Las celebraciones de los setenta años de reinado de Isabel II, que se están realizando en Londres estos días, dibujan un interesante y curioso contraste de monarquías europeas, en concreto, entre la inglesa y la española. A sus 96 años, Isabel II celebra su Jubileo de Platino con siete décadas al frente del trono británico, al que accedió el 6 de febrero de 1952, tras el fallecimiento de su padre, el rey Jorge VI. Lo hace en medio del afecto y reconocimiento de su pueblo y en uno de los momentos de mayor popularidad de su largo reinado, en el que ha llegado a tener hasta catorce primeros ministros, entre el legendario Winston Churchill, con el que debutó, y el conservador Boris Johnson, con el que cohabita actualmente. Isabel II ha superado el annus horribilis que acabó siendo 1992, cuando colapsaron los matrimonios de sus tres hijos, incluido el del príncipe de Gales con la princesa Diana, y su residencia de fin de semana preferida, el castillo de Windsor, en el condado de Berkshire, quedó dañada por un incendio.
Aún tendría otro año desastroso, en 1997, con la muerte nunca aclarada totalmente de Diana y que supuso un inesperado encontronazo con amplios sectores de la opinión pública británica que no entendieron la frialdad de la monarca con la denominada princesa del Pueblo. Corrigió tarde y mal aquella situación, pero en un mundo necesitado de referentes, estabilizó las turbulencias que tenía la monarquía inglesa y a base de gestos se sobrepuso a los vendavales que azotaban a su compleja y amplia familia. Incluso en el 2019, cuando se le volvieron a acumular las noticias negativas, desde el accidente automovilístico de su esposo, el príncipe Felipe de Edimburgo, conduciendo sin cinturón de seguridad a los 98 años, hasta las desavenencias entre sus nietos Guillermo y Enrique, supo torear con experiencia la situación y prevalecer como cabeza de familia de la monarquía británica para desespero del príncipe Carlos al que con 73 años nunca parece que le vaya a llegar la hora.
Un contraste entre una monarquía respetada y respetable, plenamente insertada en el siglo XXI, y la monarquía en blanco y negro que encarna Felipe VI y que lleva diez años en el fondo del pozo. Desde que Juan Carlos I, aún sin casos de corrupción conocidos, tuvo aquella accidentada cacería de elefantes en Botsuana, el episodio que precipitó su salida del trono. De aquellos paquidermos a la corrupción desenfrenada que se ha ido conociendo y su relación amor-dinero con la llamada princesa Corina y que ha desembocado en un exilio dorado a Abu Dabi en agosto de 2020; y que solo rompió recientemente para una visita de cuatro días en Galicia y Madrid y que acabó siendo un mal sueño para la monarquía española.
Estos diez años han alejado a la monarquía española del pueblo y acercado la idea de la república, que no deja de aparecer como opción preferida por los españoles. Mientras, los catalanes han roto relaciones institucionales con Felipe VI, no acuden a actos que él convoca y miran de aparecer lo menos posible en actos en Catalunya a los que él acude. Los hechos de octubre de 2017 marcaron un punto de no retorno en las relaciones, mientras que la derecha lo utiliza en beneficio propio sin que él sepa marcar ninguna distancia con formaciones como Vox. Recientemente, el exjefe de la Casa Real Rafael Spottorno aseguraba que el rey Felipe VI había caído en la irrelevancia y que esta situación es el principio del fin.
No es Spottorno sospechoso de ser un republicano agazapado, sino simplemente un observador atento de lo que necesita y no hace la monarquía en medio del lodazal en el que se ha metido y del que no sabe salir. Y, mientras, se va hundiendo y hundiendo y no es extraño que Spottorno se haga la misma pregunta que todos y se apunte, como un ciudadano corriente, a interrogarse: ¿Todo esto de la monarquía, para qué?