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Aunque el primer incidente del AVE entre Barcelona y Madrid se remonta al 21 de febrero de 2008, al día siguiente a su inauguración, y fue un retraso de 12 minutos por dos paradas imprevistas, una en la localidad de El Vendrell y otra en la estación de Zaragoza, hasta principios de este año el tren de alta velocidad en España ha sido una historia de éxito. Tanto es así que el ministro Óscar Puente, en noviembre del pasado año, en un desayuno informativo, aventuró todo flamenco que el tiempo entre ambas capitales se iba a reducir en poco tiempo a menos de dos horas, elevando la velocidad operativa comercial de los 300 km/h a los 350 km/h, y que su ministerio iba a iniciar los estudios correspondientes para ello. España se equipararía a China en operación comercial a esta velocidad, apuntó con indisimulado orgullo.

No podía ser más pájaro de mal agüero porque a principios de este año el AVE entró en coma y dejó de ser el tren que era para pasar a ser un auténtico viacrucis cualquier desplazamiento ferroviario entre Barcelona y Madrid. Es cierto que ha habido un salto importante de aquel AVE primogénito, y que la entrada de competidores de bajo coste como Ouigo e Iryo ha multiplicado el número de viajeros y trenes circulando simultáneamente. Pero el fallo actual no cabe encontrarlo en eso, sino en el desgaste de la vía que han denunciado los maquinistas y que no ha sucedido de la noche a la mañana. No ha muerto de éxito, sino de incompetencia, de falta de previsión. Y van pasando los meses y todo continúa igual o peor. Como sucede siempre en nuestro país, al caos uno acaba acostumbrándose y acaba incorporándolo como una cosa normal. Solo hace falta ver lo que sucede en Rodalies, que transporta a cientos de miles de personas todos los días, y cuesta encontrar un día en que no haya algún tipo de incidencia.

La línea se encuentra en su peor momento de saturación, tensionamiento y pérdida de puntualidad desde que se inauguró

Pero volvamos al AVE. La línea se encuentra en su peor momento de saturación, tensionamiento y pérdida de puntualidad desde que se inauguró. Los aviones entre Barcelona y Madrid, el famoso Puente Aereo, fue reduciendo sus frecuencias y ahora hay pocos vuelos y los billetes son, debido a la demanda, muy elevados. Aunque, oficialmente, la reducción de velocidad a 230 km/h en varios tramos por el desgaste de la vía ya se ha levantado, lo cierto es que persisten puntos concretos de velocidad limitada; es imposible que los trenes lleguen a la hora, el desorden en la salida de los trenes es permanente y no es excepcional que un tren que tendría que salir más tarde lo haga antes porque el primero no ha llegado aún a destino. Todo ello con las estaciones de Atocha y Sants en obras y cientos de personas hacinadas en un espacio que ha quedado claramente sobrepasado.

Eso es hoy en día la alta velocidad, lo que antaño era casi un reloj suizo por su funcionamiento y previsibilidad. No es extraño que el ministro de Transportes, Óscar Puente, prefiera más venir como miembro del Gobierno a la visita del papa León XIV a Catalunya que rendir cuentas en Barcelona del funcionamiento del AVE y de Rodalies. O dedicarse a una intensa y productiva actividad en las redes sociales. Aunque el retorno a la normalidad no está previsto hasta finales de año y será entonces cuando, según el ministerio, se podrá volver a un viaje de 2 horas y media entre ambas ciudades, vale la pena recordar dos cosas: es prácticamente imposible que un trayecto baje de 3 horas y media actualmente, y mucha gente ha vuelto a recuperar el coche entre Barcelona y Madrid por la incerteza del trayecto, a lo que se suma la reducción de viajes a primera y a última hora del día. Pero aquí, a nadie se le cae la cara de vergüenza. Made in Spain.