (27 de abril de 1835)— que nunca sería respetado.
