Una Diada del 11 de Setembre es muchas cosas en una: primero, sin lo cual no se entiende nada, la reivindicación de la identidad nacional de Catalunya; también, la presentación al mundo de ambiciones y valores de una sociedad plural, liberal y con personalidad propia, que se expresa firmemente con su lengua y su cultura; y, además, un inequívoco mensaje interior y exterior de un pueblo ambicioso, resiliente, capaz de levantarse siempre como un junco después de la tormenta y recuperar su forma original. No es un Sant Jordi, por más que deliberadamente algunos intentan que el 11 de Setembre sea un poco eso. Lúdico más que reivindicativo y festivo más que de reivindicación de nuestra memoria histórica.
Pero este año, 2026, se han añadido dos elementos que la convierten en singular: en primer lugar, un evidente renacimiento de la reivindicación independentista, con una clara presencia de jóvenes en las calles, lo que remarca el fin de la fatiga y de una cierta resignación tras la aflicción de los últimos nueve años. Unido a eso, un claro mensaje contra los fanatismos y la ultraderecha. Una resistencia más allá de los partidos, instituciones y sociedad civil a alejarse del fantasma del land de Sajonia-Anhalt, donde la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) ha obtenido su mejor resultado desde la Segunda Guerra Mundial, quedando a las puertas de la mayoría absoluta. Un partido abiertamente prorruso, con un programa para orientar las escuelas y las instituciones culturales hacia valores más tradicionales, la expulsión inmediata y masiva de inmigrantes en situación irregular o con antecedentes y también de los que, teniendo nacionalidad alemana, no se hayan integrado.
El president Jordi Pujol ha reivindicado la esperanza en el futuro, pero a partir de un país abierto a todos los que viven, trabajan en Catalunya y quieren ser catalanes
El tsunami de Sajonia, el pasado domingo, donde viven 2,1 millones de personas, tiene toda la pinta de propiciar un efecto catártico entre formaciones políticas con la intención de establecer nuevas bases que busquen un alineamiento de los partidos democráticos, defensores de la democracia liberal y sus valores, frente a los que se sitúan en el extremo contrario. No va a ser tarea fácil, con necesidades urgentes de algunas formaciones. Pero, en esta cuestión, la pulsión de Salvador Illa, Carles Puigdemont u Oriol Junqueras no ha sonado tan diferente. Un mensaje de rechazo a la ultraderecha tras la aplastante victoria de los neonazis alemanes de la AfD.
Va a ser esa la carpeta política de los próximos tiempos en todos los países, y Catalunya no va a quedar al margen. Ya no está quedando al margen. Tendrá que encontrar su propio camino y será necesaria una generosidad política que hasta la fecha no ha existido. Porque es mucho más fácil llegar a conclusiones sobre la situación actual compartidas que plantear una ruta común. En este sentido, la Diada también ha de servir como el reflejo de la nación que queremos. El president Jordi Pujol, que nunca da puntada sin hilo, ha reivindicado la esperanza en el futuro, pero a partir de un país abierto a todos los que viven, trabajan en Catalunya y quieren ser catalanes. Querer ser como nueva estrella en el firmamento si el objetivo es "Ser un sol poble".
