Después de que el independentismo haya pasado en las pasadas elecciones españolas de 23 diputados y 14 senadores —en total, 37 parlamentarios entre las dos cámaras— a tener 14 diputados —el viernes sabremos tras el recuento definitivo si aún es alguno menos— y 4 senadores —18 parlamentarios entre Congreso y Senado—, la única declaración que se escucha desde los cuarteles generales de Esquerra Republicana y de Junts per Catalunya es la necesidad de hacer un frente común en Madrid. No es que esté en contra de esta iniciativa, ya que ojalá fueran capaces de ponerse de acuerdo en algo sustantivo, pero tengo la impresión —los resultados así lo ponen de manifiesto— que no han entendido nada de lo que les sucedió el pasado domingo. Es que han pasado de 37 a 18 parlamentarios, lo que quiere decir que se han dejado por el camino más de la mitad de los que tenían, y prácticamente ni se han inmutado.

Hablan de unidad cuando ni la quieren y no son capaces de ponerse de acuerdo en nada. Tampoco están de acuerdo en ir juntos hacia ningún sitio. ¡Pero si han roto todos los acuerdos que tenían! En algo más de nueve meses se han separado del Govern de Catalunya, se han hecho todas las zancadillas que han podido en los pactos municipales, se han engañado hasta extremos vergonzosos para tratar de que el rival saliera perjudicado y no pasa día sin que haya graves acusaciones entre unos y otros. Por citar las dos últimas, Junts ha acusado a Esquerra de hacer una pinza con el PSC para destruirlos tras el pacto de los republicanos y los socialistas en la Diputación de Barcelona, y la consellera de Exteriors, Meritxell Serret, ha acusado a Junts de utilizar la acción exterior para el ataque político como la derecha y la ultraderecha

¿Esta carnicería permanente permite pensar en una estrategia conjunta? Pues claro que no, lo saben ellos y la gente, los votantes independentistas, se da cuenta a diario. Cada uno responsabilizará a uno de ellos, pero ninguno se salva de la quema electoral. La manta no les tapa los pies y están a la intemperie. Cuando más tarden en darse cuenta, más tardarán en reaccionar, porque en ningún sitio está escrito que hayan tocado suelo. No habrá estrategia conjunta porque no hay intereses conjuntos, igual que no hay un grupo parlamentario conjunto. Hay apariencias conjuntas, que de eso sí sabe mucho la política catalana y, con los años, se ha ido especializando en ello.

Ya se ve que hay mucho interés en saltarse pantallas tras las elecciones del pasado domingo y muchas liebres intentando correr la banda, tratando de actuar de teloneros de la negociación que todo el mundo presume que habrá para salir del complejo laberinto que han dejado los resultados, por ahora provisionales hasta que se cuente el viernes el voto en el extranjero y sean definitivos los diputados de cada partido. Un día aparece el exdiputado Jaume Asens como el interlocutor de los comunes, abogado apreciado en Waterloo, pero sin papel en una futura negociación, ya que la investidura le corresponde al PSOE. O bien se da una importancia que no tiene a las conversaciones telefónicas entre Marta Rovira y Jordi Turull. Aquí todo el mundo habla con todo el mundo, pero no creo, sinceramente, que en la investidura Barcelona y Ginebra acaben teniendo un papel central y definitivo, y mucho menos la última palabra.